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   Capítulo 3 ¡Si me vas a ayudar, no te detengas a la mitad!

La chica de mi vida Por Vegetable Palabras: 8567

Actualizado: 2020-03-04 00:07


"¿Te suena un refrán viejo: Al que le van a dar, le guardan y si llega tarde, le calientan? Eso significa que si decides hacer algo, no lo dejes a medias, y como me has salvado, debes hacerte responsable de mí", le dijo Terence con aire de suficiencia antes de continuar: "No puedo dormir así, y si no duermo bien, no me sentiré bien mañana". "Habiendo dicho eso, ¿me harías el honor de permitirme usar tu baño?", le preguntó él finalmente.

Para demostrar aún más su punto, hizo como que olfateaba su cuerpo sudoroso utilizando ademanes exagerados, y al descubrir que estaba lleno de sangre, se sintió muy avergonzado, ya que estaba obsesionado con su aseo personal

Y no podía dormir así de sucio. "Eres un...", Carla trató de contener su molestia, pues no esperaba que ese hombre se comportara de manera tan descarada, de modo que resopló y lo rechazó con firmeza. "No, no me gusta que los extraños usen mi baño, así que tendrás que arreglártelas como puedas, lo siento".

"Ah, entonces... no te preocupes. Suelo dar vueltas en la cama, supongo que no te importará si mancho tu sofá". El hombre estiró las piernas y las limpió deliberadamente contra el impecable sofá. Todo lo que tenía que hacer era esperar la respuesta de Carla, quien lo miró con incredulidad y, poniendo los ojos en blanco, suspiró y comenzó a caminar hacia el baño. Cuando ella abrió la puerta, le dijo: "Bien, puedes ducharte. ¡Pero te lo advierto! ¡No quiero que lo ensucies!".

Terence levantó las cejas y sonrió mientras se levantaba del sofá, y entonces le hizo un gesto a la chica para que se acercara.

"Ven y ayúdame", le exigió él.

Como no hacía mucho que había recuperado la conciencia, aunado a la herida que aún tenía, Terence se sentía agotado y no estaba seguro de poder entrar sin ayuda al baño, así que tuvo que recurrir a ella para que le echara una mano.

Si las miradas mataran, ya haría tiempo que Terence habría muerto, pero aun así Carla caminó hacia él y, con cierta aprensión, lo ayudó a levantarse, sosteniéndolo por el brazo.

Terence, por otro lado, tenía otros planes, así que ignoró las manos y en su lugar colocó un brazo sobre los hombros de la chica, recargando todo el peso sobre ella, y fue así como caminaron lentamente hacia el baño.

Normalmente, Carla solo tendría que dar unos pasos para llegar al baño, pero en esta ocasión, al verse obligada a cargar con un hombre pesado, se sentía como si llevara sobre sus hombros al Monte Everest. Al mismo tiempo, el tener tan cerca a un hombre por primera vez provocó que sus latidos aumentaran a una velocidad vertiginosa.

Finalmente ambos lograron llegar al baño. Carla le alejó el brazo del hombro en cuanto se le presentó la oportunidad, e inmediatamente se dio la vuelta para irse, pero en ese mismo instante oyó un ruido sordo.

Era Terence, quien se había golpeado contra la pared en el momento en que ya no tuvo donde apoyarse. Él hubiera ido a parar al suelo si no se hubiera topado primero con la pared.

"¿Estás bien?", Carla se volvió hacia él con evidente preocupación en el rostro.

"¿Acaso no lo ves?". Una sonrisa irónica apareció en el rostro de él.

De haber descansado bien, no había duda de que Terence hubiera sido capaz de valerse por sí solo, pero en ese momento todo lo que podía hacer era arreglárselas como pudiera.

Terence miró al techo y suspiró profundamente. Carla lo ayudó a sentarse a un lado de la bañera y luego llenó esta con agua caliente.

"Te hubiera dejado afuera si supiera que ibas a causarme tantas molestias. ¡Debí haberte dejado allí para que murieras!", se quejó la chica, quien después lo ayudó a quitarse la ropa sucia y manchada de sangre. Al hacerlo, inevitablemente, Carla entró en contacto con los músculos firmes y fuertes de Terence, lo que provocó que ella se sonrojara.

Sus músculos se sentían lisos y duros, y eran muy diferentes a los de ella. 'Maldición', pensó ella al notar que su corazón estaba latiendo vertiginosamente otra vez.

Verlo sentado en el sofá antes ya le había causado un dolor de cabeza a Carla, y ahora tenía que quitarle la ropa y tocarlo. Ella intentó ocultar lo bien que se sentía hacerlo.

"Si quieres tocarme más, ¿me dejarías ducharme primero? Entonces seré todo tuyo", se burló Terence al ver la forma e

n que ella miraba su cuerpo.

