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   Capítulo 4 La vida en el palacio

Las bellezas del rey Por glenmarts Palabras: 6619

Actualizado: 2021-03-05 22:19


La práctica de la etiqueta palaciega había finalizado y ahora las concubinas podían salir de sus palacios para conocer el complejo interior; lugar enorme en dónde las bellezas del rey solían vivir. Un lugar donde el único hombre que podía entrar era el emperador.Habían muchas mujeres en el lugar y cada una ostentando un rango diferente, estatus que Ezra debía respetar. Los rangos entre concubinas iban desde las asistentes reales, el escalafón más bajo de la jerarquía, hasta la cúspide de la pirámide ocupada por la emperatriz.Entre estos rangos estaban también las concubinas imperiales, más arriba las esposas secundarias de tercera y segunda categoría.Ezra solo era una concubina de baja categoría y no se podía permitir enemistades con las otras esposas y concubinas. El odio de una concubina podía desencadenar en los más terribles actos. Y ella no quería ser víctima de ellos.

La muchacha recorrió el pequeño palacio que le habían asignado y aunque en un principio pensó que simplemente no era habitable, al ver las demás cámaras en perfecto estado pudo decir que solo era falta de mantenimiento y limpieza.Su asignación mensual como concubina podía resultar extravagante, pero de ahí tendría que sacar el dinero por el trabajo de sus criados. Al final del mes la muchacha se quedaba con pocos Dirham¹ para ella.

Había pasado un poco más del mes y todavía el rey no la había llamado. Aunque probablemente nunca lo hiciera, y a decir verdad aquello a Ezra no le importaba mucho. De hecho la mujer había estado desarrollando características que la hicieran invisible, es decir, el silencio y aparente timidez. Ella simplemente no significaba ningún punto atrayente para el rey y por lo tanto, ningún riesgo para las concubinas.

Por otro lado Badar Alid sí parecía tener éxito, pues tras haber sido convocada por el rey quedó embarazada rápidamente. Ezra se alegró por el éxito de Badar, pero a la vez también se preocupó, ¿atacarían las otras esposas a Badar?Ahora que su amiga había embarazada, el rey la había ascendido a concubina imperial, elevando así su estatus económico. Ezra sabía que pronto Badar recibiría los ataques de las demás bellezas y ella como su mejor amiga estaría allí para defenderla.

Ezra moría de ganas por visitar a Badar y una mañana salió de su palacio hacía el de su amiga. Al llegar se maravilló de lo bonito y arreglado que era el palacio de Badar e incluso le dieron ganas de abandonar su corriente palacio y mudarse allí.Ezra pasó con rapidez del recibidor y entró en la cámara principal decorada con colores azules y grises. El lugar era simplemente acogedor.—Ezra, qué bueno tenerte aquí. Vamos siéntate.Badar la invita a tomar el desayuno y tras varios minutos de espera la comida llega: había todo tipo de manjares y delicias en la mesa.—Te ha ido muy bien, creo que ahora mismo eres la favorita del rey —comentan en medio de la comida.—Si, su majestad viene mucho aquí.—Y ¿como va tú embarazo? Debes cuidarte y revisar tus comidas.—Lo sé, Ezra. Eres como mi madre. Un eunuco siempre prueba mis comidas antes de ingerirlas.—Eso está bien. Debes cuidarte, y sobre todo conocer los pasos de tu servicio, si no tienes un leal eunuco o una buena doncella es como caminar con los ojos vendados y en frente tener un abismo.Badar aceptó con la cabeza mie

ntras devoraba su comida. Su apetito era insaciable.Después de terminar la comida piden retirar los platos vacíos y ambas se dirigen nuevamente a la cámara dorada.—¿Crees que deba protegerme de las otras concubinas? —pregunta Badar inquieta.—¡Por supuesto! —responde enérgica.

Ezra salió del palacio de la concubina imperial Alid, tras ella iba caminando calmadamente su doncella Tafur. En el camino de regreso, Ezra recorrió los amplios pasillos del harén y además observó las fachadas de los palacios de la emperatriz, la consorte Akil y la señora Cadi. Si el palacio de Badar era tan impresionante, los palacios de las grandes esposas lo serían aún más.Tan absorta en las lujosas fachadas de los palacios, Ezra no se percató que el carruaje real iba directo hacia ella.Cuando se dio cuenta que el carruaje se aproximaba trató de avanzar con mayor rapidez y evitar cercanía con el hombre.Sin embargo, una voz masculina la detuvo de un frenazo. Ezra lamentó su mala suerte, y se dio vuelta para saludar al emperador como dictaba la etiqueta.—¿Por qué no saludaste antes a su majestad? —preguntó el eunuco jefe.Ezra en su cabeza empezó a buscar razones para justificar su falta de respeto.—Su majestad es digno de utilizar el pasillo, yo solo le sería un estorbo y por eso me desvíe del camino.—¿Cuál es tú nombre? —preguntó el reyEzra mantenía la cabeza agachada y con sutileza trató de ver al rey, pero no logró verlo. Ezra no quería revelar su nombre pensando que el rey la castigaría.—Ezra, Ezra Azzar —expuso con voz débil.Ezra sintió como la caravana se alejaba en una tromba de elegancia, y sorprendida por el comportamiento indulgente del rey se levantó del suelo con la ayuda de su criada.—Madame Azzar, ¿no le pareció extraña la actitud de su majestad?—Lo es.Ezra temía lo que podía suceder después de ese extraño y corto encuentro con el rey. Suponía que nada pero aún así muy dentro sospechaba lo contrario. Si llamaba la atención del rey, su lógica le indicaba que en ese caso tenía que mantener el favor como fuese, pues su fórmula de inexistencia perdería efectividad.Una concubina que perdía el favor del rey era el pasatiempo favorito de las esposas con elevado rango. Era una cuestión de supervivencia y muchas veces de superioridad. Si una esposa adquiría significativo poder en la jerarquía, haría notar su poderío a las demás esposas y qué mejor manera para hacerse sentir que oprimir a las menos poderosas.La emperatriz era la única que no estaba obligada a rendirle pleitesía a cualquier otro que el rey y su madre. En cambio, las demás mujeres tenían el deber de inclinarse ante cualquiera que se alzaba sobre ellas. Aquello era la mayor muestra de hipocresía; en apariencia demostraban virtud y amabilidad, pero en realidad sus corazones estaban llenos de malos deseos con el objetivo de ascender cuan rama trepadora que se impulsa con cualquier elemento a su paso, sin siquiera importarle si el resto se ahogaba en la inmensidad de sus hojas venenosas.Ezra odiaba las actitudes narcisistas de las concubinas. Pero pronto entendió por qué aquellas actitudes de superioridad eran la enfermedad que corroía a las esposas del rey, pues esos mismos empezarían a echar raíces poco a poco en su corazón.

***[¹] Dirham: moneda de plata durante la dinastía Abasí.

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