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   Capítulo 24 Su identidad queda al descubierto

La chica de mi vida Por Luciana Palabras: 10680

Actualizado: 2020-03-23 13:43


Carla estaba a punto de entrar en el ascensor cuando escuchó una voz familiar llegar desde detrás, por lo que se congeló y no pudo moverse más.

"Te dije que me esperaras. ¿Por qué no me haces caso?", dijo él mientras caminaba rápidamente hacia ella.

"¡Solo déjame en paz!".

Ella le dio la espalda y se puso de frente al elevador, pues no se sentía con el coraje suficiente para mirarlo a los ojos. Antes de entrar en el ascensor, le dijo la chica con voz temblorosa: "Terence, ya que tu abuelo ha viajado hasta aquí para verte, será mejor que pases más tiempo con él y no vengas a mi casa esta noche".

"No te preocupes por nosotros, estaremos bien", y agregó ella, " Cuídate".

Después de decir eso, la chica presionó el botón rápidamente para que la puerta se cerrara antes de que él tuviera tiempo de entrar también.

Al ver la puerta cerrada como una barrera que les separa, la chica se sintió mucho más aliviada así que se apoyó contra la pared débilmente. Parecía que había miles de abejas zumbando dentro de su cabeza, que no le dejaba pensar con claridad.

Ella estaba abrumada por una marejada de emociones

y no sabía cómo enfrentar a Terence, quien se quedó en silencio mientras veía cerrarse las puertas del ascensor. Él podría haberla detenido, pero pensó que era mejor dejar que las cosas se calmaran, ya que eran muchas las cosas que la chica tendría que asimilar de un solo golpe, de modo que la dejó irse. El hombre cerró los ojos con impotencia.

"Race, consigue un auto y encárgate de llevarla a casa. Asegúrate de que llegue sana y salva y espera hasta que esté dentro de su casa antes de marcharte", le dijo Terence al hombre en el que más confiaba su abuelo, Race, quien de inmediato se puso manos a la obra.

Cuando Carla llegó a la planta baja del hotel y salió del edificio, una limusina Rolls-Royce la estaba esperando fuera.

Junto a la limusina estaba un valet parking, quien inmediatamente dio un paso adelante para abrirle la puerta a la chica cuando la vio y, con las manos cubiertas por un par de guantes blancos, la condujo hacia la limusina.

"Srta. Carla, por aquí, por favor", le dijo el chico con mucha cortesía.

Carla se sorprendió por lo ceremonioso de aquella situación, así que dio un paso atrás asustada, ya que durante sus veinte años de vida nunca había experimentado una extravagancia como esa.

"No, no, tomaré un taxi. Gracias de todos modos", le dijo ella agitando su mano como para ahuyentarlo. Como ciudadana pobre, no podía permitirse un lujo como ese.

En ese preciso momento Race salió del ascensor y notó la renuencia de Carla a subir a la limusina, así que se le acercó y le dijo respetuosamente: "Srta. Carla, el Sr. An les ha dado instrucciones para que la lleven a casa de forma segura.

Por favor, no los rechace y permita que la lleven, pues de lo contrario tendrán que responder ante el Sr. An".

En ese momento ella comprendió que había sido Terence quien había dado las órdenes, así que suspiró y se metió torpemente en la limusina. Había vivido en carne propia que le gritaran por hacer algo mal cuando Karen la reprendía en el trabajo, así que no quiso meter en problemas a los hombres que trabajaban para Terence.

Una vez dentro, la chica se sentó en silencio en los lujosos asientos tapizados de cuero. Se sentía intimidada por toda esa pompa y extravagancia que la rodeaba, desde los asientos de cuero hasta las costosas copas de vino de cristal, la televisión de pantalla plana y un montón de cosas más. No se atrevía a tocar nada y se sentía totalmente fuera de su salsa, aunque no había nada que hubiera llamado particularmente su atención, ya que ella estaba demasiado conmocionada y consternada como para concentrase en su entorno.

Al llegar a su casa, la limusina se detuvo en la acera y el chofer le abrió la puerta. Ella salió del vehículo sintiéndose aturdida, por lo que subió trabajosamente por las escaleras. El chofer se aseguró de que la chica llegara a su piso, tal como Terence se lo había indicado, antes de alejarse lentamente.

'No fue más que un sueño, solo un sueño. Sí, debí haberlo soñado. No fue más que una ilusión y no puede estar pasando.

¡Eso es lo que es! ¡Despierta ya, Carla!', pensó ella.

"¿Carla? Escuché ruidos en la puerta y resulta que eres tú. ¿Por qué no has entrado?", le dijo Sean cuando abrió la puerta y la vio parada allí, con una mirada en blanco en el rostro.

"Por cierto, ¿dónde está Terence?", le preguntó el chico rascándose la cabeza y mirando detrás de ella y luego a lo largo del pasillo.

Carla entró en silencio, con los hombros caídos y la cabeza agachada.

"Carla, ¿por qué no me contestas? ¿Dónde está Terence? ¿No viene contigo?", no dejaba de preguntarle Sean.

La chica estaba comenzando a molestarse por su incesante bombardeo de preguntas, así que le dirigió una mirada fría: "Sean, no me menciones a ese hombre. No digas ni una palabra acerca de él. ¿Me escuchas?".

"Pero, ¿por qué? ¿Por qué no puedo hablar de él? Todo estaba bien cuando se fueron. ¿Qué pasó? ¿Por qué él no volvió contigo? Quiero saber la verdad". Aunque Sean se había dado cuenta de que su hermana no estaba de buen humor, no estaba dispuesto a rendirse, así que él siguió insistiendo con sus preguntas.

