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   Capítulo 4 A cada santo le llega su fiestecita

La chica de mi vida Por Vegetable Palabras: 10593

Actualizado: 2020-03-05 00:07


"Sean, ¿qué pasa?", le preguntó Carla, quien había salido de la habitación rápidamente, descalza.

El chico estaba de pie junto al sofá y se volvió hacia ella mientras señalaba a Terence, "Carla, ¡míralo! ¡Está ardiendo de fiebre!".

Una vez que ella centró su atención en el hombre, se dio cuenta de que Sean tenía razón. Terence parecía muy enfermo yaciendo en el sofá, así que Carla se le acercó con precaución y puso la mano en su frente para confirmar. Su temperatura estaba realmente alta.

"No te preocupes. Yo me ocuparé de él. Vete o llegarás tarde a la escuela", le dijo Carla mientras sacaba algo de dinero del bolso que colgaba en la pared y se lo dio a Sean.

"Tómalo y cómprate algo sano para el desayuno. Estás demasiado delgado. ¿Acaso no te doy de comer?", ella bromeó con el chico, quien ya tenía que irse o llegaría tarde a la escuela, por lo que tomó el dinero, asintió con la cabeza y luego se despidió de su hermana, "Lo sé.

Haré todo lo que me dices. Nos vemos más tarde".

Sean era un chico joven, guapo y sensato, y aunque Carla solía tomarle el pelo, sabía que su hermana lo amaba más que a nadie.

Después de que se fue Sean, Carla comenzó a buscar medicamentos por todas las partes. Quería encontrar un antipirético para bajar la fiebre de Terence. El único problema era que no podía recordar dónde los había puesto.

Un rato después, ella encontró un poco de ibuprofeno en un cajón, lo mezcló con un vaso de agua y se lo llevó a Terence antes de intentar ayudarlo a levantarse.

"¡Oye, oye, despierta!", le dijo Carla tocando ligeramente su cara apuesta, febril y colorada.

Sus labios estaban resecos y agrietados, y su rostro exhausto mostraba claramente cuán gravemente lo había atacado la fiebre durante la noche. Ella se sintió un poco preocupada.

"Oye, despierta. ¡Tienes que tomar este medicamento!", le gritó al oído mientras le daba unas palmaditas en la cara. Fue solo entonces que Carla se dio cuenta de que había olvidado preguntarle su nombre, por lo que no tuvo más remedio que decirle "oye" una y otra vez.

Terence se despertó sintiéndose un poco molesto, y le sujetó la muñeca antes de que ella pudiera palmearle la cara otra vez.

"¡Deja de golpearme! Que eso duele. Ya tengo la mejilla hinchada", le dijo él con voz ronca.

Haciendo un gran esfuerzo, Terence logró levantarse y se apoyó contra el sofá. "Y deja de decirme 'oye'. Mi nombre es Terence, T-e-r-e-n-c-e", agregó.

Le molestaba un poco que ella le dijera "oye" sin parar.

Carla miró su rostro febril y liberó la mano de su agarre. Luego colocó el vaso frente a él y le explicó: "Lo siento. No tuve la intención de darte palmaditas y gritarte. Es solo que estaba preocupada de que estuvieras demasiado débil y pudieras perder el conocimiento. Toma esta medicina, que te bajará la fiebre".

Terence quería enderezarse para beber el contenido del vaso, pero estaba demasiado débil para hacerlo.

El dolor de la herida y la fiebre lo habían dejado terriblemente exhausto.

De repente, Carla se le acercó un poco más, lo ayudó a sentarse y acercó el vaso hasta su boca. Al estar tan cerca de ella, Terence pudo percibir el aroma de la crema que usaba.

Entonces la miró y frunció el ceño.

Carla ignoró su rostro cansado y continuó ayudándolo a beber.

"Cof, cof...".

Al escucharlo toser, Carla pensó que tal vez estaba presionando demasiado el vaso contra el rostro de Terence, pero esa no era su intención. Solo esperaba que él pudiera tomar la medicina lo más rápido posible.

Terence tosió un poco más y su herida se abrió y comenzó a sangrar nuevamente, lo que provocó que le ardiera bastante. "¡Ay!", gritó él.

"Uh, lo siento. No quise hacer eso. ¿Estás bien?", le preguntó Carla con suavidad.

Al instante, la chica vio que la sangre había comenzado a traspasar el vendaje, así que se apresuró a dejar el vaso y le dio con cuidado unas palmaditas en el pecho para calmarle la tos.

Terence dejó de toser y la volteó a ver. Tenía los ojos rojos e irritados debido a la fiebre.

"Estoy bien", le respondió él en voz baja.

"¡Oh, Dios mío! ¡Tienes la herida supurado!", exclamó ella.

El día anterior le había vendado la herida, y en ese momento, al quitarle la venda, descubrió que se había infectado.

'Tal vez debí haber puesto un poco de pomada antiséptica en su herida ayer', pensó la joven.

Él se encogió de hombros y no dijo nada.

Al haberla visto cómo le vendó la herida ayer después de su ducha, a Terence no le extrañaba nada este resultado, que ahora le había dado fiebre. Todo eso lo había llevado a su condición actual.

"¡No debemos esperar más! Debemos ir al hospital para tratar esa herida abierta y que te puedan atender la infección", expresó Carla al tiempo que se ponía de pie, lista para salir de casa.

Aunque a menudo ella hablaba de manera desagradable, en realidad tenía un corazón blando.

El día anterior le había dicho a Terence que quería que se fuera de su casa al día siguiente, pero ahora había decidido ayudarlo al verlo en tan mal estado.

"Espera. ¿Tienes alguna ropa que me pueda poner? No puedo ir contigo vestido así", inquirió Terence forzando una sonrisa que parecía más de dolor que de otra cosa.

