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   Capítulo 4 Marido y mujer

Deseos cumplidos Por Chu Se Palabras: 10281

Actualizado: 2020-01-03 00:07


La oscuridad cayó sobre la ciudad en oleadas suaves, como si reflejara el suave ondular del mar que rodeaba sus costas. El aroma de la sal, la arena y la brisa marina entraba por las ventanas abiertas de la gente que daba por concluido su día, y la Ciudad G se relajaba bajo el arrullador sonido del agua acariciando la costa.

En medio de la calma aparentemente inquebrantable, un automóvil blanco se movía sin prisa hacia el centro de la ciudad. Una mujer joven con gafas de sol oscuras, una camisa holgada y casual, y un par de jeans azul claro estaba sentada en el asiento del pasajero, observando la línea del horizonte desde la ventana. Cerró los ojos y respiró hondo, su largo cabello cayendo en cascada sobre sus hombros.

Cassandra había pasado todo el día con su madre, y ya era hora de que volviera con la familia Tang. De vez en cuando todavía tenía la sensación de estar viviendo en un sueño. El hecho de que hubiera vuelto a su país natal flotaba como el sonido de una música distante en su cabeza.

Atrás había quedado Roma, con sus basílicas y calles empedradas que brillaban bajo las ardientes farolas. Ahora estaba en la Ciudad G, un lugar que le era familiar y extraño al mismo tiempo.

El auto giró bruscamente y entró en su destino, sacando a Cassandra de sus reflexiones. Un amplio jardín le dio la bienvenida cuando el vehículo entró en una de las mejores villas de la ciudad. Todo el lugar estaba diseñado en estilo gótico y la puerta de hierro rojo se abrió para recibir su visita. En el jardín habían flores de todo tipo, lo que le daba un ambiente cálido y acogedor.

Los propietarios del inmueble, la familia Tang, eran sin lugar a dudas una familia de muchos recursos. Es más, muchas personas los consideraban los más poderosos de la ciudad.

La mansión se levantaba como una fortaleza impenetrable, produciendo admiración y asombro a cualquiera que estuviera ahí. Las paredes lucían brillantes por la puesta de sol, y luces deslumbrantes brillaban a través de los cristales de las ventanas. Cassandra sintió que se le revolvía el estómago a pesar de la magnífica vista que se desplegaba frente a ella. La familia Tang, a pesar de su envidiable estatus social, no había traído ni un poco de felicidad a su vida. Se armó de valor al sentir que el auto se detenía. Una vez más estaba de vuelta en ese miserable lugar.

"Señora Tang, hemos llegado", el conductor le dijo en voz baja.

Después de estacionar el auto, el hombre procedió a salir de él para abrir ceremoniosamente la puerta a la dama.

Cassandra le dio al caballero una sonrisa cortés y se bajó del auto. Se quitó las gafas de sol y contempló la casa tan grande como un castillo, con una leve sonrisa fría apenas visible en sus labios.

'Señora. Tang', se burló de sí misma para sus adentros. 'Parece que todavía están dispuestos a mantener la farsa'.

"¡Cassandra está de vuelta!", anunció una voz en medio de la habitación.

Frente a ella estaba nada menos que Horace Tang, su suegro, la cabeza de la familia. Los años habían dejado su rastro en la cara del anciano: líneas profundas que se extendían en su frente y arrugaban el rabillo de sus ojos, pero que en lugar de darle al hombre una apariencia de vejez, le daban un encanto caballeroso, similar al del vino añejo. Su rostro revelaba una suave sonrisa cuando la recibió.

"¡Cassandra, finalmente has vuelto!", exclamó al verla, abriendo los brazos, pero antes de que pudiera rodearla, una aguda exclamación resonó desde atrás. "Oh Dios mío, ¿qué llevas puesto ahora?", dijo una voz femenina.

Luciendo un vestido suave y suelto que generalmente caracterizaba a las mujeres de clase alta, Jill Xie caminó hacia el lado de su marido Horace, levantando una ceja perfectamente arqueada al ver la ropa de Cassandra. Ni siquiera se molestó en ocultar su disgusto mientras le echaba un vistazo por encima.

Jill era la esposa de Horace, una dama de muy alta estima, y para ella era impensable aparecer vestida como lo había hecho su nuera. Echó un vistazo horrorizada a Cassandra, deteniéndose en la camisa de algodón y los jeans, como si la existencia de estas prendas fuera un delito impensable. Era absolutamente inusual que una dama de su posición se vistiera con harapos.

"Padre, madre", Cassandra saludó a sus suegros cortésmente, hablando como si Jill no hubiera dicho nada en ese momento.

Fue Horace quien habló. "Debes estar cansada del viaje. Toma asiento primero. Lionel volverá en cualquier momento", dijo.

Cassandra asintió con la cabeza. A diferencia de su esposa, Horace era mucho más amable. Su calma era un marcado contraste con las palabras duras y severas de Jill, pero en ese momento, su mente estaba obsesionada con el nombre que Horace acababa de pronunciar. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que escuchó ese nombre: Lionel? Cassandra sintió que se le aceleraba el corazón al pensar en el hombre al que se refería.

Había pasado tanto tiempo que casi había olvidado la apariencia del hombre cuyo nombre aparecía en su certificado de matrimonio.

