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   Capítulo 252 En la sala de descanso

Respira Conmigo Por Bai Cha Palabras: 10716

Actualizado: 2019-09-04 00:12


Debbie estaba anonadada y se quedó en silencio. Por culpa de Carlos, volvieron a su mente algunas escenas inapropiadas, y eso la hizo sonrojarse intensamente. Resentida, intentó pellizcarlo silenciosamente, pero no lo consiguió. Estaba tan fibroso que no había dónde pellizcar; solo había músculo sólido. Frustrada, Debbie fingió una sonrisa y le advirtió: "¡Quítame la mano de encima o te las verás conmigo!".

En contraste con su enojo y frustración, Carlos se sentía francamente bien después de hacer pública la identidad de su esposa por fin. Llevaba meses esperando este momento. Había querido hacerlo mucho antes, pero Debbie no quería que todos los paparazzi la siguieran por todas partes. No quería preocuparse por salir a la calle o asistir a la escuela. No quería tener que dudar de quién pretendía ser su amiga solo para intentar acercarse a Carlos y su dinero. Carlos le había indicado en secreto a su asistente cada pieza de joyería o cada reloj en los que Debbie había mostrado interés esa noche, dándole órdenes para que comprara y empaquetara el artículo. Mientras tanto, siguió bromeando con su esposa. "Te dejaré ir si me besas", le dijo juguetonamente.

Debbie respiró hondo para contener su ira. Se sentía como una olla en ebullición y Carlos no hacía más que aumentar la temperatura. Cerró los ojos, mantuvo la sonrisa fingida en su rostro y murmuró entre dientes: "Carlos, hablo en serio. Suéltame ahora mismo. Me duele el pie. ¿Quieres que te clave un tacón en la cara? Imagina el efecto que tendría una cicatriz para tu popularidad entre las chicas".

Cuando asimiló lo que Debbie había dicho, Carlos frunció el ceño y aflojó su agarre. Un instante después, se puso en cuclillas delante de ella y le preguntó con preocupación: "¿Qué pie te duele?".

'Mi esposa está sufriendo. ¿A quién le importan los demás?', pensó, ya sin ganas de seguir con la broma.

Extendió la mano para palpar los tobillos de Debbie y comprobar si tenía alguna herida. Durante todo el proceso, mantuvo la espalda recta. Era fácil darse cuenta de que había sido un soldado.

Aquel gesto repentino tomó a Debbie por sorpresa y apresuradamente intentó levantarlo. "Eh, aquí no. ¡Todo el mundo nos está mirando!".

Al ver que Carlos se ponía de pie nuevamente, Debbie lanzó un suspiro de alivio. Pero de repente, él la levantó y ante la mirada asombrada de todos los asistentes, Carlos se dirigió hacia la sala llevando a Debbie en sus brazos. Nadie esperaba ese gesto, y quedaron fascinados mientras él abandonaba el salón.

Por el camino, Debbie se dio cuenta de las reacciones de la multitud. Cuando vio que algunas mujeres la miraban con aversión, le dieron ganas de ponerse a llorar. "¿Estás haciendo esto a propósito, viejo?", se quejó.

Carlos bajó la cabeza para mirarla. "¿Qué quieres decir?".

"Bueno, ya le dijiste a todo el mundo quién era yo. Y no recuerdo haberte dicho que estaba de acuerdo. Luego intentaste besarme delante de todos los invitados. ¿Y ahora? Me llevas en brazos delante de todos. ¡Tienes muchas fans! No hagas que me odien por envidia". Debbie era muy consciente de la popularidad de Carlos. Si sus sospechas eran ciertas, era muy posible que ya hayan aparecido en los

ollares, gargantillas y aretes, y hasta pulseras de diamantes. Una variedad de gemas, rubíes, esmeraldas, ópalos, perlas y piezas pulidas de jade que producía vértigo. También había anillos y gemelos. Y algunos de los mejores relojes elaborados por expertos relojeros suizos. Pero los precios eran demasiado altos.

Si sus maridos fueran tan ricos como Carlos, ya habrían comprado todas las joyas y se habrían llevado a casa sus favoritas.

"¿Y qué les parecen los relojes?", Debbie siguió preguntando.

Una vez más, las mujeres respondieron confundidas: "¡Los relojes son geniales!".

"Si todo es tan maravilloso, tal vez deberían dedicar más de su precioso tiempo a apreciarlo. No soy tan interesante como todos esos pedruscos que hay ahí. Yo no debería ser el centro de atención. ¡Por favor!". Debbie hizo un gesto con la mano mientras sonreía.

"Está siendo modesta, señora Huo. Es usted más atractiva que esas joyas y relojes...".

"Sí, yo estoy de acuerdo. Y entonces, señora Huo, ¿sigue siendo estudiante? ¿A dónde va a la universidad?".

Mientras tanto, fueron llegando más y más espectadores que se sumaron al grupo reunido alrededor de Debbie. Ella estaba al borde de un colapso. '¡Jesús! ¡Sálvame de los idiotas! ¡Por favor!', ella exclamó en su cabeza.

Sabía que esto sucedería, por eso no quería revelar su identidad. ¿Y dónde estaba ahora el hombre perverso que había dejado que todo el mundo lo supiera? ¿Acaso no veía que estaba rodeada de gran grupo de personas? ¿Por qué no regresaba para salvarla de aquello?

Como no le quedaba otra opción, Debbie se puso los tacones de nuevo y se abrió paso entre la multitud que se había reunido en la sala de descanso. "Lo siento. Necesito encontrar a mis amigos. ¡Por favor, diviértanse!".

Para deshacerse de todas aquellas trepas, prácticamente tuvo que abrirse paso entre la multitud. Cojeó por el salón en busca de Carlos, Karen o sus otros amigos, pero no vio ninguno de ellos. En cambio, sí vio a Wesley y a Megan.

Como no tenía ningún interés en hablar con esos dos, caminó en la dirección opuesta. "Buenas tardes, señora Huo", la saludó un invitado.

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