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   Capítulo 3 Paula

¿A todo riesgo o a terceros? Por Mia Alcaraz Palabras: 8555

Actualizado: 2021-03-14 04:31


Estoy sentada en la oficina de mi jefe, manteniendo la reunión concertada desde ayer por la tarde. Media hora después trato, por todos los medios posibles, de procesar la información que acabo de escuchar. Lo intento, de verdad que lo hago; pero por mucho que le insto a mi cerebro a reaccionar de una forma coherente, a ofrecer una respuesta lógica, se deja dominar por el miedo. Lo único que soy capaz de decir, más bien quejarme al igual que una niña pequeña a la que han arrebatado de las manos su juguete favorito, es: —No puedes hacerme esto, Tobías.—Claro que puedo, para algo soy el jefe —alega iracundo.Cierro los ojos. De saber que al final me daría las horas solicitadas durante tantos meses no habría aceptado el puesto de limpiadora en el supermercado por las mañanas. Es un trabajo que odio a más no poder; pero es mucho mejor que la opción que me ofrece, esa sí que no es viable menos aún necesitando el dinero.Lo miro como si se tratara del mismísimo diablo, porque en este instante se asemeja a él. De hecho, no debo esforzarme para distinguir la tez roja y los cuernos, pequeños y retorcidos, que adornan sus sienes. Lo que propone es impensable, al menos por mi parte; juraría que él opina de diferente modo, de ahí que lo haya planteado. Pero no, no estoy dispuesta a regresar al infierno del que logré salir a duras penas hace tres años ahora que las cosas me van medio bien y no tengo noticias del innombrable desde mi última visita al banco y de eso, han pasado dos meses.—¿Por qué no envías a Mabel? Seguro que a ella no le importará estar rodeada de hombres todo el día. Tobías hace un gesto negativo con la mano. Sé que le disgusta mi propuesta, me da igual, no pienso rendirme. Por eso, propongo a otro compañero a sabiendas de que no es comercial.—Pues a Simón, dudo que le molesten las vistas de hombretones llenos de grasa. —Sigue en sus trece y vuelve a negar. Como último recurso, añado—: ¿Mateo? Al igual que mis demás compañeros, Mateo tampoco es comercial, es otro de los administrativos. No me importa, lo único que quiero es salirme con la mía y, para ello, estoy dispuesta a todo, incluso a renunciar al trabajo y a la masía.Solo de imaginar esto último hace que sienta un pinchazo que me obliga a retorcerme de dolor. Durante años he luchado duro para mantener la propiedad. Pensar siquiera en tener que venderla me mata.—No insistas, Paula, han solicitado al mejor comercial y esa, querida, eres tú. —Apoyo la espalda en el respaldo de la silla derrotada—. Tienes un mes para formarte.La idea de no hacerlo se vuelve tentadora, no quiero retroceder a la casilla de salida y si acepto trabajar en el taller que solicita nuestros servicios, sé que todo regresará de nuevo: los recuerdos, los sentimientos guardados, los mensajes... Será un paso atrás, también reconocer que sigo enamorada de él, y no deseo caer de nuevo en su red de mentiras.—¿Y si me niego?Mi jefe me toma por loca, de sobra sabe que no puedo permitirme el lujo de perder el trabajo, necesito los ingresos a no ser que desee que mi vida sea más desastrosa de lo que es.—No digas tonterías —comenta, incorporándose—. Desde que te contraté, llevas dándome la tabarra con que te amplíe la jornada. Enhorabuena, acabas de lograr lo que tanto querías.—No necesito que me recuerdes lo que llevo pidiendo desde que entré, lo sé de sobra —me quejo enfadada—. Lo siento, Tobías, pero no puedo aceptarlo.Incluso yo me sorprendo al rechazarlo sin llegar a pensar en las consecuencias que tendrá mi cabezonería.Vuelve a sentarse, no entiende mi reticencia.—¿De verdad estás dispuesta a perder el puesto de trabajo por no querer ir tres tardes por semana a un taller? Asiento.—Paula, no lo entiendo.Encojo los hombros. Tampoco comprendo lo que estoy haciendo, sé que todo es por miedo, pavor a volver verlo a diario y a trabajar en el mismo lugar que él.—¿Qué me ocultas?—Nada.Alza la ceja, ni por asomo cree la mentira que acabo de ofrecerle.—¿Entonces...?Lo que menos deseo es contarle mis temores. ¡Lo qué me faltaba!, bastante tiene con saber parte de mi pasado. Conociéndolo como lo conozco, estoy segura de que tratará de hacer de casamentero. No es que me lleve mal con él o no lo soporte, es que la última vez que lo intentó, acabé en una cita a cieg

