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   Clásico 2 No.2

La fanfarlo Por Charles Baudelaire Palabras: 8259

Actualizado: 2018-11-14 00:03


–¿Qué le parece ese joven, Mariette?

Pero esto dicho con un tono de voz tan distraído, que ni el observador más malicioso habría podido decir nada en contra de la dama.

–Yo lo veo muy bien, señora. ¿La señora sabe que es el señor Samuel Cramer?

Y con un tono más severo respondió:

–¿Pero cómo es que usted sabe eso, Mariette?

Es por esto que al día siguiente Samuel tuvo gran cuidado en devolverle su pañuelo y su libro, que había encontrado en una banca y que ella no había perdido, sino que había dejado un momento mientras observaba a los gorriones disputarse unas migajas, o mientras contemplaba el trabajo interior de la vegetación. Como ocurre a menudo entre dos seres cuyos destinos cómplices han elevado su alma a un mismo diapasón, –aunque la conversación empezó bruscamente– Samuel tuvo la extraña alegría de encontrar a una persona dispuesta a escucharlo y a responderle.

–¿Tendré la dicha, señora, de estar todavía alojado en un rincón de su memoria? ¿He cambiado tanto que no ha podido usted encontrar en mí al compañero de infancia, con el cual se dignó jugar a las escondidas y hasta faltar sin permiso a la escuela?

–Una mujer, –respondió ella con una pequeña sonrisa– no tiene derecho a reconocer fácilmente a las personas; es por eso que le agradezco, señor, el haberme dado la ocasión de evocar esos bellos y alegres recuerdos. Además… cada año trae consigo tantos eventos y pensamientos… y me parece que han pasado verdaderamente muchos años, ¿no es cierto?

–Años, –replicó Samuel– que para mí fueron unas veces muy lentos, otras prontos a esfumarse, ¡pero todos invariablemente crueles!

–¿Y la poesía…? –dijo la dama con una sonrisa en sus ojos.

–¡Siempre, señora! –respondió riendo Samuel– ¿Pero qué es lo que está leyendo?

–Una novela de Walter Scott.

–Comprendo ahora sus continuas interrupciones. ¡Qué aburrido escritor! ¡Un polvoriento desenterrador de crónicas! Un fastidioso montón de descripciones desordenadas, multitud de cosas viejas y trastes de todo género: armaduras, vajillas, muebles, posadas góticas y castillos melodramáticos, donde se pasean modelos libremente, vestidos con casacas y jubones abigarrados; tipos conocidos de los que ningún plagiario de dieciocho años querrá saber nada en diez años; castellanas imposibles y amores perfectamente desprovistos de toda actualidad, ¡ninguna verdad de corazón, ninguna filosofía de sentimientos! ¡Qué diferencia con nuestros buenos novelistas franceses, en los que la pasión y la moral se imponen siempre sobre la descripción material de las cosas! ¿Qué importa que la castellana use lengüeta o miriñaque, o interiores Oudinot, mientras solloce o traicione como convenga? ¿El amante le interesa a usted más por llevar un puñal en su chaleco en vez de una tarjeta de presentación, y un déspota en hábito negro le causa un terror menos poético que un tirano montado de cuero y hierro?

Samuel, como se ve, entraba en la clase de las personas absorbentes, hombres insoportables y apasionados cuyo oficio estropea la conversación, y para quienes toda ocasión es buena, lo mismo un encuentro imprevisto bajo un árbol que en una esquina, –aunque sea con un trapero– para desarrollar obstinadamente sus ideas. No hay entre los viajeros comerciantes, los industriales errantes, los promotores de negocios en comandita y los poetas absorbentes, más que una diferencia, la de la propaganda a la predicación: el vicio de estos últimos es completamente desinteresado.

Ahora bien, la dama le replicó simplemente:

–Mi querido Samuel, no soy más que público, basta con decirle que mi alma es inocente. Además, el placer es para mí la cosa mundana más fácil de hallar. Pero hablemos de usted… Me consideraré dichosa si me juzga digna de leer algunas de sus producciones.

–Pero señora, ¿cómo es posible que…? –exclamó la gran vanidad del asombrado poeta.

–El dueño de mi gabinete de lectura dice que no lo conoce.

Y sonrió dulcemente como para amortiguar el efecto de su fugitiva provocación.

