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   Capítulo 7 La trató con gentileza

Vives en cada latido mío Por Natalí Palabras: 6199

Actualizado: 2019-08-12 00:15


Adolorida e insegura de las intenciones de Zed, Jana se fue hacia un rincón y miró al hombre desde ahí. Había sufrido una serie de cortes y magulladuras, pero no permitía que él se le acercara.

No obstante, Zed no estaba enojado con ella. Sentía que las emociones mezcladas que lo recorrían lo desgarraban por dentro. Estaba furioso con la persona quien la había lastimado, pero por sobre todas las cosas, estaba preocupado por Jana.

Cada vez que veía una nueva lesión, sentía que su corazón se hacía pedazos.

Finalmente había comprendido que no iba a ganarse su confianza a la fuerza, así que estaba pensando en cómo debía manejar la situación. Después de vacilar por un brevísimo instante, fue a la habitación de ella a traerle un pijama.

Jana estaba muy dolorida como para darse cuenta de que él había abandonado la habitación.

Sintiéndose débil y mareada, decidió sentarse en el sofá. Poco después, al volverse, se sorprendió al ver a Zed de pie frente a ella ofreciéndole el pijama a manera de ofrenda de paz. Luego, cuando él la ayudó a ponerse el pijama, se quedó completamente aturdida.

Cuando hubo terminado, Jana se aferró al pijama como si este fuera un salvavidas.

Zed se hincó frente a ella y le dijo: "Cariño, déjame echarle un vistazo, ¿de acuerdo?", su voz era suave y reconfortante.

Jana sintió que algo en su corazón cambiaba y no pudo evitar que todo su cuerpo temblara.

Al notarlo, él supo que ella se estaba ablandando a pesar de que aún trataba de oponer cierta resistencia. Ese pensamiento lo tranquilizó y decidió suavizar su expresión, ofreciéndole a Jana una cálida sonrisa.

"¡No tengas miedo, todavía me tienes en tu vida!".

Sintiéndose más tranquila por su suave persuasión, ella finalmente bajó la guardia y levantó la cabeza lentamente.

Él respiró hondo al notar que había llorado, por lo que contuvo su tristeza y su ira, e hizo más patente su sonrisa.

Esa era la primera vez que Zed le sonreía desde que se casaron, y estaba hipnotizada.

"Déjame ver cuántas heridas tienes. Prometo que no haré nada más. Sólo quiero revisar tus heridas, ¿de acuerdo?".

Estaba totalmente confundida. Él usualmente se dirigía a ella dándole órdenes. Nunca antes le había hablado con tanta consideración.

Hizo una pausa y se mordió el labio mientras se preguntaba si podría confiar en él. Finalmente, asintió. Estaba cruzada de brazos, y había asumido esa posición como estableciendo una barrera entre ellos, pero después de aceptar su petición, Jana desplegó los brazos.

Zed caminó lentamente hacia ella y comenzó a desabrocharle el pijama.

Estaba siendo extremadamente cauteloso. Sabía que ella estaba nerviosa y que cualquier acción extraña o no deseada de su parte la pondría a la defensiva nuevamente.

Cuando las heridas en su torso quedaron al decubierto, lanzó un gruñido, pues eran incluso peores que las de sus brazos.

Él ya lo esperaba, y en ese momento, con las heridas totalmente a la vista, sus sospechas habían sido confirmadas, pero eso no ayudó a mitigar la furia que se apoderó de él, por lo que dijo, "¡Maldita

sea!".

Jana lo miró inexpresivamente. No reaccionó a ese arrebato y prefirió observar como aplicaba medicina a sus heridas.

'¡Está siendo tan cuidadoso, tan gentil, tan silencioso! Casi no hay ruido en esta sala. ¿Por qué está todo tan silencioso?', sus pensamientos eran aleatorios y dispersos.

Cuando Zed terminó de atender sus heridas, la ayudó a ponerse el pijama de nuevo, y de repente, una sensación de calor se apoderó de ella.

Por un momento, Jana creyó que él se haría cargo del sufrimiento y la tortura que la familia Wen le había dispensado.

"Déjame llevarte de regreso a tu habitación".

No dejaba de ser amable con ella.

Cautelosa, lo miró a los ojos y se preguntó si estaba siendo sincero o si todo eso formaba parte de un acto. Al ver que su expresión parecía genuina, asintió lentamente.

Con el permiso de Jana, el hombre la levantó en sus brazos y la llevó al dormitorio.

Su abrazo era cálido, así que ella apoyó la cabeza en su pecho.

Él la miró y se preguntó en que estaría pensando.

Colocándola en la cama con suavidad, la cubrió con una manta y después de eso, le dijo con una sonrisa, "¡Duerme un poco!".

Jana asintió y cerró los ojos.

Tal vez era porque estaba cansada o quizá se debía al efecto de la medicina que él le había aplicado, sentía que le pesaban los párpados. Las palabras, "duerme un poco", dichas con la voz ronca de Zed le causaron somnolencia.

No pasó mucho tiempo antes de que se quedara dormida, pero Zed aún seguía en la habitación.

De pie junto a la puerta, la observaba en silencio. Una vez que su respiración le indicó que estaba dormida, una expresión fría se posó sobre su rostro.

Esa noche Jana durmió sorprendentemente bien.

Cuando abrió los ojos, Zed ya no estaba en la habitación.

Un rayo de sol se había colado por un hueco entre las cortinas. Entonces, ella procedió a inspeccionar sus brazos. El enrojecimiento de la quemadura del cigarrillo había disminuido y sus otras heridas ya no le dolían tanto.

Se recostó en la cama pensando en los acontecimientos del día anterior. Mientras que el comportamiento de su familia no era nada fuera de lo normal, encontraba las acciones y la preocupación de Zed casi surrealistas.

Cuando se levantó, caminó hacia las cortinas y las abrió.

El sol brillaba con fuerza.

"¡Zzzzzum!".

El teléfono vibró de repente.

Ella lo tomó, echó un vistazo a la pantalla y frunció el ceño.

Era su padre.

Los acontecimientos del día anterior habían provocado un cambio en su persona. Antes de eso, habría temblado de miedo y la habrían consumido los pensamientos acerca de lo que su padre haría. A pesar de todo era respetuosa con su padre y con su madrastra, independientemente de cómo la trataran. Después de todo, eran sus padres. Ese día, sin embargo, Jana se encontró desprovista de todos esos sentimientos en lo que concernía a su familia.

El teléfono seguía vibrando y decidió responder la llamada. Antes de que pudiera decir algo, oyó un grito histérico proveniente del otro lado de la línea.

"Hija de... ¿Qué diablos hiciste?".

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