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   Clásico 3 No.3

La fanfarlo Por Charles Baudelaire Palabras: 8339

Actualizado: 2018-11-14 00:03


En lugar de admirar las flores, Samuel Cramer, a quien la inspiración había llenado, comenzó a poner en prosa y a declamar varias malas estancias compuestas en su primer estilo. La dama lo dejaba continuar.

–¡Qué diferencia, y cuán poco queda del mismo hombre, tan sólo el recuerdo! Pero el recuerdo no es más que un nuevo sufrimiento. ¡Qué bellos tiempos aquellos en que la mañana jamás despertaba nuestras rodillas entumecidas o rotas por la fatiga de los sueños, donde nuestros ojos claros reían a toda voz, donde nuestra alma no razonaba, sino que vivía y jugueteaba; donde nuestros suspiros escapaban suavemente sin ruido y sin orgullo! ¡Cuántas veces, en el tiempo libre de la imaginación, revivía una de esas hermosas tardes otoñales en que nuestras jóvenes almas hacían progresos comparables a los de los árboles que, en un instante, crecen varios codos! Entonces veo, siento, escucho; la luna despierta a las grandes mariposas; el viento cálido abre las Fu nocturnas; el agua de los grandes estanques duerme. Escuche, en su espíritu, los súbitos valses de aquel piano misterioso. El perfume de la tormenta entra por la ventana. Es la hora en que los jardines se llenan de vestidos rosas y blancos que no temen mojarse. Los complacientes matorrales enganchan faldas fugitivas, el cabello castaño y los rizos rubios se mezclan turbulentamente. ¿Lo recuerda aún, señora, enormes ruedas de heno, en las que tan rápidamente descendíamos; la vieja nodriza, tan lenta al perseguirla; y la campana, tan pronta a llamarla bajo el ojo vigilante de su tía, en el gran comedor?

Madame de Cosmelly interrumpió a Samuel con un suspiro, iba entonces a abrir su boca, sin duda para impedir que continúe; pero él ya había retomado la palabra.

–Pero lo más desolador –dijo él–, es que todo amor tiene siempre un mal final, siendo tan malo como divino y alado fue al principio. No hay sueño, por ideal que haya sido, que no reencontremos con un niño glotón prendido en el pecho; no hay retiro, ni casita encantadora y apartada, que la piqueta no logre derribar. ¡Y aún esta destrucción es totalmente material! Existe otra más despiadada y secreta aún que ataca a las cosas invisibles. Imagine que en el momento en que usted se apoya sobre el ser de su elección y le dice: "¡Volemos tú y yo a buscar juntos el final del cielo!", una voz implacable y seria se inclina a su oído para decirle que nuestras pasiones son falsas, que es nuestra miopía la que hace a los rostros hermosos y nuestra ignorancia la que hace a las almas bellas, y que necesariamente llega el día en que el ídolo, al ser visto con claridad, ¡no es más que un objeto, no de odio, sino de desprecio y de asombro!

–¡Se lo ruego, señor! –dijo Madame de Cosmelly.

Se encontraba fuertemente emocionada; Samuel se dio cuenta que había tocado una antigua herida, e insistió con crueldad.

–Señora –dijo– los saludables sufrimientos del recuerdo tienen sus encantos y, en esa embriaguez de dolor, a veces encontramos alivio. Ante esta fúnebre advertencia, todas las almas leales se gritarían: "Señor, recógeme de aquí con mi sueño intacto y puro: quiero devolver a la naturaleza mi pasión con toda su virginidad, y usar en otra parte mi corona inmarchitable." Además, los resultados de la desilusión son terribles. Los vástagos enfermos productos de un amor agonizante son el triste desenfreno y la repugnante impotencia: el desenfreno del espíritu, la impotencia del corazón, que hace que el uno no viva más que por curiosidad, y que el otro muera cada día por lasitud. Todos nos parecemos más o menos a un viajero que hubiera recorrido un enorme país; y que observara, cada tarde, al sol, el mismo que antaño doraba magníficamente los encantos del camino, ocultarse en un llano horizonte. Se sienta con resignación sobre sucias colinas cubiertas de vestigios desconocidos, y dice a las fragancias de los helechos que en vano ascienden hacia el cielo vacío; a las escasas y desdichadas semillas, que en vano germinan en suelo árido; a los pájaros que creen sus matrimonios bendecidos por alguien, que se equivocan al construir sus nidos en un páramo barrido por vientos fríos y violentos. Retoma trist