"¿De qué estás hablando? No seas tan presuntuoso. ¡No estoy interesada en ti ni en tu cuerpo en absoluto!", protestó Carla. Después de recuperarse de su momentáneo desliz, la chica rápidamente apartó la vista al sentir que sus mejillas se ponían calientes y metó la ropa sucia a la lavadora antes de huir a toda prisa.

Posteriormente cerró la puerta con fuerza, haciendo mucho ruido.

Al llegar a la sala de estar, hundió la cara entre las palmas de sus manos. "¡No seas tan tonta!", se reprendió a sí misma.

Sabiendo que Terence no podía valerse por sí mismo, Carla decidió quedarse en el sofá, pues pensó que sería mejor esperar para ayudarlo cuando él saliera, en lugar de esperar a que él, con la insolencia que lo caracterizaba, la despertara si se quedaba dormida.

Unos 20 minutos después, Carla escuchó ruidos provenientes del baño, y se levantó bostezando mientras caminaba tambaleante. Todavía aturdida por el sueño o, mejor dicho, por la falta del mismo, caminó de manera casual hacia el baño y abrió la puerta sin pensar mucho en ello, pero al instante su somnolencia se desvaneció en un segundo. Como si de repente le hubieran echado agua fría, se le despabilaron los sentidos y abrió los ojos de par en par mientras observaba lo que tenía frente a ella.

Un instante después, un rubor rojo comenzó a extenderse desde sus mejillas hasta el resto de su cara, incluyendo su cuello. Repentinamente, ella azotó la puerta aún con más fuerza que antes.

Terence nunca se imaginó que la chica abriría la puerta sin tocar antes, y no hacía falta decir que estaba completamente desnudo cuando ella lo vio. Mientras se veía en el espejo, él sonrió con amargura. Era la primera vez que una mujer lo veía desnudo, pero no había nada que él pudiera hacer. ¡Qué mala suerte!

Entonces se cubrió con una toalla de color rosa claro que encontró en un estante y abrió la puerta.

"¡Ah! ¡Qué ducha tan refrescante!", exclamó mientras caminaba hacia Carla.

"¿A dónde crees que vas?", le preguntó él, "La gasa se me mojó. Por favor, ayúdame a curar la herida nuevamente". Terence detuvo a la joven, quien estaba a punto de huir a esconderse en su habitación, pues estaba muy avergonzada, aunque también secretamente regocijada. En estos veinte años de su vida, esa era la primera vez que Carla veía a un hombre sin ropa. Era demasiado para ella, por decir lo menos. Si era honesta consigo misma, estaba atónita, y lo único en lo que podía pensar era en salir de la habitación lo antes posible.

"¿Qué haces parada todavía allá?", Terence la miró confundido. "No puedo alcanzar la herida en la espalda. ¿Puedes, por favor, ayudarme a cambiar la gaza?", le preguntó él. Carla se asustó y dio un paso atrás, ya que estaba tan distraída que no se había dado cuenta de que él ya estaba parado detrás.

Ella cerró los ojos por unos segundos para calmarse, y entonces se volvió hacia el hombre, "¿Me estabas tomando el pelo? ¿Cómo es que ya puedes caminar solo? No sabía que una ducha podía obrar milagros".

'¡Qué ingenua soy! No soy su sirvienta para estarlo esperando hasta que se le dé la gana. ¿Por qué debería preocuparme por él?', pensó ella.

Terence extendió el brazo contra la pared, al lado de la cabeza de la joven, teniéndola entre su cuerpo y la pared, comenzó a burlarse, "Una buena ducha siempre me revive así. Además, antes estaba agotado, así que, por supuesto, ahora ya puedo caminar. Oye, no me digas que la razón por la que te quejas es que no te pedí que me ayudaras a salir de la ducha".

"Eres un... ¡Debería darte vergüenza!", le dijo Carla alzando la voz.

Mordiéndose los labios, lo miró con desprecio, "Bien, ya que has revivido, venda tu herida tú mismo. ¡No me molestes!

Quítate de mi camino. Es mi casa y me voy a dormir. Déjame en paz", y agregó: "Además, quiero que te vayas de aquí mañana por la mañana. Ya estamos a mano. ¡Adiós!".

Entonces lo empujó y cerró la puerta.

Terence no se movió ni una pulgada. Simplemente sonrió y no dijo nada.

'¿Quién sabe qué pasará mañana?', se dijo a sí mismo.

Al día siguiente, cuando Carla seguía durmiendo en la cama, Sean, quien tenía que haber ido a la escuela, gritó desde la sala: "¡Carla! ¡Carla! ¡Date prisa! ¡Ven a la sala de estar!".

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