as con el estúpido de mi vecino.Al comprobar cómo me mira, busco una respuesta rápida que ofrecerle. Nada coherente me viene a la mente, así que suelto la primera estupidez que se me ocurre.—Es que me pilla muy lejos de casa y ya sabes que mi coche no está para muchos trotes, solo es eso.Le entra la risa floja. Lo entiendo, incluso a mí me dan ganas de reírme de mí misma.—Vale, lo capto, hoy estás en plan graciosa. —Se pasa la mano por la frente—. ¿Sabes?, he llegado a pensar que tendría que despedir a la mejor comercial que tengo.No lo contradigo, de hacerlo me vería obligada a decir los verdaderos motivos por los cuales no quiero ir a trabajar al lugar en que se empeña.Cuando se calma, sacude la mano en una clara invitación para salir del despacho. En el momento que comprueba que no tengo intención de levantarme, dice:—Son las dos de la tarde.Arqueo una ceja. Hasta las tres, por lo general, no suele marcharse.—Es viernes y quiero irme a casa —replica.Me incorporo de inmediato, los viernes acaba la jornada antes.—Ya me voy —digo cabizbaja.—Paula —giro la cabeza al escuchar mi nombre—, confío en ti y sé que los dejarás impresionados con tus números.—Descuida, ante todo profesionalidad. Buen fin de semana.Abandono el despacho alicaída. Camino con la cabeza gacha hasta llegar a mi puesto de trabajo. Mabel me mira extrañada, es raro en mí que esté tan callada un viernes a última hora de la mañana y sobre todo en la oficina.—¿Qué haces aquí si no trabajas por las mañanas? —desea saber.—Tu tío me llamó ayer para que viniera, he pedido salir antes del trabajo de las mañanas.—¿Y bien?Le hago un gesto con la mano, entiende que no es lugar para hablar de ello, en casa le contaré lo que me sucede. Sincronizo la agenda del ordenador con la del móvil antes de marcharme.Espero a Mabel en la entrada del edificio, necesito fumar para relajar los nervios que campan a sus anchas por todo mi cuerpo; pero tengo claro que si enciendo un cigarro delante de ella me caerá la bronca del siglo, por ello, desecho la idea. Me encuentro tan mal que no sonrío cuando mi amiga le da una palmada en el trasero al vigilante. Él tarda poco en mostrar una sonrisa, la cual desaparece al comprobar de quién proviene.—¿Sabes que está loquito por ti, verdad? —comenta Mabel una vez fuera del edificio y cuando se asegura que el hombre no nos oye.—Siempre estás igual y llevo una semana diciéndote lo mismo: está cazado.—¿Y?Ma y sus monosílabos.—Y nada.—Hija, desde… —la fulmino con la mirada—. Desde el innombrable estás de una estrecha. El miércoles hablé con Lázaro y me confesó que el anillo es un recuerdo. Que ni está casado ni tiene pareja.Lázaro es el nuevo vigilante de seguridad, lo vi por primera vez hace un mes y desde entonces, es el encargado de mantener seguro el edificio. —Además, ¿sabes por qué sé que está loco por ti? —La ignoro y prosigo mi camino—. Solo viene las tardes que tú trabajas, el resto es un hombre regordete medio calvo. ¿Eso no te dice nada?—Meras coincidencias —respondo. Su rostro refleja que no cree que se trate de eso, así que me obligo a decir para que deje de venderme de una santísima vez al segurata—: Déjalo estar, Ma. No me interesa.Me sujeta del brazo para que deje de caminar y me obliga a mirarla.—Pau, hace tres años de aquello y te lo he dicho mil veces, todos los hombres no son iguales.No pienso contradecirla, es absurdo hacerlo. Ella tiene una visión de las relaciones amorosas y yo, otra distinta.—Tienes razón. No todos los hombres son iguales, cada uno tiene su especial forma de cagarla.Suelta una carcajada, lleva meses diciéndome que quite de foto del perfil de WhatsApp esa frase, me niego.—Tú lo has querido, no me dejas otra alternativa. La miro con estupor, de ella espero cualquier cosa y nunca nada bueno.—¿Qué vas a hacer?Me deja con la palabra en la boca, se gira y regresa al edificio. Me llevo las manos a la cara con la finalidad de tapármela al verla hablar con Lázaro y señalarme, con un dedo acusador, desde la distancia. Él muestra una sonrisa, también me guiña un ojo mientras saca el móvil para anotar algo que la traidora de mi amiga le dicta. Echo a andar, no quiero saber qué hace la loca de Mabel, pero estoy segura de que no me va a gustar nada de nada.

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