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   Capítulo 28 La despedida silenciosa

Deseos cumplidos Por JACINTA CANINO Palabras: 8571

Actualizado: 2020-01-27 00:05


"¿Cómo has entrado en mi habitación?"

Mostrando conmoción en aquel bello rostro, Cassandra se puso de pie. Estaba aturdida, parpadeó varias veces, sin tener muy claro si estaba en un sueño o no.

Mirándola con ojos llenos de deseo, Rufus se acercó a ella con una leve sonrisa traviesa dibujada en los labios, como siempre.

"¿Qué... estás tramando Rufus?"

Tan pronto como se detuvo a su lado, extendió los brazos y la envolvió en un abrazo tan fuerte que la hizo sonrojar e instintivamente bajar la voz.

Sin pronunciar una palabra, moverse o parpadear, Rufus la mantuvo en sus brazos. Por el momento, solo disfrutaba de su calor con una sonrisa juguetona en sus labios.

El aire a su alrededor comenzó a llenarse de pasión. Prisionera de sus fuertes brazos, se vio obligada a apoyarse contra su pecho. Podía escuchar los latidos de su corazón, fuertes y tranquilos. '¿Estará angustiado? No está tan alegre como siempre'.

Ella renunció a la intención de liberarse de sus brazos, sin estar segura de hacerlo porque temía que la chantajeara, o porque realmente disfrutaba del calor de su abrazo. Con una mirada inocente, ella levantó los ojos para leer su estado de ánimo, pero la expresión en su rostro no reveló ningún secreto.

"¿Te pasa algo?", dijo

Cassandra, incapaz de contenerse.

Rufus respondió, con los ojos entrecerrados, pero sin responder a su pregunta: "Me gusta la fragancia de tu perfume".

El encanto de su voz profunda y ronca la desarmó por completo, enviando un hormigueo de corriente eléctrica a través de su cuerpo. Su corazón se aceleró.

Sonrojándose por su respuesta, empezó a moverse y se liberó de sus brazos, y le miró a los ojos de manera muy inocente.

"Rufus, es muy tarde. Alguien podría darse cuenta de que estás aquí si no te vas ahora. Espero que no me hagas pasar esa vergüenza", murmuró, muy consciente de que en el fondo estaba empezando a añorar su afecto, casi como si fuera una adicción.

En un intento de no mirarlo a los ojos, ella desvió la mirada.

Rufus examinó el rostro de la muchacha lentamente, con una mirada sensual y una sonrisa cautivadora en el rostro.

En un susurro bajo, él le aseguró: "No tienes nada que temer. Tu mirada dice que te has enamorado de mí, y deberíamos dejar de escondernos".

Ante su comentario, Cassandra se estremeció. Levantó la cabeza involuntariamente y, con las cejas fruncidas, se preguntó por qué estaba nerviosa en lugar de estar enojada en ese momento.

Parecía que sus secretos más profundos estaban siendo descubiertos ante todo el mundo.

"¡Eres tan descarado! ¡Sal ahora mismo, o daré la alarma!".

Cassandra dijo en pánico, levantando las manos con frustración. Para reprimir la agitación dentro de ella, trató de fingir indiferencia.

"Como quieras. No me importa".

Rufus se encogió de hombros. Una mirada divertida iluminó su rostro por un momento mientras caminaba hacia Cassandra.

"Te aconsejo que te detengas allí mismo", le advirtió.

Pero ella no levantó la voz, los sentimientos de amor ya nublaban su juicio. Su mayor preocupación era que alguien de la familia Tang descubriera que Rufus y ella estaban a solas en una habitación a altas horas de la noche.

"No hay nada que quiera más en este momento que simplemente abrazarte, tan solo un instante".

Rufus dijo, tratando de calmar sus nervios. En realidad, él no tenía malas intenciones.

De alguna manera, su tono se suavizó, aunque Cassandra no podía dejar de preguntarse qué le pasaba. Algo en él no iba bien esa noche.

Tímidamente, ella extendió la mano para juguetear con su largo cabello, y recorrió los ojos por todas partes, evitando posarlos en el rostro del hombre en su habitación.

Mientras tanto, Rufus la observaba, con una amarga sonrisa y sus ojos brillando con sincera adoración por ella.

De repente, él le rodeó la cintura con los brazos y la estrechó entre sus brazos, y cuando ella levantó los ojos para encontrarse con su mirada, sintió un aleteo de amor en su corazón.

A toda prisa, ella apartó la mirada sonrojada. Su pulso se aceleró, su corazón ansiaba estar envuelto para siempre en sus brazos.