La chica se había cambiado de ropa y de zapatos, pero había pasado

completamente por alto el atuendo de él. Ella había puesto a lavar su ropa el día anterior, pero aún no se había secado, así que ahora él no tenía nada que ponerse. Solo llevaba alrededor de su cintura una toalla de tamaño mediano, la cual apenas era suficiente para cubrir sus partes íntimas.

En ese momento, ella volvió la cabeza y notó que Terence solo llevaba puesta una toalla, por lo que entró en la habitación de Sean y finalmente encontró un conjunto de ropa deportiva, el cual parecía lo suficientemente grande como para que se lo pusiera.

Su tía le había comprado al chico ese conjunto el año anterior, pero había elegido el tamaño incorrecto y lo hacía ver como un saco de papas, pues era demasiado grande para Sean.

"Encontré esto en el armario de mi hermano. Puedes usarlo si no te importa", le dijo Carla

mientras le pasaba la ropa a Terence, quien sabía que no podía ponerse exigente al respecto, así que la tomó y asintió sin vacilar.

Carla se le quedó mirando sin pestañear y ni siquiera se dio cuenta de que tenía que haber salido de la habitación. Debido a que había cuidado a su hermano desde que era muy pequeño, estaba acostumbrada a verlo vestirse, pero esta vez se sonrojó rápidamente de vergüenza.

Terence levantó la mano para ponerse la camisa. Sin duda, era un hombre atractivo, con los hombros anchos, el pecho fuerte y los abdominales que ella no podía dejar de mirar, por lo que todo lo que él hacía exhalaba seducción.

Después de ponerse la playera, Terence se volvió hacia ella, quien estaba quieta mirándolo. Entonces él suspiró.

Estaba a punto de quitarse la toalla y ponerse los pantalones cuando se dio cuenta de que no sabía si eran de su talla, pero no tenía otra opción. Después de todo, un par de pantalones deportivos un poco chicos eran mejores que una pequeña toalla.

Al ver que Terence acercaba su mano a la toalla, Carla se dio cuenta de inmediato de lo que él iba a hacer, así que rápidamente se dio la vuelta y se cubrió la cara.

Mientras se daba unas palmaditas en su cara roja, pensó: '¡Soy tan estúpida! ¡Me quedé mirando a un extraño vestirse! Incluso me quedé observando fijamente. Oh, Jesús. ¿Qué he hecho?

Ah, ¡qué vergüenza!', pensó la chica lamentando su comportamiento. Realmente le daba vergüenza, pero no pudo evitar mirar nuevamente a Terence a través del espejo que estaba al lado de la puerta.

'Soy una mujer radiante de belleza y llena de vida. Tengo todo lo que Dios podría otorgarle a alguien

y es perfectamente normal que me atraiga un hombre guapo.

Sí, eso es. No hice nada malo, así que no tengo nada que temer', se consoló a sí misma.

"Bien, estoy listo para salir. Vamos", gritó el hombre, quien además de ponerse la ropa, se lavó la cara en el baño. Aunque todavía tenía un poco de fiebre, ya se sentía mucho mejor.

Luego de bajar las escaleras, él de repente se detuvo en seco.

"¿Qué estás esperando? ¡Súbete! Te llevaré al hospital", lo instó Carla.

Él miró la vieja motoneta eléctrica roja con una expresión enfermiza en el rostro.

El día anterior se había tenido que montar en ese "vehículo" para salvar su vida, pero ya no quería volver a hacerlo.

Carla puso los ojos en blanco y trató de persuadirlo, "Oye, ¿qué estás haciendo? No será fácil conseguir un taxi en esta zona y el autobús va muy lento debido al tráfico. No querrás abordar uno en la hora pico, ¿verdad? ¡Mi moto será vieja, pero es conveniente y rápida! ¿Lo recuerdas? ¡Gracias a ella estás vivo!".

Carla sabía que él detestaba esta moto, pero de no ser por ella, el hombre ya podría estar muerto, ya que el día anterior le había dado un aventón para ayudarlo a esconderse de sus enemigos.

Él hizo una pausa por un momento y luego le dijo con seriedad: "Mira, no es que tenga algún problema con tu motoneta, pero aquellos hombres que intentaron matarme definitivamente la reconocerían. Solo quiero que tengamos cuidado.

Anoche vi una parada de autobuses cerca de aquí. Podemos tomar un autobús allí y nadie nos notará entre tanta gente.

Aún no es la hora pico así que no nos quedaremos atrapados en el tráfico", agregó él antes de que Carla pudiera interrumpirlo.

No obstante, era bastante obvio que este hombre estaba mintiendo. En su opinión, cualquier otro vehículo era más seguro que esa vieja moto, y si no era posible tomar un taxi, prefería tomar un autobús.

La joven lo pensó por un momento y finalmente estuvo de acuerdo con él, así que apagó su moto.

Ya estaban a punto de irse cuando una voz los detuvo desde la distancia.

"Oh, Carla, buenos días. ¿Por qué te levantaste tan temprano hoy?

¿Es ese el novio que trajiste a casa anoche? ¡Dios mío, es guapísimo! A cada santo le llega su fiestecita, ¡y hoy te tocó ser ese santo! Oh, lo siento. ¡Lo que quise decir es que forman una pareja maravillosa!", les dijo en tono alegre Jena, quien inmediatamente se dirigió a las escaleras en cuanto los vio, ya que el día anterior no había podido ver bien la cara de Terence, y quedó sorprendida al verlo claramente por primera vez.

Llevaba muchos años viviendo en este barrio, pero nunca había visto a un hombre tan atractivo.

"Oh, Jena, creo que estás malinterpretando las cosas. No somos...", trató de explicarle Carla, pero Terence de repente la abrazó.

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