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   Capítulo 13 CAPITULO 12

EXILIADO:La sangre del monarca Por Agustina Almada Palabras: 10377

Actualizado: 2021-03-06 09:25


Bon Hwa le abrió la puerta con una sonrisa, y Ye-sol se la devolvió con cortesía. Ambos se adentraron al restaurante más popular de la ciudad, y fueron inmediatamente atendidos por un hombre no mucho mayor que ellos, que tras un saludo los guío a una mesa desocupada.

— Muchas gracias. —Le agradeció Ye-sol cuando Bon Hwa arrastró su silla hacia atrás para que se sentará. Bon Hwa tomo asiento delante de la joven y esperó pacientemente a que ella se sintiera cómoda con el lugar para preguntarle, o más bien comentarle, sobre el reciente suceso. —He notado que tiene un corazón noble.

— ¿Lo dice por las manzanas?

—Si, por las manzanas y el hombre.

—No es tener un corazón noble Bon Hwa, es hacer lo correcto. Hay mucha maldad en el mundo, y a menudo se confunde la generosidad con el bien.

Bon Hwa meditó en sus palabras y acotó. —A sus ojos el mundo debe ser nefasto, pero no pierde la fe por lo que veo. ¿Cree que el nuevo rey logre traerle paz al reino?

—El cambio empieza por uno mismo, pero confió en los héroes que lo impulsan. El rey no ha forjado su mandato aun, esperemos que sea un hombre sensato y honorable. Bon Hwa la miró por un largo tiempo, estaba dudoso sobre si preguntarle. No sabía si sería prudente hacerlo cuando recién era su segunda cita. Pero quería aprovechar la libertad de ideas que estaban teniendo para saberlo.

—Puedes decirme lo que sea. —Le dijo Ye-sol como si hubiera leído su mente.

— ¿Qué aspiras a ser?— Fue directo, y ella abrió los ojos consternada. Su pregunta era profunda, de esas que buscas la respuesta por mucho tiempo y que cuando por fin la tienes cuesta tanto encontrar las palabras.

Ye-sol abrió y cerró los labios extrañamente confundida entre todas las palabras y oraciones que se formaban en su mente. Había buscado la respuesta a ello desde que era niña, y cuando creyó que estaba lista para responderla, lo miró con una sonrisa, pero nada brotó de sus labios.

—Lo siento. —Se disculpó y agachó la mirada avergonzado. Sabía que no debía hacer esa pregunta y ahora ella se veía incómoda.

Ye-Sol agitó sus manos negando y soltó una risa para cortar el ambiente extraño que se había formado.

—No te disculpes. Solo qué... Creí saber la respuesta. —Le confesó. —Me doy cuenta que mi mente es un lío y no lo tengo claro.

Bon Hwa sonrió de lado y justo en ese momento llego el mesero pidiendo su orden. Ambos acordaron que un Jjim al vapor quedaría perfecto para la ocasión, ya que ambos se les antojaba comer carne.

— ¿Y tú? ¿Cómo supiste que querías ser un erudito?

—Bueno, creo que lo sé desde que tengo memoria. — Hizo una pausa como si eso le recordara algo y sonrió. —Cuando era niño tenía un gran afán de aprender, leía cualquier libro, desde los más simples hasta los más complejos. Fui desarrollando mi mente a lo largo del tiempo. Cuando cumplí quince viaje a China a ampliar mis conocimientos y regrese hace unos meses atrás. Poco a poco mi reconocimiento se desligó de ser solo el hijo de mi padre y comencé a tener popularidad propia.

— ¿Tienes algún objetivo?

—Quiero llegar a ser un erudito del más alto honor y una vez que lo logré, abrir una escuela.

Ye-sol sonrió maravillada con el sueño de Bon Hwa, no pudo evitar soltar una exclamación de asombro.— Piensas en grande... Vas a lograrlo. Tienes las armas para hacerlo, nada te lo podría impedir más que tú mismo. — Ella posó su mano sobre la de él, y Bon Hwa sintió un cosquilleo en el estómago — No te rindas, espero verte en unos años enseñando en esa escuela.

Bon Hwa asintió con timidez y desvió los ojos de ella para ver si el mesero llegaría. Pero se encontró con la mirada de una mujer que lo miraba consternada y dolida. La ausencia de Bon Hwa llamo la atención de Ye-sol, y se dio cuenta que su rostro estaba pálido, y observaba algo con detenimiento. Cuando giró la cabeza, vio a una mujer de cabello negro recogido en una trenza, vestida con una falda color durazno. Ye-sol se preocupó ante sus ojos negros cristalizados, que parecían quebrarse a llorar en cualquier segundo. Su delicado rostro estaba inundado en una tristeza que pese a desconocerla le estrujó el corazón.

“¿Qué le angustia tanto a esa mujer como para opacar su belleza?” Pensó Ye-Sol.

Pero más allá de todo parecía que ella conocía a Bon Hwa, y por la expresión de su semblante, no se veía feliz de verlo. La castaña desvió sus ojos al hombre que la acompañaba en la mesa, y noto que el la miraba exactamente de la misma forma.

Tristes y heridos.

Como si su encuentro fuera una apuñalada al pecho. Ante eso, sintió la mano del hombre alejarse de ella como si su tacto quemara y por alguna razón, le dolió.

Se sintió incómoda y no puso más su atención en ninguno de los dos, para concentrarse en el mantel rojo de la mesa.

El mesero se acercó con sus platos y con amabilidad los coloco sobre la mesa, atrayendo a Bon Hwa a la realidad. El hombre salió de su ensoñación y le agradeció con nervios. La castaña inspecciono esa expresión que llevaba, eso que trataba de esconder pero que no podía.

