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   Capítulo 4 Lázaro

¿A todo riesgo o a terceros? Por Mia Alcaraz Palabras: 17517

Actualizado: 2021-03-14 04:32


Mi plan inicial aún no ha dado los frutos anhelados, calculaba un mes como tiempo suficiente para llamar la atención de una mujer que ni siquiera sabe que existo. Me ofrecí a sustituir a uno de los empleados de mi amigo, así tendría la oportunidad de hablar con ella y obtener una cita: casi un mes después ninguna de las dos cosas ha sucedido. La idea de mandarlo todo a paseo me llama, pero las palabras que siempre me decía mi abuela acuden a mi mente: «Quien algo quiere, algo le cuesta». Por ello, la única salida que veo es esta, proponer de nuevo la apuesta y rezar porque el ceporro de Brig la acepte sin realizar demasiadas preguntas.Tras escuchar la propuesta me observa incrédulo, sin dar crédito a mis palabras. Deduzco que por eso se atreve a preguntar:—¿Lo dices en serio?Hace dos meses cuando él la propuso, no acepté y, a pesar de eso, he ido al maldito edificio más de lo que quisiera admitir, sigo sin saber cómo llamar la atención de la morena que prosigue metida en mi cabeza. Aquella tarde, la primera vez que la vi, pensé que se trataba de un simple arrebato al topar con una chica guapa, semanas después su rostro aún me acompaña.—Que sí, pesado —afirmo, tomándome de un trago el cuarto chupito.Francesco, o lo que es lo mismo, Brignoli, mi mejor amigo, me mira sin saber qué decir. Nos conocemos desde la infancia, nuestras familias vivían en la misma calle. Nos hicimos amigos y a partir de ese momento, nuestros caminos no se han separado. —Vamos a ver, Briztam. —Como es habitual entre nosotros, nos llamamos por nuestros apellidos. Una costumbre adquirida en el colegio—. Tu pasión son los camiones, no ser vigilante de seguridad. Se mesa el pelo. Intuyo que trata, por todos los medios posibles, hacerme entrar en razón, aunque dudo mucho que lo consiga. Tengo una meta y no pienso marcharme de aquí sin cumplirla.—Que yo te agradezco mucho el favor que me has hecho este mes cubriendo el puesto de uno de mis empleados. ¡Joder!, que yo me hice segurata por lo que se ligaba y no por pura pasión; sin embargo, con los años aprecié mi trabajo, por eso monté la empresa...Dejo de escucharlo, cuando lleva algunos grados de alcohol en el organismo es un cansino. Le da por hablar de sus inicios y no hay quién lo pare, solo conozco un tema que sí lo hace. Por eso, con toda la intención del mundo lo he arrastrado a la sala que con asiduidad frecuentamos desde que me peleé con Lola, mi última relación seria.—¿Aceptas o no? —inquiero cansado de lo mismo. Mi meta es la que es y no pienso rendirme antes de tiempo. Quizá todo esto sea un absurdo, lo sé; pero hacía mucho que una mujer no captaba mi atención ni perturbaba tanto mi mente. Lola fue la última que logró tal cometido y el resultado, mejor olvidarlo.Brig ignora mis quebraderos de cabeza, sigue inmerso en el reto que acabo de lanzarle. Sus ojos me delatan que no desecha la idea de inmediato, la sopesa más de lo que a él mismo le gustaría. Alza la mano y la mueve hasta que logra la atención del camarero, quien se halla en la otra punta de la barra, con la intención de solicitar una nueva ronda. Acto seguido se gira en el taburete para mirarme; yo, sin embargo, prosigo con la vista al frente.—A ver si me ha quedado claro. ¿Tu propuesta es que durante los dos próximos meses tú gestionas mi empresa y yo la tuya? —asiento. Por fin va directo al grano, a lo que en verdad me interesa. Sigo sin mirarlo, de este modo evitaré que lea mis intenciones ocultas—. Pero si yo no tengo ni zorra de transporte, ni tú sabes nada de vigilancia.Alega, tomándose el quinto chupito. Después, le da un largo trago a la cerveza.—Eso no es lo que aseguraste hace un mes —objeto con cierta chulería en la voz. Lo conozco tan bien que sé con certeza que le picará tanto que al final obtendré lo que deseo.—Aquello lo dije porque estaba aburrido y quería callarte la boca. Insisto, es una locura. Tú no sabes nada de mi negocio y, por supuesto, yo desconozco el tuyo.Pensaba que me sería más fácil convencerlo y no tendría que tirar de la artillería pesada. Él lo ha querido. Ahora sí que me giro para quedar de frente. Me mira atento, quiere saber cuáles serán mis siguientes palabras. No tardo en ofrecérselas y tocar su fibra, esa chulesca que anida en un lugar oculto de su ser.