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   Capítulo 25 Un joven millonario experimentando una vida diferente

La chica de mi vida Por Luciana Palabras: 10604

Actualizado: 2020-03-24 00:05


Sus dominantes besos no le dieron a Carla la oportunidad de esconderse, y como esta atmósfera extraña pero familiar calmó todos sus sentidos, inconscientemente la chica dejó de resistirse y se sumergió en el aliento de Terence.

Ella se dio cuenta de que estaba exhausta y que su energía se había drenado cuando sus brazos no tuvieron la suficiente fuerza para alejar a Terence en el momento que quiso hacerlo.

Este último el hombre aprovechó la oportunidad y comenzó a sacar ventaja de esta situación;

sosteniéndola por detrás de la cabeza, la tenía acorralada contra la pared mientras la abrazaba y besaba. Estos besos tan posesivos abrumaron a Carla, dejándola sin la oportunidad de respirar;

parecían lianas que se envolvían alrededor de un árbol, enredándose y extendiéndose sin cesar hasta el punto en que parecía imposible poder separarlas.

Carla sabía que poco a poco estaba sucumbiendo ante los besos de este hombre y que ya no estaba oponiendo ninguna resistencia; si esto continuaba así, temía que en algún punto ella dejaría de controlarse a sí misma.

"¡Auch!...", Terence gritó de dolor mientras tocaba su labio, el cual acababa de ser mordido. Con el ceño fruncido, la miró y le dijo con voz ronca: "Querida, sé más cuidadosa conmigo, por favor".

Carla no dudó en morderlo para poder detenerlo, y debido a su acción, no pasó mucho tiempo para que los dos saborearan la sangre en las bocas.

Sin embargo, Terence no tenía la intención de dejarla escapar así, por lo que nuevamente se inclinó hacia ella, pero en esta ocasión, en lugar de ser dominante y rudo, el hombre succionó tiernamente la sangre que estaba en los labios de la mujer que tenía enfrente. Justo después de hacerlo, él se separó de sus labios, apoyó su frente contra la de ella y le susurró al oído: "Carla, te daré algo de tiempo para calmarte y pensarlo.

Como es algo que no podemos cambiar, lo mejor será que lo aceptemos. Te gusto, ¿verdad? Entonces, ¿vas a dejar de amarme solo porque vengo de una familia acaudalada?".

"Yo...", Carla quería decir que no, pero no tuvo la oportunidad de hacerlo porque Terence volvió a besarla, impidiéndole hablar más.

"No me digas que no me amas. Con una excusa tan tonta como esa, ¿realmente piensas que te creeré?", preguntó Terence gentilmente después de volver a separarse de los labios de la chica.

"Además, te prometí que me iría después del cumpleaños de Sean. Le prometí que le enseñaría a jugar al baloncesto. Entonces, ¿me prometes que no le contarás a Sean sobre mi identidad? Por lo menos deja que primero pase su fiesta de cumpleaños. ¿Sí me ayudarás?", le dijo Terence en un ligero tono de súplica.

A pesar de que Sean seguía siendo un niño, era bastante elocuente y ya podía decidir por sí mismo. Lo único que Terence anhelaba era poder pasar más tiempo con ellos, sobre todo con el pequeño, sin que nadie los estuviera molestando, ya que él sentía que eran como hermanos.

Los incesantes besos de Terence calmaron un poco a la ya acelerada mente de Carla.

Intentando volver en sí, ella respiró hondo y miró al hombre que tenía enfrente, el mismo que momentos antes le había estado rogando en voz baja.

"...Está bien. Te permitiré quedarte con Sean por unos días más, pero en cuanto pase su cumpleaños, espero que puedas desaparecerte por completo de nuestras vidas y nunca más vuelvas a buscarnos".

Eran de dos mundos completamente diferentes, y a la vez vivían vidas muy distintas;

a pesar de que el vínculo que compartían era fuerte y auténtico, era algo pasajero, como un lindo incidente.

El destino nunca les permitiría estar juntos, por lo que tendrían que vivir el resto de sus vidas separados el uno del otro, como dos líneas paralelas.

Tras escucharla, Terence frunció el ceño, la miró directo a los ojos y dijo: "Carla, no seas cruel conmigo. En los últimos días que he estado contigo, he podido mostrarte quién soy en realidad, y ya me aceptaste por lo que soy, ¿por qué no puedes aceptar que provengo de una familia acaudalada?

Solo será cuestión de tiempo. Sé que no tardarás mucho en acostumbrarte a ello...".

Carla lo miró, negó con la cabeza, y después de dedicarle una pequeña sonrisa le respondió: "Pero ya no sería lo mismo. ¿Cómo puedes decirlo tan a la ligera? Tal y como anteriormente lo señalaste, alguien como yo no encajaría en tu mundo.

Si intento vivir en tu mismo mundo, ¿crees que seguiría siendo la misma Carla que conoces?".

Cambiar el estilo de vida de alguien nunca ha sido fácil, y en el caso de Carla y Terence, debía agregarse el hecho de que no había pasado mucho tiempo desde que ambos se sinceraron, por lo que los aún no habían tenido la oportunidad de asegurar que los sentimientos de amor y afecto entre ellos eran mutuos y auténticos.

A Carla le parecía imposible basarse solo en los pocos días que habían estado juntos para determinar que Terence era su alma gemela, y mucho menos casarse

con él para vivir a su lado por el resto de su vida.