–Señora, –dijo sentenciosamente Samuel– el verdadero público del sigo XIX son las mujeres, su aprobación

me hará más grande que veinte academias.

–Bueno señor, cuento con su promesa. ¡Mariette! La sombrilla y la echarpe; puede que se impacienten en casa. Ya sabes que el señor regresa temprano.

Le hizo un saludo graciosamente breve antes de marcharse, que no tenía nada de comprometedor, y cuya familiaridad no excluía la dignidad.

Samuel no se sorprendió al encontrar a su antiguo amor juvenil esclavizado al vínculo matrimonial. En la historia universal del sentimiento, eso es de rigor. Era Madame de Cosmelly y residía en una de las calles más aristocráticas del suburbio Saint-Germain.

Al día siguiente la halló, con la cabeza inclinada por una graciosa y casi estudiada melancolía, cerca de las Fu del arriate, luego le dio su volumen llamado Osífragas, una selección de sonetos, de aquellos que todos hemos hecho y todos hemos leído alguna vez, en el tiempo en que teníamos el juicio demasiado corto y el cabello demasiado largo.

Samuel tenía gran curiosidad de saber si sus Osífragas habían cautivado el alma de aquella hermosa melancólica, y de saber si los gritos de aquellos viles pájaros le habían hablado en su favor; pero días más tarde ella le dijo, con un candor y una sinceridad desesperantes:

–Señor, no soy más que una mujer, y, por consiguiente, mi apreciación no es gran cosa; pero me parece que los amores y las tristezas de los señores protagonistas de su libro no se asemejan casi en nada a las tristezas y a los amores de los otros hombres. Usted prodiga galanterías, sin duda muy elegantes y de un gusto exquisito, a damas que yo estimo y conozco lo suficiente como para saber que se espantarían de ello. Usted le canta a la belleza de las madres con un estilo que le privaría del favor de sus hijas. Comunica al mundo cómo le enloquecen el pie y la mano de tal señora, la cual, supongamos por su honor, gastaría menos tiempo leyendo su libro que tejiendo medias o mitones para los pies o manos de sus hijos. Por un contraste muy singular, y cuya misteriosa causa me es aún desconocida, guarda usted sus más místicos inciensos a extrañas criaturas que leen incluso menos que las mujeres; además, desfallece platónicamente ante sultanas que dejan mucho que desear y que, a mi juicio, ante el delicado aspecto de un poeta, abren sus ojos tanto que asemejan animales despertando ante el sonido de un incendio. Aparte, ignoro el por qué de celebrar tanto los temas fúnebres y las descripciones anatómicas. Cuando se es joven, teniendo además un bello talento y todas las condiciones presumibles para la felicidad, me parece más natural regocijarse de la salud o del hombre honesto que ejercitarse en el anatema escuchando los murmullos de las osífragas.

He aquí lo que él le respondió:

–Señora, compadézcame, o mejor dicho, compadézcanos, ya que tengo muchos hermanos de mi clase; el odio a todos y a nosotros mismos nos ha conducido hacia esas mentiras. Es por la desesperanza de no poder ser nobles y bellos siguiendo los medios naturales, que nos maquillamos tan extrañamente el rostro. Estamos tan ocupados en sofisticar nuestro corazón, hemos abusado tanto del microscopio para estudiar las repugnantes excrecencias y las vergonzosas verrugas que lo cubren, y que nosotros exageramos a gusto, que es imposible que hablemos el lenguaje de los otros hombres. Ellos viven por vivir, y nosotros, ¡desgraciadamente vivimos para saber! El misterio está ahí. La edad no cambia más que la voz y no nos quita más que los dientes y el cabello; nosotros hemos alterado el acento de la naturaleza, hemos extirpado uno a uno los pudores virginales que habían erizado nuestro interior de hombres honestos. Hemos psicologizado como los locos, que aumentan su locura al esforzarse en comprenderla. Los años no dejan inválidos más que a nuestros miembros, y nosotros hemos deformado las pasiones. ¡Desgraciados, tres veces desgraciados los débiles padres que nos hicieron raquíticos y lánguidos, predestinados como estamos a no engendrar más que hijos muertos!

–¡Todavía con sus Osífragas! –dijo ella– Vamos, ¡deme su brazo y admiremos juntos esas pobres Fu que la primavera vuelve tan dichosas!

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