—Este mes te he demostrado con creces que sí, que sé hacerlo. —Frunce el ceño, le he dado donde más le duele, aunque no contento con el resultado, agrego—: Además, en ello radica la apuesta, demostrarte que soy capaz de gestionar tu empresa mejor que tú.—Eso no te lo crees tú ni borracho, tío. —Alarga la mano para apretar la mía. Hago todo lo posible por no sonreír. Ya está donde quería, a partir de ahora será cosa mía—. Acepto.Tardo un poco en soltarlo. Decirle que estoy más capacitado para gestionar su negocio es la clave de que acceda a esta loca apuesta, pero si quiero lograr mi objetivo debo estar en su empresa y no en la mía.—Espero que no sea mi ruina —comenta al chocar su cerveza con la mía. Ladea la cabeza para observar el resto de la sala y una pícara sonrisa le cubre el rostro. Leo sus intenciones incluso antes de que las diga en voz alta—. Ahora, querido amigo, disfrutemos de la noche.—Adelántate, yo me uniré en unos minutos.No tengo claro si participar o no, mi único propósito era conseguir lo que ya he obtenido. Observo la sala, sobre todo los movimientos de mi amigo, al cual lo veo mezclarse con el resto de los asistentes que, al igual que los presentes, buscan una noche desenfrenada sin mayor pretensión que disfrutar de una buena dosis de sexo sin compromiso.Permanezco sentado en la barra, solo es el inicio de la velada y, por el momento, no quiero tomar decisiones precipitadas, aún faltan asistentes por llegar y no tengo planeado pasar toda la noche en la sala. En realidad, no sé si me quedaré más allá de terminar esta consumición. La vista, sin saber bien el porqué, se me desvía hacia a la entrada del local. Mi corazón se paraliza y, de seguido, comienza a latir con fuerza al divisar a la morena que acaba de acceder. No puedo creer que a ella le guste este tipo de juegos, no sé, pero su apariencia me hace pensar que es más tradicional en ese aspecto.Cuando la mujer gira la cara en mi dirección me llevo una decepción, no se trata de ella; sin embargo, su parecido es tan grande que me veo arrastrado por la fantasía y pronto me sitúo frente a esta desconocida que puede hacerme soñar si no pienso demasiado.Sonríe al verme. Sé que sería un cabrón si le pido que deje de hacerlo; pero es que, de esa forma, en nada se parece a la mujer que me trae loco desde hace un mes. La misma que ha provocado que haga una apuesta con mi amigo y arriesgue el bienestar de mi empresa solo por verla, o tratar de conseguir su número de teléfono. Aunque esto último no lo tengo del todo claro, puesto que en un mes ni siquiera he logrado que me mire a los ojos.Aparto todos estos pensamientos con la única finalidad de disfrutar de la noche, o al menos tratar de hacerlo. Al no aceptar la proposición de marcharnos a una habitación solos, permito que ella decida quién nos hará compañía. La mujer tiene las ideas claras, no tarda en decantarse por dos rubias que no me quitan el ojo de encima. Les hago una seña para que se acerquen si les interesa, en pocos segundos nos saludan con un casto beso en los labios.Al verme rodeado de ellas, algo dentro de mí se activa. No sabría decir qué es o intenta decirme, lo que sí descubro es que no me apetece nada seguir con el juego y lo máximo que deseo es irme a casa.Sin perder la sonrisa me disculpo con ellas y ante su cara de asombro, les propongo otro juego, sé que con él disfrutarán más que si las acompaño. No tardan en mirarse y marcharse a una habitación privada sin dejar de tocarse las unas a las otras.Miro a mi alrededor para localizar a mi amigo e informarle de mi partida, al no verlo por la sala central deduzco que estará en la común. Recojo la chaqueta antes de marcharme a casa.Recostado en mi cama la traicionera de mi mente decide que es el momento propicio de divagar, de pensar si hago o no lo correcto. Será la primera vez que actúe de tal modo con una mujer, aunque muy en el fondo sé que es lo acertado, ella merece este esfuerzo, su aura así me lo confirma. Con ese y otros pensamientos, me duermo. La mañana del domingo la dedico a reestructurar los horarios de los trabajadores de Brig. En más de una ocasión resoplo al comprobar lo desastre que es con su propio negocio, tiene los empleados tan justos que una baja, o un día de asuntos propios, lo descuadraría. Tras asegurarme de que todos mantienen sus respectivos turnos, decido otorgarles algo que desde hace tiempo no disfrutan: días libres. Exactamente, los dos que marca la ley. Lo hago de forma que disf

