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   Capítulo 10 CAPITULO 9

EXILIADO:La sangre del monarca Por Agustina Almada Palabras: 12085

Actualizado: 2021-02-25 00:29


El chasquido de la palma de su mano contra la piel de su mejilla resonó en la húmeda y oscura sala.

El hombre de larga barba ceniza, reposaba sobre un trono de madera tallada, con la mano aún alzada por la fuerte bofetada que le dio a Bae Jung. Su cuello crujió en medio del golpe, y por inercia el hombre que antes se había exaltado con toda prepotencia contra el pueblo de Chungcheong, se quedó en el mismo lugar, sumiso y temeroso ante la impotente figura de Kan Suk. Líder de la organización Eunhwa sal.

La luz del día que se filtraba por las hendiduras de la gran ventana tapada por tablas de madera a las espaldas de Kan Suk, y rozaban la mejilla roja e hinchada de Bae Jung.

— Retrocede. — Le ordenó Kan Suk. Su voz áspera y potente le generó un hilo de escalofríos que lo azotaron una y otra vez al hombre de los anillos. Retrocedió por los tres escalones en el cual reposaba el trono, y otra vez se quedó enmudecido por el miedo.

Kan Suk suspiró de forma exagerada, armando su cuerpo de paciencia para lidiar con un inepto que solo parecía darle más problemas.

—Tu trabajo es sencillo Jung. Solo vas con tu hermoso caballo y cobras las deudas de los pueblos que te pertenecen. —Hizo una pausa. —Pero ahora me dices que un idiota con máscara hirió a mis hombres para hacer "justicia". Ese estúpido pueblito ahora piensa que si uno se reveló, cualquiera con un arma puede, por qué ustedes... ¡Son unos malditos buenos para nada! —Gritó haciendo saltar el corazón de Bae Jung.Se arrodilló a sus pies con la cabeza pegada al piso de cerámica negra encerada. Los dedos llenos de anillos del hombre temblaron buscándose entre sí, cuando finalmente lo hicieron, se entrelazaron y rogaron compasión.

— ¡Le he fallado señor!

— Oh claro que lo has hecho. —Le respondió Kan Suk, con la mirada divagando en la moneda negra que se movió entre su dedo índice y el pulgar de su mano izquierda. —Pero — Lo miró. —Tienes suerte. Por qué ahora tú buscarás a esos dos hombres y destrozaras sus cabezas frente a todos los niños de ese pequeño pueblecito. Si me entero de un solo error, será una dulce caricia que mueras con la cabeza aplastada.

— S-sí señor.

El príncipe Kwang caminaba tranquilamente por los alrededores del jardín Gyeonghoeru. Había escuchado que las jóvenes de la selección darían otro paseó y ahí estaba, ansioso como un niño por volver a verla.En esa ocasión, había optado por vestir uno de sus prendas más finas, un Hanbok de tela verde esmeralda oscura, con las botas más pulcras que de costumbre. Estaba impecable, y por dentro se orgullecía de ello.De la misma forma que las vio por primera vez, encontró a las dos filas de mujeres que seguían a la Dama Superior. No titubeaban al caminar, sus espaldas estaban rectas y perfectas como una tabla de madera, y al contrario de la primera y anterior vez que las vio, está vez ni siquiera repararon con emoción en los rincones del jardín. Estaban calladas con el rostro tan serio que te estremecía.

“Qué horror.” Pensó escandalizado. Le hizo recordar a las uvas frescas y jugosas antes de convertirse en pasas arrugadas y feas. A las pobres muchachas le habían quitado parte de sí mismas y convertido en el mismo prototipo para la conveniencia de la reina y la reina madre, convirtiéndolas solo en envases -que al menos agradecía- no estaban arrugados como las pasas.

Pensó también, que así como había algunos que les gustaban las pasas de uvas, así había hombres que estaban encantados con mujeres como ellas. Pero a él no le gustaban las pasas, y tampoco las mujeres de ese tipo, bueno al menos no todas. Buscó el final de la fila, y la vio.

Ye-sol sacudía la falda ligeramente para que nadie se diera cuenta, que tenía enganchada a la tela una hoja - de esas que se te pegan en la ropa- y trataba con sigilo sacarla de ahí. El príncipe heredero sonrió, una corta sonrisa que iluminó su serio rostro.

