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   Capítulo 7 Muchas oportunidades

Deseos cumplidos Por Chu Se Palabras: 10519

Actualizado: 2020-01-06 00:07


"Mi nombre es Rufus Luo".

"Has estado genial esta noche. ¿Habrá una próxima vez?".

"Querida, eres tan ardiente".

De repente, el recuerdo de la pasión, junto con las palabras que esa noche dijo él, y las suaves caricias, todo lo sucedido en Roma inundó la mente de Cassandra. Todavía podía escuchar la voz encantadora y sexy de ese hombre misterioso, y sentir su cálido aliento al soplarle en el oído. Era como si hubiera regresado a esa noche. Sus orejas se pusieron rojas a medida que se sumergía cada vez más en sus recuerdos.

Había sido una noche de locura. Había perdido su virginidad con un hombre al que nunca había visto antes, y a quien nunca pensó que volvería a ver. Todo parecía como un sueño, completamente irreal, y aun así ese sueño se había hecho realidad y ahora él estaba parado justo frente a ella. El hombre tenía la misma sonrisa traviesa y juguetona de esa noche, recordándole que no había sido un sueño, sino por el contrario, todo había sido muy real.

Todas las miradas cayeron sobre Cassandra, que parecía aturdida y desconcertada. Horace tosió intencionalmente para llamarle la atención y sacarla de sus recuerdos.

"Cassandra, este es el hermano mayor de Lionel, por lo que es tu cuñado".

Horace no estaba hablando en voz alta, pero resonó en los oídos de la chica como un trueno. Su corazón se aceleró alarmado. No tenía más remedio que aceptar la cruda realidad: que el hombre con el que se había acostado aquella noche en Roma era, ni más ni menos, su cuñado. Haciendo todo lo posible por reprimir su sorpresa, esbozó una débil sonrisa, pero sus labios, junto con el resto de su rostro, habían cobrado una palidez inusual, revelando que no estaba tan tranquila como pretendía aparentar.

"Mi nombre es Rufus Luo. Encantado de conocerte".

Antes de que Cassandra tuviera la oportunidad de saludarlo, el hombre se presentó una vez más. Cada una de sus características le eran familiares: la voz sexy e íntima, la sonrisa desgarbada, la mano delgada y fuerte extendida para saludarla. Su mente se quedó pensando en las tres palabras que significaban tanto: "Un placer conocerte". Sabía que lo había dicho a propósito, como si realmente fuera la primera vez que se encontraban.

"Bienvenido de vuelta, Rufus", dijo Cassandra. Demasiado tímida para mirarlo a los ojos, bajó la cabeza y le estrechó la mano cortésmente. Justo cuando estaba a punto de retirarse, él apretó de su palma en un pequeño gesto, haciendo imposible que ella pudiera retirar su mano.

Ella empezó a ponerse muy nerviosa, y su palma estaba sudorosa en la de él. El hombre pareció no percatarse de ello mientras deslizaba un dedo por su palma sin que nadie se diera cuenta, y su sonrisa encantadora se hizo más profunda.

Cassandra estaba furiosa ante este gesto tan íntimo por parte del hombre. ¿Cómo podía ser tan atrevido? ¡La estaba acariciando justo en frente de la familia Tang! Ella trató de forzar su mano hacia atrás, con una presión más fuerte esta vez, pero fue en vano. ¡Simplemente no la soltaba!

"Rufus, esta es la esposa de Lionel, Cassandra".

La voz entusiasmada de Horace volvió a sonar en sus oídos al presentarla a Rufus tan alegremente. Era obvio que el anciano no se daba cuenta de la incómoda atmósfera que había entre los dos.

"¿De verdad?", preguntó el hombre mientras la familia entraba. A estas alturas ya la había soltado y Cassandra había retirado la mano. El actitud de él había sido muy relajada durante todo este encuentro, pero ante las palabras de Horace, sus ojos brillaron en la dirección de Cassandra. El brillo ardiente en sus ojos era la misma que ella tenía guardada en su memoria de esa noche.

Otros podrían no haber sido conscientes del intercambio silencioso, pero Cassandra podía sentir la intensidad de su mirada. Él ni por un segundo le quitó la mirada de encima, y a ella no le quedó más remedio que seguir a todos, a pesar de que podía sentir que el pánico la embargaba. Manteniendo la cabeza inclinada, ella permaneció en silencio todo el camino.

Sin embargo, su silencio no alejó al par de ojos ardientes posados en ella, hasta el punto de que ya no podía soportar la sensación de estar siendo observada con tal descaro. "Madre, padre, me siento mal. Subiré a descansar. He llamado a Lionel. Dijo que volvería pronto".

Mientras los demás se encontraban en la sala, Cassandra reunió el coraje para irse, encontrando una excusa fácil.

Al ver el pálido rostro de su nuera, Horace asintió, indicándole a Cassandra que podía irse.

"No te ves bien", dijo su suegro, preocupado por ella. "¿Te encuentras mal o algo? Está bien, descansa un poco. Rufus ha venido a quedarse con nosotros de todos modos. Ustedes dos tendrán muchas oportunidades para conocerse".

Las palabras "muchas oportunidades" golpearon el corazón de Cassandra, transformándose en un torbellino que amenazaba con atraparla en su vórtice.

Ella temía estar cerca de este hombre. Horace pronunció las palabras como si llevaran las mejores noticias del mundo: que ella tendría muchas oportunidades de interactuar con Rufus.

"Sí, Cassandra. Tendremos 'muchas oportunidades'", le recordó Rufus, como si la incomodidad no fuera suficiente.