"Él está bien. No regresará porque se quedó con su familia. ¡Eso es t

odo!", le dijo ella, cediendo finalmente. "Oh, ya veo", murmuró el chico.

"Sean, Terence es diferente a nosotros. Provenimos de dos mundos completamente diferentes. Si se va, tenemos que aceptarlo. No llores ni trates de convencerlo de que se quede. ¿Me explico?".

Sean estaba desconcertado por lo que ella le dijo. "¿Por qué? Incluso si Terence se va a casa a vivir con su familia, puede seguir viéndonos de vez en cuando. Somos amigos, ¿no es cierto?", le preguntó él, sin poder entender cuál era el problema.

No obstante, cuando el chico vio lo molesta que estaba Carla, bajó la cabeza y decidió no hacer más preguntas.

"Está bien", le respondió el chico en voz baja.

Carla estaba emocionalmente exhausta, así que se arrastró hasta su cama y se metió debajo de las sábanas.

Toda la noche se estuvo moviendo y girándose, y no pudo dormir ni siquiera un poco. Todo lo que veía era el hermoso rostro de Terence, y ya fuera que tuviera los ojos abiertos o cerrados, su imagen siempre estaba allí, en la cabeza de la chica.

Ya casi había amanecido cuando la joven finalmente se arrastró fuera de la cama. Entonces ella fue al baño y se vio en el espejo, y lo que encontró fue una mujer agotada con dos enormes ojeras en el rostro. Después de lavarse la cara y cepillarse los dientes, ella fue a la cocina a preparar el desayuno para Sean.

'Era Terence quien se hacía cargo de la cocina, pero ahora...'.

Carla no podía dejar de pensar en ese hombre, así que sacudió la cabeza, tratando de ahuyentar los pensamientos sobre él.

Nunca se imaginó que un muchacho privilegiado de noble cuna, el cual había llevado una vida tan fácil con todo cuanto quisiera a su disposición, estuviera dispuesto a enamorarse de ella y a hacer las tareas domésticas al diario.

Al pensar en ello, la chica se rio irónicamente, y de repente la toalla de cocina que tenía en la mano se le cayó mientras limpiaba la mesa distraída, así que ella se sentó ante la mesa del comedor, se llevó las rodillas al pecho y las abrazó mientras miraba fijamente el espacio.

Carla no tenía idea de cuánto tiempo ella llevaba sentada en esa posición cuando un sonido proveniente de la puerta principal la sacó de su trance.

En ese momento Terence entró en silencio y se sorprendió al verla sentada allí sola.

"Carla", la llamó el hombre, sin embargo ella no le hizo ningún caso y se fue directamente a su habitación. Él la siguió y la tomó de la mano. "No me ignores. Tenemos que hablar".

"No tenemos nada que hablar. No me habrías dicho nada si no te hubiera seguido", Carla intentó quitarle la mano varias veces, pero no pudo.

Terence la sujetó con fuerza, temiendo que ella huyera de él.

Reuniendo todas sus fuerzas y luchando para contener las lágrimas, ella le dijo: "Terence, o debo decir, Sr. An. Fue una simple casualidad que nos hayamos conocido, pero creo que deberíamos darse la mano ahora e ir por caminos separados. Cuídate, Terence". La chica finalmente sacó la mano temblorosa.

"Carla, por favor no hagas esto. Eso es por qué no te había dicho la verdad. Temía que te alejaras de mí cuando descubrieras mi identidad, tal como lo estás haciendo ahora". Él suspiró profundamente. Había intentado mantener el secreto para que lo aceptaran más fácilmente, pues pasar tiempo con Carla era lo que más lo hacía feliz en la vida.

Él planeaba decirle la verdad poco a poco y cuando se presentara el momento adecuado, de modo que ella tuviera tiempo de procesarlo todo y aceptarlo.

Sin embargo, él no esperaba que su abuelo apareciera repentinamente en la Ciudad BH, ni tampoco esperaba que Carla lo siguiera hasta el hotel, así que sus preocupaciones se habían hecho realidad.

Carla puso sus ojos en el suelo, sintiéndose miserable, "Antes me había preguntado por qué no me respondiste las preguntas directamente, pero ahora ya sé por qué.

Un chico rico y una pobre repartidora realmente no formarán una buena pareja. Tú te mereces algo mucho mejor, aunque debo agradecerte por tu amabilidad, ya que sin ti nunca habría viajado en un lujoso vehículo ni le hubiera dado órdenes a alguien de noble cuna.

Un día, cuando sea mayor y cuente mi historia, me sentiré orgullosa de mí misma".

La chica apenas había terminado su oración cuando de repente

Terence la tuvo fuertemente abrazda. Al quedarse en los brazos de Terence, la chica tenía la cabeza quedada presionada suavemente contra el duro pecho del hombre, quien olía tan bien que la hizo cerrar los ojos y disfrutar de su abrazo, aunque solo fuera por un momento.

De hecho, en ese momento ella sintió mucha paz.

"Lo siento, Carla", le susurró él al oído mientras la abrazaba con fuerza, rogándole perdón.

Él sabía que debía haber hecho las cosas de manera diferente, y no importaba qué excusas usara, era su culpa.

Al abrir los ojos, Carla intentó zafarse de su abrazo mientras decía burlándose de sí misma: "No le pida perdón a esta pobretona, Sr. An. No se humille pidiéndole perdón a una persona de menor estatus en un lugar tan lúgubre como este, el cual no va con su dignidad o su clase. Suélteme o se ensuciará las manos".

El corazón de Terence se rompió al escuchar que ella se menospreciaba y se degradaba a sí misma, por lo que él levantó gentilmente la barbilla de la chica, se inclinó y la besó con fuerza en los labios.

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