—Deténganse señoritas. Hagan una reverencia al próximo rey. — Dijo la dama Superior, girándose hacia el príncipe. El hombre se aferró al barandal y asintió de forma corta. Todas, incluida Ye-sol se inclinaron ante él.Kwang sería coronado al día siguiente, y gracias a la joven castaña en medio de todas ellas, lo había pasado desapercibido. Se sorprendió ante la habilidad que tenía esa mujer de atraerlo sin pensarlo, robando incluso sus pensamientos más recurrentes que habían estado latentes hace años. Todo lo que hacía era analizar minuciosamente el plan que organizaba desde sus dieciséis años, y estar ahí esperando a ver a la muchacha no era algo que hubiera planeado.

Era totalmente inesperado.

Ellas siguieron su camino, y Ye-sol harta de la hoja pegada su falda, se agachó para sacarla rápidamente. Sonrió y continuo su caminó. El príncipe soltó una leve risa, y Park Haneul que no había desviado su mirada de él, la vio, y tal como ocurrió la vez anterior, noto sus ojos perdidos en la última chica de atrás; Ye-sol.

Tocó la puerta varias veces. Con el pie izquierdo repiqueteaba el suelo.Estaba en una zona alejada del centro de la ciudad, solo con una hoja arrugada en mano y una dirección borrosa que apenas había sabido distinguir.

La puerta se abrió, y dejo ver la mitad del cuerpo de un hombre de unos cincuenta años, alto y de barba descuidada, con ojos cansados y manchas negras y profundas debajo de ellos.

— ¿Si? ¿Qué se le ofrece? —Sus palabras sonaron rasposas, como si recién se hubiera despertado.—Soy Lee Dong ju. — Se presentó y el hombre asintió, más no dijo nada. — ¿Conoció usted a Lee Ki-Young?Los ojos del hombre brillaron en un fugaz segundo, pero su rostro se ensombreció y negó la cabeza brusco.

— Lo siento, no puedo ayudarlo. — Se apresuró a decir y cerró la puerta con fuerza.

Dong ju suspiró y bajó la mirada al papel arrugado entre sus dedos. “Calle 45 a las afueras de la cuidad”, decía en una letra apurada y desprolija. Miró otra vez el cartel que colgaba de la puerta, y luego las casas a su alrededor, efectivamente era la calle 45, y era la última casa que faltaba por tocar. A mirar por

la reacción de asombro en el rostro del hombre, una que intento disimular pero pudo reconocer, no sé iría de allí hasta que le abriera la puerta.

—Soy el hijo de Lee Ki-Young. Él, tenía una dirección y...

La puerta se abrió precipitadamente, dejando ver esta vez el cuerpo completo del hombre. Dong ju lo escaneó de arriba abajo rápidamente y se detuvo en el lugar dónde tendría que estar su pierna derecha. Subió la mirada levemente avergonzado, y el hombre apoyado en un callado de madera, carraspeó acomodando su peso sobre el bastón.

— ¿Eres el hijo de Lee?

Asintió.

—Cómo has crecido- una sonrisa de nostalgia asomo por su arrugado rostro. Pese a no ser un hombre viejo, se notaba que no era la edad la que había caído sobre sus hombros, sino el cansancio de una vida sufrida. —Lee me ha hablado tanto de ti... Pasé, pasé.

Con un ligero asentimiento Dong ju se hizo paso entre el umbral y el cuerpo del hombre. Deshizo el nudo que ataba su sombrero a su cabeza, y se lo saco para dejarlo reposando en una de sus manos. Había olor a humedad mezclada con un incienso fuerte que hizo picar su nariz, más procuro disimular. Estaba muy oscuro para ser de día, y todo allí tenía un aspecto descuidado y antiguo. Asumió que con la dificultad que el hombre tenía, era comprensible no poder mantener su hogar como alguien con todas las capacidades podría.

—Asumo que en ese papel no estaba mi nombre ¿verdad? —Dijo con voz arrugada el hombre, pasando de el para guiarlo con la cabeza a una mesa con dos asientos de madera al lado de una ventana.

— No, estuve preguntando por mi padre en todas las casas de la calle. — Contestó algo apenado.

—Tu padre era un hombre prudente. Si no dejo mi nombre allí, es para que nadie lo sepa, ni siquiera su propio hijo. — Comentó y le indicó que se sentará con la mano. Dong ju acomodo sus pantalones y se sentó.

— Así que... ¿Para qué has venido Dong ju?

Tosió un poco antes de hablar. Su garganta se había secado de repente y una voz en su interior le gritó que tomara un vaso de agua.