"Está bien, entonces en otro momento hablaremos de eso. Ahora tengo que enfocarme en el hecho de que me has dado permiso de acompañar a Sean por unos días más hasta su cumpleaños. Solo por favor cumple tu promesa y trátame como lo habías estado haciendo. Quiero que por lo menos tengamos un momento de

paz durante los últimos días que estaremos juntos, ¿de acuerdo?", le propuso Terence, quien sabía que no tenía sentido discutir con ella, y con tal de evitar lastimarla, prefería esperar a que más adelante le diera una respuesta.

Carla asintió con la cabeza para hacerle saber que estaba de acuerdo. Ella se sintió afortunada de todavía no haber hablado con Sean de todo eso, ya que este último no sabía nada sobre la verdadera identidad de Terence, lo que significaba que ella aún tenía la oportunidad de arreglar esta situación; en algún momento tendría que explicárselo, pero no por el momento.

'Al menos primero deberíamos dejar que Sean tenga una fiesta de cumpleaños y que su día especial no se vea afectado por nuestros problemas', pensó Carla.

"Como todavía no me voy a ir, esta noche volveré a dormir aquí, así que no hace falta que te apresures a tirar mis cosas", tras lo dicho, Terence le echó un vistazo al equipaje que ya se encontraba listo sobre el sofá;

él estaba seguro de que las cosas dentro de las maletas debían ser las suyas.

'Esta mujer es realmente despiadada. Ya está lista para tirar todas mis cosas.

¿Por qué está tan desesperada por deshacerse de mí?', el tan solo pensar en esto lo hizo enojar.

Carla no dijo nada y se sintió como una tonta al recordar que Terence era muy observador y no pasaría por alto el hecho de que sus cosas ya no estaban. Mientras miraba hacia todos lados, excepto a él, la chica susurró: "La casa es pequeña, por lo que se sentirá muy abarrotada si vivimos los tres aquí".

Terence simplemente resopló ante sus palabras poco alentadoras. Después la soltó y caminó hacia el sofá para desempacar lo que estaba dentro de las maletas y poner todo donde estaban anteriormente.

"¿Por qué? ¿Por qué prefieres dormir en este sofá viejo en lugar de quedarte en una cómoda habitación de hotel? Sabemos los dos que no tienes que hacer esto, en absoluto", Carla lo cuestionó, dado que deseaba aclarar por lo menos un poco de la confusión que agobiaba a su mente.

"No suena razonable, ¿verdad?", Terence sacó la ropa que solía llevar de sus maletas y continuó:

"Al principio también creía que dormiría bien en un hotel, pero después descubrí que duermo mejor en tu sofá".

"¡Estás loco!", le comentó Carla al tiempo que pensaba: 'Con una familia como la suya, es obvio que una simple llamada telefónica lo podría sacar de muchos aprietos. Es totalmente innecesario que se quede aquí por tanto tiempo.

Probablemente lo hace con la finalidad de experimentar una vida diferente'.

"Sé lo que vas a decir, ¡pero tengo un motivo para hacer esto, y definitivamente no es el que tú estás pensando!", después de cambiarse de ropa, Terence esperó la reacción de Clara.

Esta última se dio la vuelta y se preguntó si él era capaz de leer su mente con tan solo una mirada.

"Ya es tarde. Creo que es hora de irme a trabajar", Carla miró su reloj, y al darse cuenta de que ya debía irse, entró en su habitación para cambiarse de ropa.

Ella no detendría a Terence en su deseo de querer experimentar una vida diferente, ya que a fin de cuentas, era un hombre libre y podía hacer lo que quiera. De igual manera, aunque ella deseara detenerlo, no lo podía, por lo que decidió permitirle quedarse todo el tiempo que él quisiera; al final él sería quien tendría la última palabra.

Carla tomó la ropa del armario, y cuando estaba a punto de cambiarse, se abrió la puerta, revelando a Terence parado allí con una mano en el bolsillo y los ojos fijos en el cuerpo de ella.

"¿Qué estás haciendo? ¡Largo de aquí!", exclamó ella.

Terence se quedó parado en el mismo lugar y sonrió de forma seductora: "Cuando me estaba cambiando de ropa, tú me mirabas sin pestañear. ¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo?".

"¡Debería darte vergüenza! ¡Esto es diferente! ¡Soy una señorita!", Carla arremetió contra él. Al ser un varón, un simple par de pantalones podían cubrirlo mientras se cambiaba la parte superior, por no decir que con el transcurso de los días ella ya estaba acostumbrada a verlo desnudo de la cintura para arriba cada vez que dormía en el sofá. Sin embargo, como mujer, le era imposible cambiarse de ropa delante de él.

"Sí, seguramente es diferente. Yo lo sé. Pero creo que lo único diferente es que tú tienes un par de cosas que yo no tengo", le respondió Terence de forma despreocupada, ya que el hombre quería mostrarle lo atrevido que podía ser después de escucharla decir que era un sinvergüenza.

Invadida por la ira, Carla se sonrojó, y de forma impulsiva tomó la ropa que estaba sobre la cama para después arrojársela a la cara de Terence.

Preparado para atrapar la ropa, Terence la agarró con las manos y luego procedió a inspeccionar las prendas mientras su sonrisa se hacía más amplia: "Oye, ¿por qué me diste tu ropa? ¿Esto significa que quieres que yo te la ponga?

Sé que quieres jugar conmigo y en realidad no quieres que me vaya. Quieres que me quede, ¿verdad? De lo contrario, no me habrías dado tu ropa", le dijo él mientras portaba la misma sonrisa.

"Bueno, debo reconocer que es un juego encantador. Realmente me... resulta difícil rechazarlo", añadió él mientras tomaba del montón de ropa que le había arrojado un sostén color rosa con encaje blanco y tres tirantes transparentes.

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