La mujer por otro lado, corrió la mirada y se marchó de ahí devuelta a la salida del restaurante, no le importó si recién había llegado, ni si dejaba plantad

a a su familia en la cena, solo se fue.

Bon Hwa fue el primero en dar una probada a la comida. Ye-sol lo miró y no supo que hacer, si dejar todo en el olvido o preguntar y arruinar su velada. Decidió que lo olvidaría, y probó un bocado.

Aunque en el fondo del corazón, la inquietud la apesadumbrara con el descubrimiento. Lo que temía y por lo que le había insistido en saber. Bon Hwa no tenía su corazón enteramente a ella, lo supo cuando el hombre se mantuvo distante y absorto el resto de la cena.

A media noche la llovizna había empezado a caer sobre la ciudad ya dormida. Las calles estaban desiertas, y los últimos restaurantes de comida iban cerrando tras un largo día de trabajo. Y entre ellos, se encontraba el restaurante "Jangmyeon", el más reconocido en la cuidad por sus exquisitos fideos, que le había dado honor a su nombre.

Una silueta silenciosa se movía como una fugaz mancha oscura entre los callejones y tejados, en dirección al restaurante.

El encargado que supervisaba el lugar, metía las llaves en las puertas principales para cerrarlas, a la vez que soltaba el aire dejando una estela de vapor producida por el frío que había despertado. Una vez cerró, apretó las llaves en su puño derecho y metió ambas manos dentro de sus bolsillos para recobrar el calor.Sus pisadas arrastradas contra la tierra quebraban el silencio de la noche, y eso de alguna forma reconfortaba al hombre. Le gustaba oír sus propios pasos, lo ayudaba a sobrellevar el silencio solitario de la noche cada día que regresaba a casa.

Pero un mal presentimiento se hizo presente cuando giró en la tercera cuadra, y por inercia volteó hacia atrás para asegurarse que nadie lo seguía. Fue un instinto, ese pequeño segundo en el que tu mente te traiciona y te dice que estás en peligro. Quizás fue eso, y se convenció de que así había sido cuando a la segunda cuadra de esa calle, todos sus sentidos se relajaron y pudo respirar aliviado.

Volteó la cabeza hacia atrás una última vez para asegurarse que nada lo seguía y regreso su mirada.— ¡Oh cielos!— Jadeó el hombre y se inclinó sobre sí mismo con la mano en el pecho, apretando su ropa. Dejo escapar un gemido de dolor cuando la punzada en su corazón se intensificó y con temor subió poco a poco la vista.

A dos metros de él, un encapuchado de rostro cubierto y túnica negra, lo miraba fijamente sin moverse un centímetro. Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas del miedo y pensó que tal vez un espíritu de la muerte o un fantasma le había aparecido. No lo había escuchado llegar, no supo en qué momento se apareció en su camino como un espectro.

Cayó de rodillas y entre lágrimas le suplico que lo dejara vivir. El espectro no movió un pasó, solo lo continuo mirando.

— ¿Usted es el señor Choi?— Preguntó tras un largo silenció aterrador. Su voz se oyó áspera y amortiguada por el velo que cubría la mitad de su rostro.

El señor Choi dejo de sollozar y dirigió sus ojos a los pies del hombre delgado.

— S-sí. — Tartamudeó.

Él se agachó colocando una rodilla en la tierra y la otra arriba para apoyar su brazo.

— Hace unos días cuatro hombres pertenecientes a Eunhwa sal y a la orden de la serpiente se reunieron en tu restaurante. ¿Por qué?

El señor de Choi se llenó de pánico y se levantó apresuradamente con la intensión de huir, pero el hombre lo tomo de la nuca y lo atrajo hacia sí. Su brazo presiono sobre su cuello y un cuchillo filoso se asomó por la otra mano rozando la piel de su mejilla.

— ¿Por qué?— Elevo la voz apretando los dientes.

— ¡N-no lo sé! ¡Yo no sé nada por favor déjeme ir!

— ¡Habla!— Gritó y apretó el agarre contra su cuello comenzando a dejarlo sin aire.

— Tuvieron una reunión privada, solo los atendí, ¡le juro que no se nada!

El señor Choi cerró los ojos y juntó sus labios del dolor que se extendió por el costado de su cuello cuando lo hirió.

— Ellos me matarán por favor, déjeme ir...— Le suplico.

— No lo harán si yo te mato primero. — Masculló en su oído, apresando al hombre entre la espada y la pared.

— No sé qué hablaron, pero se oían contentos, parecía una reunión de amigos. Pidieron la sala privada y no dejaron entrar a nadie luego de entregar la cena. — Confesó y soltó el aire adolorido de retenerlo. — Yo ya hablé con un amigo tuyo de esto ¡No entiendo por qué vuelven a torturarme!

El encapuchado frunció el ceño y lo miro confundido.

— ¿Qué amigó? — Inquirió más no tuvo respuesta e hizo una herida sobre la anterior, está vez más profunda.

— ¿Qué amigó?

— ¡Santo cielos! ¡No me dijo!

— ¿Ha visto algo significativo para poder reconocerlo?

El hombre se revolvió entre sus brazos, ya hartó. Y el encapuchado rodó los ojos para empujarlo hacia el suelo. El señor Choi escupió el polvo que se le había metido, y se dio la vuelta para apoyarse con sus codos y toser fuertemente.

— Caminaba extraño, como si fuera cojo.

El encapuchado hizo un análisis rápido en su mente sobre todas las personas que podría ser candidatos y solo halló una, pero esta ni siquiera tenía las dos piernas.

— Lamentó el incidente. — Se disculpó y le lanzó una trapo limpió en el rostro.

Para cuándo el señor Choi sacó el trapo de su rostro se encontraba solo en la calle.

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