Los tres se dirigieron a la sala de estar, donde Cassandra se sentó sola en un sofá mien

tras la pareja mayor se sentaba frente a ella. Esperaron en silencio a que llegara el hombre que los unía a todos. El disgusto de Jill no había abandonado su rostro y miró a un lado, como si ver a Cassandra fuera una molestia. Horace se hundió en el cuero suave, inclinando la espalda. Hasta donde Cassandra podía recordar, de toda la familia Tang, Horace era el que se comportaba de forma más amable con ella. Se sentó y guardó silencio, ya que estaba dispuesta a mantener un comportamiento impecable, aunque solo fuera por él.

Poco después de sentarse, el sonido inconfundible de un automóvil atravesó la habitación silenciosa en la que se encontraban los tres. Cassandra comenzó a sentirse incómoda, como si tuviera una premonición de que algo desagradable iba a ocurrir.

"El señor Tang está de vuelta", informó el criado. Ante sus palabras, la madre se levantó bruscamente y caminó hacia la puerta, dejando a Horace y Cassandra sentados en la sala de estar.

Cassandra sintió que su pecho martilleaba mientras su mente se aceleraba con todo tipo de pensamientos. La incertidumbre se apoderó de ella mientras contaba los segundos hasta lo inevitable. Habían pasado cuatro años desde la última vez que había visto a Lionel, su esposo, el hombre que se suponía que era la persona más cercana a ella en el mundo. Sin embargo, no había emoción o alegría en esta reunión para ella. Sintió el mal sabor del rechazo y la amargura, emociones que pensó que había enterrado con el tiempo.

Mientras Cassandra seguía sumida en la agonía de sus pensamientos, una figura alta apareció en la puerta, avanzando con pasos ágiles y elegantes, con impaciencia claramente escrita en sus rasgos hermosos. Ni bien entrar en la casa, sus manos tiraron de la corbata que llevaba al cuello y la arrojó en el sofá. Sus ojos, de una profunda negrura, brillaban con una crueldad que se vio intensificada por la frialdad de su sonrisa.

Los ojos de la joven pareja se encontraron, y Cassandra sintió como si los latidos de su corazón lanzaran su cuerpo hacia atrás. Ella reconoció esa sensación y sus manos se apretaron involuntariamente, esperando la emoción que sabía que sin duda daría a conocer su presencia. El dolor llegó lentamente, de mala gana, como el agua que erosiona lentamente la superficie de una piedra, y luego se abrió paso hacia ella. Sintió como si estuviera sumergida en hielo, aun cuando sentía que se quemaba por dentro.

Por razones que no podía entender, estaba nerviosa, y le quitó la mirada rápidamente, volviendo los ojos a otra parte. Podía sentir sus manos humedecerse con sudor y tragó saliva para aliviar la sequedad en su garganta.

"Lionel, Cassandra ha vuelto", dijo Horace con indiferencia.

La tensión era palpable y la presión aumentaba en la habitación, pero era como si de alguna manera su apariencia tranquila fuera impenetrable. Los segundos temblaron como una bomba de relojería en el silencio tenso, como si la más mínima perturbación fuera a causar una explosión.

Lionel caminó lentamente hacia Cassandra, dando pasos pequeños y elegantes, como si se tomara su tiempo para observar la cara de una persona completamente extraña. Luego se quitó el abrigo con aparente desinterés.

Habían pasado cuatro años. No sentía nada por esta esposa que solo existía como nombre en el certificado de matrimonio, y no había cambiado de opinión. No tenía el más mínimo interés en tener algo que ver con ella.

Aún así, se sorprendió al verla vestida de una manera tan ordinaria. Él la observó y sus ojos se apartaron. Ella tenía la piel pálida, y su rostro dibujaba una suave linea curva desde la frente lisa hasta los pómulos, con una leve inclinación hasta la delicada punta de la barbilla. Tenía que admitir, a regañadientes, que incluso en su estado más primitivo, ella era una mujer sumamente bella.

Pero la presencia de su esposa no hizo que le brotaran del corazón sentimientos tiernos, como hubiera sido el caso en este tipo de reunión familiar. Por el contrario, sentía un resquemor lleno de veneno en la boca del estómago. La odiaba, y cuatro años no habían sido suficientes para hacerlo olvidar.

"Primero iré a ducharme", dijo Lionel fríamente.

Ni siquiera saludó a la que legalmente era su esposa, y la ignoró por completo como si no estuviera en la misma habitación. Sin siquiera volverla a mirar, Lionel caminó hacia la escalera y se marchó, dejando a Cassandra avergonzada.

"¡Lionel!", Horace llamó a su hijo. Estaba a punto de reprender su descortesía cuando Cassandra tiró de su mano y le habló con su suave voz: "Padre, les he traído a ti y a madre algunos recuerdos de Roma. ¿Te gustaría echar un vistazo?".

Ella habló en voz baja, pero Lionel pudo capturar el cálido timbre de su voz. '¿Está tratando de salvarme del regaño de mi padre?', él se preguntó. Se negó a verse afectado, a pesar de la posibilidad. Entonces, otro pensamiento cruel se formó en el fondo de su mente. '¿O tal vez éste sea un intento para ganar mi favor?'. Parecía que tenía una respuesta. Con la convicción de haber descubierto sus intenciones, una sonrisa fría y despectiva apareció en sus labios.

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