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   Capítulo 1026 Jugando al baloncesto

Respira Conmigo Por Bai Cha Palabras: 8336

Actualizado: 2020-03-28 01:21


Al ver a Sheffield sosteniendo a Gwyn en sus brazos, Nastas miró a su hermano mayor con tristeza. No lo estaba sosteniendo a él, sino a ella. Entonces dijo: "Abrazo yo también".

En ese momento, Sheffield se agachó y lo sostuvo a él también, teniendo un niño en cada brazo.

Sintiéndose querido, Nastas aplaudió con alegría y exclamó: "¡Bien!".

Los dos niños continuaron jugando en la oficina durante al menos media hora más antes de que Lea fuera a recoger a Nastas.

Al ver a una extraña, Gwyn se escondió instantáneamente en los brazos de Sheffield.

Mirando a la niña vestida de rosa, Lea preguntó, asombrada: "Sheffield, ¿de quién es esa pequeña?".

"Es la hija de un amigo", respondió él con indiferencia.

"Oh", dijo ella y, sin pararse demasiado a pensarlo, miró a su hijo y dijo alegremente: "Nastas, cariño, es hora de irnos a casa".

Después de que Lea y Nastas se hubieran ido, Sheffield recogió y limpió la oficina y también se fue, llevando a Gwyn en sus brazos.

Había un parque al lado de las oficinas del Grupo Theo, con una impresionante variedad de plantas. Las plantas y las flores estaban en macetas, aunque también crecían otras alrededor, perfectamente podadas para facilitar el acceso a los caminos y senderos. También había un campo de fútbol y una cancha de baloncesto.

Era un día hermoso, uno de esos en los que lucía un Sol radiante y el aire era fresco y agradable. Sheffield puso a Gwyn en el césped, señaló el Sol y le dijo: "Gwyn, ¿quieres jugar aquí un rato? Se está muy bien al Sol".

Gwyn se limitó a mirarlo, sin decir nada.

Sheffield esperó con paciencia, y luego agregó amablemente: "Me lo tomaré como un sí".

Inesperadamente, esa vez, Gwyn sí respondió: "Ta bien".

Su corta respuesta produjo un hormigueo de felicidad en él. Por un momento sintió que le gustaba a la niña tanto como ella le gustaba a él.

Después de caminar de la mano con ella durante un rato, llamó a Tobias, y le dijo: "Estoy en el parque que hay al lado de nuestras oficinas. ¿Puedes hacer que alguien me traiga una pelota de baloncesto?".

"Sí, señor Tang, en seguida", contestó su empleado.

Poco después, llegó un asistente con una pelota de baloncesto nueva en sus manos. Miró a Gwyn con curiosidad y se la entregó a Sheffield sin preguntar nada. "Aquí tiene la pelota que nos pidió, señor Tang", dijo el empleado.

"¡Gracias!", contestó Sheffield, agarrando el balón.

"De nada, señor. Si eso es todo, me vuelvo al trabajo", manifestó el asist

ía hacer con la pequeña. Todos esos lugares que él le había mencionado estaban cerca, así que era ningún problema ir a cualquiera de ellos.

Sin embargo, la pequeña no contestó, limitándose simplemente a señalar la cancha de baloncesto.

"¿Quieres seguir jugando a baloncesto?", preguntó Sheffield sorprendido.

Gwyn lo miró sin decir una palabra, pero él entendió que su silencio significaba que sí.

Sin embargo, no entendía por qué la niña disfrutaba tanto del baloncesto. Aunque él la llevaba sobre sus hombros, ella no podía acertar con la canasta, puesto que seguía estando muy alta para ella, y no podía tener la satisfacción de encestar. Entonces, ¿por qué quería continuar jugando al baloncesto?

Un poco confundido, regresó a la cancha con ella en sus brazos.

Sin embargo, en ese momento, las dos canastas ya estaban ocupadas.

"Princesita, ¿crees que puedes esperar un rato, o quieres que hagamos otra cosa?", preguntó Sheffield.

Gwyn no dijo una palabra, aunque su mirada seguía fija en la cancha de baloncesto. Sheffield trató de alejarla: "Venga, vamos a jugar a otra cosa".

Pero la pequeña no se movía.

En ese momento, Sheffield lo entendió, y la soltó de la mano y dijo: "Está bien, veamos como juegan ellos".

Enseguida sacó unos pañuelos de su bolsillo y los extendió sobre la hierba, sentándose primero, con la intención de que Gwyn se subiera a su regazo. Cuando guardó el paquete de pañuelos en su bolsillo, Gwyn trató de sentarse con él, pero sin soltar la pelota de sus brazos.

La pequeña era realmente adorable. Aquello divirtió mucho a Sheffield, quien extendió la mano y la ayudó, tomándola entre sus brazos.

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