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   Capítulo 28 No puedes controlar a este hombre

Vives en cada latido mío Por Natalí Palabras: 7718

Actualizado: 2019-08-22 02:04


Joy estalló de felicidad, pues después de hacer un alboroto afuera durante casi medio día, por fin había logrado hacer salir a Jana Wen. Por dicha, sus amables súplicas horas antes no habían sido en vano. "¡Jana!".

Pero esta se dio vuelta para mirar a Zed y la ignoró a propósito.

En ese momento, él también la veía.

De pronto, Jana sintió el corazón embargado de tristeza.

"¿Por qué siempre estás de pie afuera?", le preguntó con un lindo tono de ira fingida y actuando como una niña mimada.

Él hizo un gesto con los labios y le explicó: "Mientras dormías adentro, escuché ruido afuera y temí que el alboroto te despertara; por eso, salí a dar un vistazo. Al hacerlo, vi a Watson y su madre".

Jana lo miró a los ojos con expresión vacía. Por alguna razón, sintió que él la miraba con ojos llenos de amor.

"Jana, nosotros...", dijo Joy quien estaba de pie al lado de ellos, y se sentía algo avergonzada. Era evidente que ella y su hijo aún estaban ahí. ¿Cómo era posible que los estuvieran ignorando?

Al oírla, Jana se volvió por fin. Notó que Watson se tapaba la nariz con la mano y que tenía sangre en los dedos.

Entonces, comprendió que él era el que había resultado herido, y que, para su tranquilidad, Zed se encontraba bien.

Si esto hubiera sido años atrás, Jana habría defendido a Watson. Sin embargo, ahora... "¡Por todos los cielos! Mamá, todo es culpa de esta maldita. Si no fue ella, ¿cómo desaparecieron de repente las tierras que mi papá casi daba por suyas? ¡Desgraciada! Ya verás, ¡haz todo lo posible para que no te atrape!", le dijo Watson mirándola con los ojos rojos.

Era probable que se sentía humillado por el golpe que Zed le había dado. O, tal vez, el supuesto hermanito siempre la había odiado hasta los huesos.

Su aguda mirada se posó en el rostro de Watson con frialdad.

"¿Qué dijiste?".

Watson miró a Zed y notó que, al igual que antes, mantenía una vaga sonrisa dibujada en los labios, sin comprender bien cuál era la intención de ese gesto.

De no haber sido porque Joy se lo impedía, ya habría corrido donde ellos.

Pero no podía hacer nada. Después de todo, Zed era un hombre de negocios poderoso y acaudalado y era bien sabido por todos que provenía de una familia rica. Si Watson y su familia lo sacaban de las casillas, para él sería sencillísimo destruir al Grupo Wen. Su madre y él estaban conscientes de ello.

"No dije nada. Además, si hubiera dicho algo, ¿mencioné tu nombre?", le contestó con negligencia sin verle a la cara.

Joy se apresuró a jalarle para indicarle que se callara, pues estaban ahí para suplicar el perdón de Jana Wen. Así que, aunque la intención de congraciarse con ella no era sincera, aún debían esperar hasta que Zed les cediera las tierras.

Antes de venir al hospital, Shirley le había contado que Zen se había enamorado de Jana, pero en aquel momento pensó que eso no tenía sentido. Sin embargo, al verlo con sus propios ojos, se dio cuenta de que Shirley tenía razón. Zed estaba enamorado de Jana como era evidente por las miradas amorosas entre ambos.

Si un hombre fingiera el afecto y el amor por una mujer, le diría muchas palabras tiernas, le compraría cosas lujosas y satisfaría todas sus necesidades materiales. No obstante, nada de eso es amor verdadero, porque ni siquiera un actor sumamente talentoso puede fingir ese tipo de encanto y de interés en los ojos.

"¿Aún ignoras cuál es tu error? De todas maneras, Jana aún es tu hermana y Zed tu cuñado. ¿Ya acabaste con tus insolencias?", le gritó Joy a Watson fingiendo enojo.

Sin embargo, el descontento persistía en el corazón de Watson quien murmuró algo para sí y miró a Zed, pero, al fin y al cabo, no tuvo el valor de decir nada.

"Eso, ah, Jana...".