ruten de un fin de semana al mes. Todo esto lo consigo al asignarme yo las tardes de los martes y jueves, los que sé con certeza que ella está en la oficina de MultiServi, la multinacional para la que trabaja.—¡Mierda! —mascullo al comprobar que el viernes por la mañana, si no deseo dejar con el culo al aire a mi amigo, me tocará trabajar. El empleado que debe hacerlo le solicitó hace semanas el día libre a Brig. Accedo a la aplicación de correo electrónico, tras escribir la dirección y contraseña de mi amigo, la cual tengo desde hace tiempo, le escribo un mensaje a su secretaria. Donde le informo que debe poner una oferta de trabajo, la empresa precisa cubrir dos puestos más y es hora de realizar las entrevistas pertinentes. Una cosa es ir dos tardes por puro placer y otra bien distinta es tener que hacerlo por obligación porque él no acepte que le falta personal. El resto del día lo dedico a gestionar mi propia empresa, si me fio de Brig que me maten.

La semana transcurre tediosa, estoy acostumbrado a ir todos los días a mi oficina, a tener reuniones casi todas las mañanas, en la empresa de mi amigo el máximo quehacer es asegurarse de que los monitores y equipos de trabajo funcionen a la perfección. Sigo sin entender por qué no hace todo lo posible por ampliar el negocio, se conforma con los cinco clientes que tiene durante años, así una entidad no prospera.Por fin es jueves, y otra tarde más me marcho a casa cabreado al percibir de nuevo cómo me ignora. Es como si ella, por mucho que me mirara a la cara, no me viese. Al igual que si tuviera una venda en los ojos que no la dejara ver lo que tiene frente a sus narices, ya no solo me refiero a mí, la sensación que tengo es que no percibe nada de lo que la rodea.—¿Qué haces aquí? —digo cuando las puertas del ascensor de mi casa se abren y me encuentro de pleno con Brig.—Saber por qué el capullo de mi amigo me dejó tirado el sábado.Abro la puerta de par en par y, con un gesto de cabeza, lo invito a pasar.—No te dejé tirado —me excuso—. Estaba cansado y quería volver a casa. Al no verte por la sala central, opté por no molestarte. Supuse que estarías ocupado.Le hago un gesto con la ceja que dice más que las palabras. Su boca se estira mostrando una sonrisa lobuna; pero pronto, su rictus se transforma en serio.—Voy yo y me lo creo —alega sin dejar de observarme—. Es la cuarta semana que lo haces. Desembucha, ¿qué pasa?Lo miro sin entender, más bien sin querer hacerlo. Debería hablar con él de lo que me está pasando; sin embargo, algo dentro de mí suplica que lo mantenga en secreto, al menos hasta descubrir si llegará a buen puerto o será un nuevo fracaso en mi historial amoroso.—Nada.—Venga, Briztam, que nos conocemos. A ti te ocurre algo, no es normal que dejes de lado tu empresa por una estúpida apuesta. —Se pasea por el salón mientras se mesa el pelo. Hay un tanto en toda esta locura que no comprende, cómo lo va a hacer si ni siquiera yo mismo alcanzo a entenderlo. Frena su caminar, sus ojos se fijan en los míos, trata de obtener las respuestas leyéndolos. No lo consigue—. ¡Joder, si hasta tus empleados se quedaron a cuadros cuando se lo comuniqué el lunes!En esta ocasión, es a mí a quien le da por caminar por el salón. Lo miro y resoplo, vuelvo a dar otra vuelta sin dejar de pensar que he cometido la mayor estupidez de mi vida.—¿No les habrás dicho nada de la apuesta? —pregunto atónito una vez que logro discernir con claridad.Asiente.—Por supuesto que sí. Ya te lo dije, no tengo ni zorra de transporte —objeta en su defensa—. Además, tu secretaria no ha dejado de preguntar por ti estos días y para qué negarlo, necesito ayuda. Que sepas que el contable está con un ataque de nervios, dice que te voy a arruinar.Me llevo las manos a la cabeza, sigo sin comprender cómo cojones he comprometido el futuro de mi empresa, la que tantos años y esfuerzo me ha costado levantar, además de conservar, por un simple capricho. Porque ahora estoy seguro de que ella solo es eso, un capricho.—Hablaré con ellos para tranquilizarlos y ahora si no te importa, vete.—¿Me estás echando? —inquiere sorprendido.—Sí, me toca turno de mañana, tengo que cubrir el día libre que le diste a uno de tus trabajadores. —Abro la puerta invitándolo a salir—. Por cierto, el domingo le mandé un correo a tu secretaria comunicándole que pusiera una oferta de trabajo, necesitas dos empleados. Vas tan justo de personal, que si dos se ponen enfermos a la vez dejas al descubierto a algún cliente. —No, no, no —niega alarmado—. Escribe de nuevo a Sonia y dile que no la ponga. Si lo ha hecho, que la quite. Si alguno se pone malo, los demás doblan turno, para eso les pago bien las horas extras.Me es imposible mantenerme serio al escucharlo. Es un buen amigo, de eso no tengo la menor duda, pero un jefe nefasto. —¿Qué les pagas bien las horas extras? —inquiero con las manos metidas en los bolsillos—. ¡No me jodas, Brig! Esta semana he revisado sus sueldos y déjame decirte que mi secretaria cobra más que tus trabajadores, ya ni hablamos de la miseria que les liquidas por las extraordinarias. Siendo lo negrero que eres, aún no comprendo cómo no se han buscado otro trabajo y lo que es peor, por qué no estás montado en el dólar.Se posiciona frente a mí, al otro lado del umbral, alarga la mano y, con el dedo índice, me apunta directo al pecho.—No soy negrero, lo que no soy es Cáritas como tú.—Que te den, Brig. Me marcho a dormir. Le cierro la puerta en las narices, no me apetece escucharlo más, aunque lo que sí tengo claro es que haré todo lo posible por hacer crecer su empresa.Tras una necesitada ducha y algo ligero de cenar, me marcho a la cama. Estoy reventado, mi cansancio no es físico, sino psíquico y lo llevo peor. No dejar de pensar en todo y en nada a la vez puede hasta con el roble más fuerte.

