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   Capítulo 2 De acuerdo, es un trato

Vives en cada latido mío Por Shi Liu Xiao Jie Palabras: 8869

Actualizado: 2019-08-09 00:05


"Tú...". Jana se atragantó al escuchar su pregunta, y no pudo evitar sonrojarse antes de murmurar para sí misma: '¡Maldito sea, ni en este caso puede dejar de actuar como un hombre de negocios! Lo único en lo que puede pensar es en imponer sus condiciones'.

"Será mejor que te vayas si no tienes nada más que hacer, me voy a dormir ahora, a menos que...". Zed levantó una esquina del edredón y palmeó la almohada que estaba su lado.

Jana había pasado la noche preparando argumentos para convencerlo, pero después de ver su sutil invitación, su mente se puso en blanco.

Ella le dio la espalda, pero no pensaba darse por vencida.

"Si no accedes a cederle la propiedad al Sr. Wen, ¡entonces no me divorciaré de ti!". Sin otro recurso, se había visto obligada a usar el divorcio para negociar con él. Después de su afirmación, se volvió y miró a Zed con ira.

"De acuerdo, es un trato". Su voz era tan indiferente que sonaba como cuando cerraba un trato de negocios, rápido y decidido.

"¿Qué?", ella no podía creer lo que había oído. Pensando que quizá había escuchado mal, miró al hombre con consternación.

Pero este cerró los ojos y fingió dormir.

'¿Qué acaba de decir? ¿Que sigamos casados?', pensó estupefacta, creyendo que su respuesta había sido producto de su imaginación. No había forma de que él estuviera satisfecho con ese acuerdo y quisiera permanecer casado, así que sacudió la cabeza con incredulidad. Era innegable que lo había escuchado decir, "de acuerdo, es un trato", con su profunda voz.

'¿Está dispuesto a permanecer casado con tal de mantener esa propiedad? No es posible que el CEO de una corporación necesite tanto de ella'.

"¡Nunca pensé que fueras tan mezquino!". Incapaz de pensar en otras palabras para usar como réplica, Jana apretó los dientes y abandonó la habitación.

Cuando Zed oyó que la puerta se cerraba, abrió los ojos y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

No estaba siendo mezquino, de lo más profundo de su corazón, simplemente no estaba dispuesto a permitir que su padre se aprovechara de ella.

Una vez en la sala de estar, Jana empezó a caminar de un lado para otro mientras se mordisqueaba las uñas. Había intentado todo lo que se le había ocurrido, desde la seducción hasta las amenazas, sin embargo, él se había mantenido impasible. Era como si fuera inmune a todo, tanto bueno como malo. ¡Incluso se había dejado usar por él! ¿Y todo para qué?

No sólo no había logrado convencerlo de que le cediera esa propiedad a su padre, sino que tampoco podía divorciarse.

"No, debe estar bromeando. ¿Por qué no querría el divorcio? Si aún tiene la intención de cumplir con el acuerdo, me llevará a la Oficina de Asuntos Civiles mañana por la mañana. Tal vez entonces pueda negociar con él". Con la barbilla apoyada en su mano, ella estaba considerando las opciones que tenía. Agotada por toda esa agitación emocional, se recostó en silencio en el sofá y pasó el día viendo televisión en la sala de estar, pero no le prestó atención a lo que estaba viendo. Pasó el tiempo pensando en qué estrategia usar contra Zed Qi.

Cuando el sol se puso, él se despertó. ¡Había dormido casi todo el día! Al oír el sonido de la ducha, Jana Wen se coló en el dormitorio y, aunque molesta, hizo el esfuerzo de escogerle su ropa.

Estaba convencida de que tenía que seguirle el juego a ese odioso hombre para obtener lo que su padre quería.

La puerta del baño se abrió y él salió. Toalla en mano, se estaba secando el pelo que goteaba.

Los ojos de Jana se ensancharon cuando lo vio aparecer ante ella. No esperaba que saliera usando tan sólo una toalla, la cual había envuelto tan abajo alrededor de su cintura que ella podía ver mucho más allá de su six pack hasta el cinturón de Adonis. En fuerte contraste con su carácter, su físico era muy atractivo.

"¿Qué estás haciendo ahí parada?", preguntó él con una voz indiferente antes de ponerse sobre sus hombros la toalla que sostenía en sus manos.

"Cierto, tu ropa...", su frío comentario la hizo volver a la realidad. Ella bajó la cabeza mientras le entregaba la ropa que le había escogido, y él, sin más ni más, se despojó de la toalla y comenzó a vestirse delante de ella.

"¡Ah! ¡Eres un idiota!", dijo ella volviendo la cabeza, aunque ya era tarde.

Avergonzada y confundida, tiró con molestia la camisa que aún sostenía antes de salir corriendo de la habitación.