Sentado justo en el sillón de en medio, Rufus era como u

n emperador, orgulloso y dictatorial por derecho propio. Sus ojos de águila sugirieron un significado adicional a sus palabras que solo ella podía entender. Su sonrisa se curvó significativamente, dándole a Cassandra un escalofrío que pudo sentir hasta la médula.

Después de obtener el consentimiento de su suegro, ella se escapó, huyendo de su torturador tan rápido como pudo. Cuando finalmente llegó a su habitación, sus piernas temblorosas apenas podían sostenerla. Abajo en la sala, si no hubiera hecho un sobreesfuerzo por permanecer de pie, probablemente habría caído de rodillas frente a todos.

Cerrando la puerta y asegurándose de que estuviera echada la cerradura, se apoyó contra ella, jadeando con fuerza mientras el aire llenaba sus pulmones. Se puso una mano sobre el pecho, cerró los ojos, y pudo sentir cómo el corazón le palpitaba tan rápido que parecía que se le iba a salir por la boca.

Jamás se hubiera podido imaginar que su aventura de una noche, en una tierra extraña, era nada menos que el hermano mayor de su cónyuge. Todo esto era demasiado dramático para ser verdad. Sin duda, esta absurda historia podría ser muy buen material para que un dramaturgo escribiera una novela exitosa. En realidad, en lugar de drama sería tragedia.

¿Qué debía hacer?

Era la única pregunta que flotaba en la mente de Cassandra. Todo había sucedido tan rápido que la había tomado completamente desprevenida y por sorpresa. No estaba preparada y no tuvo oportunidad de calmarse un momento para poder pensarlo con tranquilidad.

Una cosa parecía segura, Rufus parecía un hombre con estatus y poder, por lo que probablemente no se jactaría del encuentro romántico con ella delante de todos. Convencida de que la vergonzosa historia permanecería oculta a la familia Tang, Cassandra respiró aliviada.

Sin embargo, el solo pensar que tenía que vivir bajo el mismo techo con este hombre que guardaba su secreto más terrible le hacía sentirse terriblemente nerviosa y aterrorizada. La poca seguridad que había logrado encontrar de repente se esfumó.

¡Rufus era como una bomba de relojería que podía explotar en cualquier momento!

"¿Hermano? ¿Tengo que llamar a un hombre nacido fuera del matrimonio mi hermano mayor?", alguien gritó.

Mientras estaba inmersa en sus pensamientos y atormentada por la idea de vivir junto a Rufus, Cassandra escuchó unos gritos fuertes que venía de abajo, lo que la sacó del ensueño en el que estaba sumergida.

Ella conocía esa voz. Era Lionel.

"Lionel, ¡ten cuidado cómo le hablas a tu hermano!", Horace regañó ferozmente a su hijo. La abrumadora curiosidad dentro del corazón de Cassandra la obligó a abrir la puerta en silencio. Con gran precaución, salió a escondidas de su habitación y se escondió en una esquina de la escalera. Asegurándose de que no la pudieran ver, echó un vistazo a lo que estaba sucediendo en la sala de abajo.

Lionel estaba de pie junto a la mesa, y lo único que delataba su ira eran las venas hinchadas de su frente. Su dedo apuntaba a Rufus, quien no reaccionó al gesto hostil.

Jill se unió al lado de su hijo. Normalmente le tenía un poco de miedo a Horace, pero en este momento, en presencia de Lionel, con quien estaba de acuerdo con este asunto, disfrutaba de la rara sensación de superioridad.

"Querido, después de todo, es un hijo ilegítimo. ¿Te imaginas cómo los medios informarían esto?", preguntó la esposa. "Lionel se ha dedicado a la empresa durante muchos años, y tú deberías saberlo mejor que nadie. ¿Ahora dices que quieres entregar la compañía a este bastardo? Lionel es hijo nuestro, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. ¿Cómo puedes tomar esta decisión tan injusta a favor del hijo de tu amante?".

Las palabras ofensivas como "hijo ilegítimo" y "bastardo" se deslizaron de la lengua de la mujer con mucha facilidad. Parecía no tener respeto por el nuevo miembro de la familia. Cassandra comenzó a sentir pena por el hombre que estaba siendo insultado por su familia, a pesar del miedo que sintió cuando su mirada se centró en ella tan solo unos minutos atrás.

Desde donde se encontraba Cassandra, solo podía ver la parte de atrás de Rufus y no podía ver con claridad la expresión de su rostro, pero suponía que estaba muy enojado.

"¿Conoces la definición de un hijo ilegítimo? Soy el hermano mayor de Lionel. Eso significa que mi padre conoció a mi madre antes que a ti. Por lo tanto, deja que te pregunte, ¿quién es el hijo ilegítimo aquí?", Rufus replicó en su tono imperturbable, lanzando un contraataque. Su oponente quedó sin palabras, y lo tomó como una victoria temporal, riéndose suavemente. De repente, giró la cabeza y se encontró con un par de ojos místicos, pertenecientes a la mujer escondida en la esquina de las escaleras.

Una vez más, Cassandra lo vio sonreír siniestramente. Ella captó la sed que cruzó por sus ojos y al instante tembló de miedo.

Sus ojos se encontraron por un breve momento, pero la mirada aterradora en su mirada parecía que la estaba asfixiando. Había mantenido su posición en cuclillas durante demasiado tiempo y la tensión en su pierna le hizo perder el equilibrio, cayendo hacia adelante. Con el corazón en la garganta y sin darle tiempo a nada, rodó por las escaleras.

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