Llevo casi la mitad de las horas trabajadas y no tardo en llegar a la conclusión de que los turnos de mañana son tediosos. Al menos las tardes, gracias a la formación que se imparte en la sexta planta, hay más ajetreo y debes mantenerte pendiente de quién accede al edificio; pero las mañanas, ¡Dios!, el máximo quehacer es la ronda, a primera hora, de las puertas de emergencias y comprobar que los extintores estén bien y en correcto funcionamiento. El resto del turno es permanecer quieto, al igual que una estatua, en medio de la entrada. A lo sumo, revisar las pantallas de los monitores que siempre se mantienen estáticas.Desvío la vista a la puerta de entrada al escuchar el ajetreo de la calle, clara evidencia de que alguien la ha abierto. La felicidad, esa tan tonta que me invade cada vez que la veo, se hace presente. Le sonrió con afabilidad; aunque como las demás veces, no se percata de mi presencia. No me rindo, nunca lo he hecho y ahora no va a ser el caso. Así que actúo al igual que el resto de días que tengo el placer de verla, saludándola.—Buenos días, guapa. —Buenos días —responde al saludo por mera educación. Eso sí, sin llegar a mirarme.Espero a perderla de vista para mascullar en arameo y en todos los idiomas que me vienen a la cabeza. Al final de la mañana, después de mucho pensar, decido que la broma ya está bien. Cuando acabe el turno, dentro de media hora, hablaré con mi amigo para terminar esta estúpida apuesta que me va a costar demasiado cara.Sin querer, mi corazón se acelera al escuchar su voz. Sonrío como un tonto al sentir que una mano femenina me palmea el trasero, se me borra al comprobar que es su amiga quien lo hace y no ella. Ni siquiera sé por qué aún fantaseo con la idea de llamar su atención cuando sé de sobra que jamás lo haré.—De verdad que eres gilipollas, Briz —mascullo cuando ninguna de las dos me escucha—. Ni sabe que existes. Acaba con esto de una maldita vez y céntrate en disfrutar tu vida.Resoplo al divisar a su amiga acceder de nuevo y entro en pánico cuando camina toda decidida en mi dirección. Desde que empecé con esta estupidez ha tratado, por todos los medios posibles, quedar conmigo y no sé ya cómo hacerle entender que no me interesa.Se posiciona frente a mí, con esa sonrisa que muestra a diario.—¿Te llamas Lázaro, verdad? «Como si no lo supieras, me lo preguntas cada dos días», pienso mientras asiento por pura cortesía.—No pienses mal con lo que te voy a decir, ¿vale? —Mal encaminada va si comienza con esa frase—. Mi amiga es un tanto tímida y no se atreve a hablar contigo. El tema es que le gustas, pero no sabe cómo hacerlo para conseguir tu número de teléfono. El semblante me cambia de manera radical, no puedo evitar mirar a la calle, dedicarle una sonrisa y guiñarle un ojo. Al fin toda esta situación dará sus frutos.—Dame el suyo y ya me pongo yo en contacto con ella —respondo, sacando mi móvil del bolsillo.

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