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   Capítulo 8 Es mi esposa

Deseos cumplidos Por JACINTA CANINO Palabras: 6843

Actualizado: 2020-01-07 00:05


El fuerte ruido detuvo la discusión, y el silencio repentino en la sala de estar era ensordecedor. Cassandra rodó por las escaleras hasta llegar al final de ellas. Era tan escalofriante verla ahí, que las personas en la habitación se quedaron mirándola sin saber cómo reaccionar.

La espantosa escena los había dejado completamente estupefactos.

Todo sucedió muy rápido. Un segundo estaba arriba, agazapada escuchando a escondidas la conversación de abajo, y al segundo siguiente estaba rodando por las escaleras hacia ellos. Las escaleras crujieron bajo su peso, y todos la miraron boquiabiertos. Cassandra se pegó un fuerte golpe al aterrizar, y solo cuando dejó de rodar y permaneció inmóvil en el suelo, se dio cuenta del tremendo dolor que tenía en todo el cuerpo. Su rostro se contrajo en una mueca que reflejaba todo el dolor que se había instalado en sus músculos y huesos. ¿Cómo pudo ser tan descuidada? De hecho, un par de ojos la distrajeron, y en ese momento, si no hubiera sido porque estaba muerta de dolor, se habría reído de sí misma. La familia Tang fijó sus ojos en ella, demasiado conmocionados para moverse.

De repente, unos pasos resonaron en la gigantesca habitación. Alguien estaba caminando hacia donde se encontraba. Cassandra se acurrucó en una bola y gimió en voz baja. Le dolía todo el cuerpo. Maldijo para sus adentros por lo humillante de la situación, sintiendo que todos la miraban fijamente. Al presentir que alguien estaba cerca de ella, abrió lentamente los ojos y levantó la vista, fijando la mirada en el rostro familiar del hombre con el que se había acostado.

"¿Estás bien?", le preguntó Rufus, quien fue el primero en reaccionar ante la caída de Cassandra y fue a su lado para ver cómo se encontraba. Miró a la mujer tonta que yacía en el suelo, gimiendo de dolor. La situación le resultaba un poco divertida, pero se contuvo y no se rio del infortunio de la chica. Esta mujer era bastante interesante, pero en este momento era obvio que se había hecho daño y que necesitaba ayuda.

La habitación seguía en silencio, excepto por las palabras de Rufus. Nadie hizo el más mínimo ruido, ni siquiera Lionel, que había estado muy enojado momentos antes. Por el contrario, dejó de discutir y se hizo a un lado para observar la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos. Fijó los ojos en Cassandra, y la observó con una mirada indescifrable en el rostro.

'¿Qué está tramando esta mujer ahora?', se preguntó Lionel cuando el disgusto se apoderó de él.

Lo que hizo Rufus a continuación sorprendió a todos los presentes en la sala.

El hombre se agachó y recogió a Cassandra del suelo fácilmente, como si estuviera ayudando a un gato callejero atrapado en un árbol. La atrajo hacia sus brazos y, de repente, el aroma limpio y fresco de menta del hombre llenó sus fosas nasales y ahogó sus sentidos, haciéndola sentir aún más mareada.

Cassandra estaba en estado de shock. Nunca en un millón de años habría imaginado que Rufus haría algo así frente a la familia Tang.

Estaban en el centro de la mansión Tang, donde estaban presentes Horace y Jill, junto con su supuesto esposo Lionel. Además, estaban los sirvientes, que los miraban con descarado interés. Rufus no había tenido ningún reparo en levantarla del suelo y llevarla en los brazos frente a tanta gente, y todos parecían escandalizados. Mortificada, Cassandra quería que se la tragara la tierra, o por

lo menos que todo fuera un sueño. Sin embargo, cuando parpadeó, se dio cuenta de que todo era muy real.

Rufus llevaba en brazos a Cassandra al estilo nupcial, muy pegada a su pecho. El calor que sus cuerpos en contacto irradiaba era palpable, y cuando los sentidos despertaron la memoria y el deseo, al sentirse tan próximos, los envió de regreso a la noche apasionada que habían compartido.

Tal vez Cassandra estaba demasiado sorprendida, o quizás solo estaba hechizada por el olor de Rufus, pero la cuestión era que de repente se había quedado muda. Su boca se abrió en vano, y su cerebro parecía haber dejado de funcionar por completo. El dolor que sentía en todo el cuerpo la sacó del trance. Cerró los ojos con fuerza y se acomodó en los brazos que la sostenían, esquivando los ojos horrorizados de su familia.

"Prepara el auto. Tenemos que llevarla al hospital de inmediato".

Rufus se volvió hacia la puerta con Cassandra en brazos. Dio la orden con voz baja pero firme, una voz que no dejaba opción a la desobediencia. Echó un vistazo a los rostros sorprendidos a su alrededor, con una mirada apacible pero a la vez peligrosa, desafiándolos si se atrevían a desobedecer su orden.

Al escuchar las palabras de Rufus, Horace finalmente recuperó el sentido. Se acercó a su hijo al mismo tiempo que señalaba con la mano al mayordomo, indicándole que saliera y preparara el automóvil que acababa de pedir.

"Cassandra, ¿estás bien, querida?", Horace preguntó, mirando a su nuera con preocupación en sus ojos. No alcanzaba a entender cómo había podido rodar por las escaleras, pero esperaba que no se hubiera hecho mucho daño.

Cassandra no respondió. Tenía los ojos cerrados con fuerza mientras gemía con voz dolorida, como si le doliera demasiado como para responder. Estaba segura de que se había hecho daño, pero la verdad era que no tenía ningún impedimento para hablar con su suegro. No respondía porque simplemente no quería abrir los ojos y tener que mirar sus caras.

Las dos pequeñas manos de Cassandra agarraron la ropa de Rufus con fuerza, a modo de súplica. Todo lo que ella sabía era que no quería abrir los ojos. No tenía inconveniente en seguir fingiendo que estaba gravemente herida si eso la libraba de tener que enfrentar a las personas que estaban en esa habitación.

"¡Quítense del camino! Está herida. La voy a llevar al hospital", después de decir eso, la boca de Rufus se alzó por un segundo, en lo que parecía una pequeña sonrisa oculta. Se había dado cuenta de que la chica le estaba pidiendo ayuda en silencio.

La forma de actuar tan extraña de Cassandra hacía que quisiera reírse a carcajadas. Definitivamente estaba ante una mujer muy interesante, y se moría de ganas por conocerla mejor.

Si de verdad ella necesitaba tanto su ayuda, él estaría encantado de prestársela. Para él no era gran cosa, y además, así ella estaría en deuda y podría cobrárselo en el futuro. De esta manera, le debería un favor, y él podría pensar en algunas formas de conseguir lo que quería.

En el preciso momento en que Rufus se dirigía hacia la puerta con Cassandra en brazos, otro hombre se adelantó para bloquear su camino. Era Lionel, que había sido un espectador silencioso todo este tiempo, se paró frente a él, mirándolo de manera desafiante. La sonrisa fría de su rostro no mostraba otra cosa más que desprecio.

"Es mi esposa. ¿Por qué te preocupas tanto por ella?".

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