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   Capítulo 1013 Me arrepiento de todo

Respira Conmigo Por Bai Cha Palabras: 8884

Actualizado: 2020-03-24 00:02


¿Fluvoxamina? Sheffield frunció las cejas. Como médico, sabía exactamente para qué servía ese medicamento. Cuando conoció a Evelyn en la Ciudad D, ella le dijo que tenía un caso leve de depresión, y que por eso estaba de viaje.

En aquel entonces, estaba triste, inquieta y, a menudo, de mal humor.

Él había sido su mejor antidepresivo puesto que, cuando estuvieron juntos, esos síntomas desaparecieron.

Sheffield pensaba que ella ya se había recuperado pero, entonces, ¿por qué estaba tomando esos medicamentos otra vez?

"¿Donde está ella?", preguntó Sheffield.

"¿Por qué? ¿Qué estás planeando?", quiso saber Joshua.

'¿Qué en qué estoy pensando? En reparar mis errores, por supuesto', pensó Sheffield queriendo abofetearse a sí mismo, dándole vueltas a lo que le había hecho hacía unos días. "¡Quiero hacer feliz a mi chica!", contestó.

Justo entonces, un carrito de golf llegó hasta ellos, y Evelyn salió del mismo.

Con la mirada fija en ella, Sheffield le preguntó: "¿Dónde has estado?".

Entonces ella le lanzó una mirada despreocupada y respondió: "En el baño. A las chicas nos lleva más tiempo que a los hombres".

"¿Qué más hiciste?", volvió a preguntar él.

Evelyn lo miró y contestó: "Está bien... Qué pregunta más rara. ¿A qué te refieres?".

"¿Tomaste alguna pastilla?", quiso saber él.

"No es que sea de tu incumbencia, pero no", respondió ella con sinceridad.

Sin embargo, Sheffield creía que estaba mintiendo, y volvió a la carga: "Evelyn, dime la verdad, ¿eres feliz?".

La expresión de su rostro era tan seria que Evelyn quiso reírse, pero notando que su preocupación era verdadera, no pudo. "Lo cierto es que no", contestó ella aprovechando la oportunidad. Él no solo le había mentido antes, sino que también le estaba tomando el pelo. Estaba siendo una broma muy larga y pesada y, probablemente, nadie acabaría contento por ello.

Sheffield sintió un dolor agudo en el corazón. Consciente de que ella estaba clínicamente deprimida de nuevo, la culpa en su pecho lo estaba devorando.

Entonces, tomó su mano y le preguntó: "Cariño, ¿por qué no me lo dijiste?".

"¿Decirte qué?", contestó Evelyn, quien estaba teniendo dificultades para contener la risa. Ciertamente todo aquello estaba siendo muy gracioso para ella.

Y no solo para ella, puesto que Joshua, desternillándose con la conversación, tuvo que alejarse. Aunque se había llevado una mano a la boca para taparse, el sonido de sus carcajadas se seguía escuchando, filtrado entre sus dedos.

"Dime qué... Bueno... No importa. Sé que no te gusta mucho el golf. Vamos de compras, o viajemos, bailemos, cantemos, lo que sea que te apetezca hacer

guerra? ¿A mí? ¡No tienes agallas!", añadió antes de reírse.

"Así es. Mi amor por Evelyn me obliga a hacerlo", replicó Sheffield, y luego juró para sí mismo: '¡Esta vez, no la dejaré ir aunque que me cueste la vida!'.

"No me hables de amor. ¡No te creo!", afirmó Carlos.

Girando la pluma que Evelyn le había comprado, Sheffield continuó: "Solo quería que supieras que amo a Evelyn. Me casaré con ella, te guste o no". Aunque Carlos le había advertido que no hablara de amor, él lo ignoró e hizo justo lo contrario.

"Por lo que yo sé, Sterling y la junta directiva quieren el control del Grupo Theo. Si no tienes cuidado, te echarán, y ya renunciaste al hospital. Eso significa que si te despiden como CEO, no tendrás dónde caerte muerto. ¿Cómo vas a poder cuidar de mi hija?", preguntó Carlos, quien, además, ya tenía una nieta. Tenía claro que no las dejaría pasar penurias, estuvieran con o sin Sheffield.

Entonces, Sheffield respondió sin el menor rastro de vergüenza: "Viviré en la mansión de la familia Huo, con ustedes. Eres rico, señor Huo. Aunque hubiera diez como yo, no podríamos gastar todo tu dinero, y tampoco te importa tanto el dinero. Además, es conveniente que sea yo quien cuide a Evelyn si vivo allí".

Carlos sintió como le hervía la sangre, y gritó de pronto: "¡No recibirás ni un mísero centavo de mi dinero!".

"Sr. Huo, querido futuro padre, no pediré mucho. Dejaré de beber y de fumar, y también puedo dejar de comprar ropa cara. Solo necesitaré algo de dinero todos los meses, para comida. Con eso bastará", añadió Sheffield ajeno a sus gritos.

"¡Jamás! ¡No soy tu padre! ¡Ni tengo un hijo de apellido Tang!", vociferó Carlos, quien empezó a sentir dolor de cabeza. ¿Cómo se suponía que debía tratar con ese joven tan osado?

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