"Cassandra", él susurró dulcemente su nombre, y el corazón de Cassandra dio un vuelco. Para que Rufus no se diera cuenta de que había consegu

ido que ella cayera a sus pies, Cassandra cambió de tema.

"¿Estas borracho?"

Preguntó con genuina preocupación.

"No, no lo estoy", respondió con voz suave, y una leve sonrisa empezó a formarse en sus labios nuevamente.

Cassandra se quedó sin palabras. A través de los ojos nublados, ella mantuvo su mirada fija en él.

"Estamos en la casa de la familia Tang, sabes..."

ella le recordó por razones obvias. En el fondo se preguntaba por qué le seguía permitiendo que avanzara una y otra vez. No había duda de que lo había estado guiando en la dirección equivocada, abriéndole lentamente su corazón cuando ni siquiera estaba segura de sus intenciones.

Y se sentía como una idiota, por la audacia de involucrarse con este hombre, mientras todavía estaba legalmente casada con su hermano.

"Tontuela", después de verla reflexionar por un momento, Rufus se rio entre dientes, luego se inclinó hacia delante y le dio un breve y suave beso en la frente.

En un instante, Cassandra se congeló. La forma en que se movía, la abrazaba, tocaba, besaba, simplemente la dejaba sin aliento.

Todo en él le hacía parecer un príncipe encantador, y a ella le hacía desear que no estuviera atada por el matrimonio a su desagradecido y mujeriego hermano. En su mente aparecieron fantasías de Rufus y ella en los rosales: la sombra moteada bailando sobre su cuerpo, el polen cayendo sobre ellos y posándose suavemente en sus pestañas.

Involuntariamente cerró los ojos y saboreó su beso, sintiendo la emoción recorrer sus labios hasta las mejillas y enviando una carga eléctrica a su cabeza, una energía de alto voltaje que amenazaba con hacer estallar, literalmente, su mente.

Cuando abrió los ojos después de un minuto que pareció una eternidad, Rufus se dio cuenta de que el brillo de su mirada estaba atenuado por un toque de lágrimas.

Perplejo, frunció el ceño, ansioso por saber qué estaba pasando por su mente. ¿Fue este pequeño beso lo que la hizo llorar?

"¿Qué pasa?", preguntó, tratando de leer su mente, aunque él era genuino en sus intenciones.

La pregunta, y su actitud cariñosa, solo la llevaron a que Cassandra estallara en llanto. ¡Como si se hubiera abierto una compuerta!

Con sollozos inconsolables, sus hombros comenzaron a temblar tan violentamente que Rufus entró en pánico.

"¿Cuál es el problema?", preguntó, limpiándole suavemente las lágrimas con los dedos.

"Puedes... mantenerte alejado de mí, por favor?".

De repente levantó la cara, con los ojos hinchados y rojos por el llanto.

Sentía miedo e incertidumbre, con miedo de enamorarse de ese hombre, y confusión porque se suponía que era su cuñado.

Fue la aparición inesperada de este hombre en su vida lo que le ocasionó tantas noches de insomnio y, lo más importante, lo que hizo más tangible su frustración con Lionel. Sin saber qué hacer para consolarla, Rufus se limitó a observarla en silencio. Deseó poder tomarla en sus manos, limpiar todas sus lágrimas, calmar sus miedos y abrazarla para siempre.

Pero tuvo cuidado de no sobrepasarse, así que simplemente se quedó allí observando, hasta que ella finalmente habló entre sollozos, deseándole buenas noches.

Luego, ignorando sus palabras, él extendió sus manos y tomó su barbilla suavemente entre sus enormes palmas.

Después de un momento, Rufus apartó sus ojos de mala gana y rápidamente se dirigió hacia la ventana. Antes de que Cassandra pudiera darse cuenta, su ágil cuerpo ya había saltado al exterior.

Cassandra estaba anonadada. Trató de gritar, pero no pudo emitir más que un siseo casi silencioso. Frotándose las lágrimas, llamó con voz ronca: "¡Rufus!"

Sin responderle, él solo se dio la vuelta con una sonrisa dibujada en el rostro antes de volverse y dirigirse hacia la puerta. Pudo ver a través de la luz tenue algunos autos que parecían haber estado esperando por mucho tiempo.

De repente, una sensación de fatalidad se apoderó de ella.

Recordando sus palabras, sus besos y su mirada momentos antes en su habitación, se dio cuenta de que había sido una despedida, solo que no había podido leer su mente. 'A dónde va...' Un aluvión de preguntas comenzó a inundar su mente. Preguntas difíciles y complicadas para las cuales no tenía la más mínima idea de cómo las iba a responder.

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