Él sonrió y terminó de vestir

se antes de ver la hora en su teléfono. Frunció el ceño cuando se dio cuenta de lo tarde que era, pues no pensó que hubiera dormido tanto tiempo.

Corbata en mano, se dirigió a la sala de estar. Cuando vio a Jana, le dio la corbata y le ordenó: "Ayúdame a ponérmela".

Ella aún estaba ruborizada y lo maldijo en secreto. Definitivamente tenía ganas de matarlo, sin embargo, tenía que mantener la calma y aparentar amabilidad, así que le sonrió mientras tomaba la corbata.

Poniéndose de puntitas, la pasó alrededor de su cuello. Si alguien los viera de lejos, pensaría que eran una pareja cercana y muy enamorada.

Mirándola, notó sus pestañas temblorosas, y luego sonrió mientras ella fruncía el ceño por la concentración. Con las mejillas teñidas de rosa y los labios apretados, se veía muy linda.

Aunque parecía indiferente hacia ella, Zed la encontraba sumamente atractiva.

"Te estás sonrojando. ¿Te da timidez?", le preguntó.

"¡No!", respondió ella rápidamente, pero sus manos temblorosas la delataban. Apretó los labios con más fuerza intentando controlar sus emociones.

"No es como si nunca me hubieras visto desnudo", él disfrutaba burlándose de ella.

Jana frunció el ceño y tiró con fuerza de la corbata.

"¡Ay! ¿Estás tratando de asesinar a tu marido?". Zed tomó la corbata con una mano y pasó la otra alrededor de la cintura de Jana, y después la atrajo hacia él.

Ella entró en pánico e intentó alejarlo, pero él era demasiado fuerte, así que forcejeó a medida que él eliminaba la distancia que había entre ellos.

"Quiero que me acompañes a un evento esta noche y si eres buena conmigo, consideraré cederle la propiedad a tu padre". Su voz ronca la confundió, pues normalmente él era muy frío con ella.

Ella asintió y se fue con él sin preguntarle a dónde iban.

En el camino, Jana pensó en lo que le había dicho:

"Si eres buena conmigo, consideraré cederle la propiedad a tu padre".

"¿Querrá usarme para entretener a sus socios comerciales y así ayudarlo a asegurar el proyecto? Si lo hago, quizá mi padre por fin obtenga lo que desea... ...", murmuró para sí misma mientras trataba de entender por qué había cambiado de opinión tan repentinamente.

Hasta antes de ese momento, se había mostrado inflexible en lo que concernía a esa propiedad. Ni siquiera la había dejado hablar cuando ella tocaba el tema, pero ahora le estaba haciendo una oferta.

'No, no creo que sea tan sencillo', pensó mientras lo observaba con la esperanza de obtener alguna clave basándose en su expresión. Su rostro era firme y anguloso, parecía una escultura. Sus ojos color marrón le añadían una suavidad a sus rasgos que Jana encontraba muy atractiva. Sin embargo, a pesar de su encanto exterior, no sabía cómo lidiar con su temperamento.

"Hemos llegado, Sr. Qi", dijo el chófer.

Jana echó una mirada al exterior cuando el auto se detuvo en un club de alto perfil iluminado con luces de neón. De repente, vaciló acerca de la propuesta de su marido.

"Baja del auto", dijo él al tiempo que hacía lo propio. Aunque su tono era frío, le abrió la puerta como todo un caballero.

"Sostén mi brazo", le susurró al oído.

Ella obedeció, ya que tenía que portarse bien. Después de todas las triquiñuelas que había intentado para hacerse de esa propiedad, beber con sus socios sería lo menos terrible.

Después de entrar en el club, un asistente los llevó a una habitación privada. Jana miró a su alrededor y descubrió que en el centro de la habitación había una mesa decorada con un pastel de siete niveles. Aunque la habitación era bastante grande, parecía estar abarrotada. Alguien tocaba el piano. Ella sonrió y se balanceó un poco al darse cuenta de que la pieza musical era su canción favorita.

"¡El Sr. Qi ya está aquí!", gritó alguien entre la multitud y la música se detuvo. Una mujer con un vestido largo y escotado de color blanco se dirigió hacia Zed. Jana la reconoció, era Eva Xu, y era quien había estado tocando el piano cuando entraron. ¿Acaso era su fiesta?

"Por fin llegas, Zed", lo saludó dulcemente antes de darse cuenta de que Jana Wen estaba de pie junto a él. La sonrisa de la mujer se congeló, y con el ceño fruncido preguntó: "¿Quién es ella?".

"Mi esposa, Jana Wen". Aunque él había hablado en un susurro, la habitación completa se quedó en silencio, como si todos los asistentes a la fiesta lo hubieran escuchado y no pudieran creer lo que había dicho.

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