—Mi padre murió hace cuatro años. Cuando los guardias llegaron a mi casa dijeron que había fallecido en la emboscada del palacio del difunto príncipe Min. Pero hay una serie de cosas que nunca han cuadrado para mí, sé que no murió por eso esa noche... — Debajo de la mesa, jugó con el collar del lobo que pertenecía a su padre. — Estuve investigando, y por algún motivo llegué hasta aquí.

El hombre se mantuvo pensativo, con la mirada perdida sobre la mesa oscura, y los dedos apretándose entre sí sobre la pierna que se dejaba ver al costado de la mesa.— No sé qué relación haya tenido mi padre con usted pero...

—Escucha muchacho. — Le cortó y lo miró. — Era muy amigo de tu padre, pero esto va más allá de mi amistad con él. Entiendo que quieras respuestas pero sí habló no solo me comprometes a mí, sino a ti mismo.Dong ju se quedó extrañado. ¿Tan grave era el asunto? ¿Qué tan peligroso era para el saberlo?

— ¿Qué quieres decir?

—Esa noche pasaron muchas cosas. Lamentablemente tu padre quedó pegado en el medio así como muchos otros...—Suspiró. — Si descubres que paso con Ki-Young, te enterarás de otros secretos que nadie allá arriba querrá que sepas.

— ¿Allá arriba?— De pronto se sintió perdido. El hombre asintió y se inclinó hacia el joven.

—La muerte del príncipe Min. — Le susurró. Dong ju se alejó despacio, sintiendo un sabor amargo subir por su garganta hasta su lengua. Era un tabú hablar sobre la muerte del príncipe Min, todos se estremecían a tal punto que negaban su siquiera existencia.

— Mi padre no debió estar en el palacio ese día. El príncipe tenía sus propios guardias, ¿Por qué mi padre estaba ahí?

— Es irónico que lo preguntes, después de todo era el trabajo de tu padre proteger la familia real.“Proteger a la familia real.

Si mi padre fue al palacio del príncipe Min esa noche, no fue coincidencia. ¿Pudo haberlo llamado él? ¿El príncipe presentía que estaba en peligro?”

No solo su padre murió esa noche, murieron otros guardias más. La cantidad de muertos no concordaba con la cantidad de guardias que el palacio tenía. Hubieron guardias del palacio del rey, y de la reina, ellos no pertenecían al pabellón del príncipe Min. Que se encontrarán esa noche todos juntos y que murieran de esa forma era algo que lo dejaba con la duda.

— ¿Dices que el incendio no fue un accidente?

El hombre soltó una breve risa.

— ¡Claro que no muchacho! El que haya creído esa farsa debe ser muy idiota...

—O estar asustado, tanto que nadie reproche lo que pasó. — Murmuró Dong ju.

—La realeza no es una familia Dong ju. Por eso saber la verdad conlleva mucho en juego. Dime una cosa, ¿Tienes por casualidad el collar que tu padre siempre llevaba?

— ¿Hablas del collar del lobo? —El asintió. —Es un regalo que yo le hice ¿Por qué?

— ¿Regalo? —se quedó pensativo unos segundos. —No creo que estemos hablando del mismo collar...Dong ju se animó, y saco de su manga el collar que le pertenecía a su padre. Se lo mostró dejándolo sobre la mesa. El hombre al verlo negó con la cabeza haciendo un sonido de negación con su lengua.

— Hay otro, uno que tenía enredado en la muñeca debajo de la manga.

Dong ju se sintió estúpido por un momento. Al parecer ese hombre conocía a su padre mucho más de lo que él lo hacía, y eso lo avergonzó de cierta forma. No sabía que había otro collar.

—Es similar a éste, por eso puede causar confusión para cualquiera que lo vea desde lejos y supiera su significado. Me intriga saber por qué escogiste un lobo, supongo que... —se quedó en silencio un momento y sonrió — Tu inconsciente lo sabe.

Ese hombre si sabía volarle la cabeza, por qué el parecía haberse perdido hace tiempo.

— Busca el collar. Es una insignia de un lobo, está sujetada a una cadena de plata, de lejos parece ser un collar común y corriente, pero si lo giras verás una pequeña piedra negra que se ilumina de color rojo a la luz de la luna. — Se alejó y volvió a pegar su espada al respaldo de la silla. — Investiga que significa, es todo lo que puedo decirte.

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