Cuando Watson se hubo calmado, Joy se dirigió a Jana de nuevo tratando de aparentar que era una señora mayor ag

radable y gentil. De repente, vino a la mente de Jana la noche en que la había golpeado con una escoba. Lo había hecho con maldad y sin la menor amabilidad.

"¡Je, je!", se burló Jana quien le preguntó con cortesía en un tono distante: "¿La conozco?".

Joy se quedó muda ante esa pregunta.

"No la recuerdo, aunque usted se me parece a la mujer que me agarró a escobazos una noche. Ya he olvidado por qué razón lo hizo esa vez...", continuó pensativa.

Zed la escuchaba divertido y pensando cómo había cambiado y mientras la observaba de arriba a abajo en la bata de hospital, sus ojos llegaron a sus pies descalzos.

Casi al instante, su expresión endureció y se le borró la sonrisa.

¿Había salido así descalza? ¿Con qué propósito?

"Yo...". Joy sabía que Jana era de buen corazón; por eso, había traído a Watson para que le pidiera disculpas, pero sin imaginar que mencionaría el incidente de aquella noche.

Se sentía muy arrepentida y, se culpaba por haber sido demasiado impulsiva esa vez.

Así como un antiguo refrán dice: 'A cada santo le llega su día', jamás le había pasado por la mente que llegaría el día en que tendría que pedirle ayuda a Jana.

"¡Ah, tiene que ser que no me acuerdo bien!", dijo Jana, y sin esperar a que Joy abriera la boca y como si hablara consigo misma agregó: "Es culpa mía. Me parece que tengo que lo estoy recordando mal, pero supongo que es a causa del golpe que me llevé en la cabeza antes", dijo burlona y cargando sus palabras de sarcasmo.

"Jana, sé que tienes mucho que recriminarme, pero a fin de cuentas tu apellido es Wen. Aunque no me perdones, no puedes sentarte y esperar la caída del Grupo Wen, ¿verdad? ¿O, es que solo me perdonarías si te lo pido de rodillas?", le dijo Joy algo desconcertada.

Jana prensó levemente las comisuras de sus labios, apretó los puños en un acto reflejo, y le respondió con frialdad: "¡Si tuviera opción, no llevaría tal apellido! El resto de mi vida recordaré las cicatrices que todos ustedes dejaron en mí esos años. ¿Cómo puedo perdonarte así de fácil? ¡Ni lo pienses!".

Acto seguido, jaló a Zed de la mano y entró a la habitación del hospital cerrando la puerta de golpe.

"¡Maldición! Bruja descarada, te advierto que no te acostumbres a estar segura de ti misma. Tú no puedes controlar a un hombre como Zed. El día que te abandone, ¡no vayas llorando a buscarnos!", se oyó gritar a Watson al otro lado de la puerta. Poco después, escucharon que Joy lo reprendía. Entonces, todo quedó en calma y asumieron que se habían marchado del hospital.

Entonces, Jana se sentó y se echó a llorar. No entendía por qué sus parientes la detestaban. Al rememorar las cosas espantosas que le habían hecho, no sintió remordimiento por lo que acababa de decirle a Joy. Pese a que se esforzaba por controlar sus emociones, ese extraño sentimiento la hacía llorar. Las tibias lágrimas corrían por su rostro.

Zed la abrazó por detrás y envolvió su cuerpo débil y frágil entre sus brazos y le dijo susurrándole en el oído con suavidad:

"En adelante, puedes contar conmigo. No permitiré que nadie te intimide ni te humille".

Esas palabras le ofrecían un fuerte respaldo, pero también eran una declaración de autoridad, y debió reconocer que le habían reconfortado el alma, y que, además, un sentimiento desconocido le palpitaba por dentro.

¡No!

Se recordó a sí misma que no podía abandonarse en su ternura, pues tal como lo había dicho Watson, no podía controlar a Zed en absoluto. Si ella decidiera disfrutar de ese cariño y, después él la dejaba, le dolería mucho y no lo soportaría.

Entonces, retorció el cuerpo luchando para escapar del abrazo. Bajó la cabeza y enjugó las lágrimas en las orillas de sus ojos y le dijo:

"Um, tengo un poco de sueño y quiero descansar. Además... No tienes que quedarte aquí conmigo. Quiero estar sola".

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