emente su camino hacia un desierto casi igual al que acabara de recorrer, escoltado por un pálido fantasma al que llamamos Razón, que aclara con una pálida linterna la aridez de su camino y, para aplacar la renaciente sed de pasión que de vez en cuando lo atrapa, le vierte el veneno del tedio.

De pronto, al escuchar un profundo suspiro y un sollozo mal reprimido, se volvió hacia Madame de Cosmelly; ella lloraba abundantemente y no tenía ya fuerzas para ocultar sus lágrimas.

La observó por un rato en silencio, con la pose más enternecida y untuosa que pudo fingir; el hipócrita y brutal comediante estaba orgulloso de esas preciosas lágrimas; las consideraba como obra y propiedad literaria suyas. Mas estaba confundido respecto al sentido íntimo de aquel dolor; así como Madame de Cosmelly, ahogada en su cándida desolación, estaba confundida respecto a la intención de la mirada de su compañero. Se produjo entonces un singular juego de malentendidos, luego del cual Samuel Cramer le tendió definitivamente sus manos, que ella aceptó con tierna confianza.

–Señora –reanudó Samuel después de unos cuantos instantes de silencio, el clásico silencio de la emoción–, la verdadera sabiduría consiste menos en maldecir que en tener esperanza. Sin el divino don de la esperanza, ¿cómo podríamos atravesar ese repugnante desierto de tedio que acabo de describirle? El fantasma que nos acompaña es verdaderamente un fantasma de razón, mas podemos espantarlo rociándole el agua bendita de la primera virtud teológica. Hay una amable filosofía que sabe encontrar consuelo en los objetos de apariencia más indigna. Así como la virtud vale más que la inocencia, y sembrar en el desierto tiene más méritos que libar con despreocupación un huerto fructuoso; del mismo modo es verdaderamente digno de un alma elevada purificarse y purificar a su prójimo con su simple contacto. Así como no hay traición que no se perdone, no hay falta de la que no se nos absuelva, ni olvido que no pueda sanarse; existe una ciencia de amar al prójimo y de hallarle digno de ser amado, así como existe un saber del buen vivir.

Cuanto más delicado sea un espíritu, más bellezas originales descubre; cuanto más tierna y abierta a la divina esperanza sea un alma, más motivos para amar a su prójimo, por más mancillado que éste se encuentre, el alma halla; esto es obra de la caridad, y se ha visto a más de una contrita viajera, perdida en los áridos desiertos de la desilusión, reconquistar la fe y prendarse con más fuerza de aquello que había perdido, con toda razón, al poseer ahora la ciencia de dirigir su pasión y la de su ser amado.

El rostro de Madame de Cosmelly empezó lentamente a aclararse; su tristeza resplandecía de esperanza como un sol mojado, y, a penas Samuel terminó su discurso, ella vivamente le dijo con el ingenuo ardor de un niño:

–¿Es realmente cierto, señor, que eso sea posible? ¿Existen, para los desesperados, ramas de las que puedan sujetarse?

–Desde luego, señora.

–¡Ah! Me haría la más dichosa de las mujeres el que usted se dignara enseñarme su fórmula…

–¡Nada más fácil! –replicó brutalmente Samuel.

En medio de este galanteo sentimental, la confianza había arribado y, en efecto, había unido las manos de los dos personajes; tan pronto desaparecieron algunas hesitaciones y prudencias, que a Samuel le parecieron de buen augurio, Madame de Cosmelly le hizo partícipe a su vez de sus confidencias, comenzando así:

–Comprendo, señor, todo lo que un alma poética puede sufrir por su aislamiento, y cuán vivamente ha de consumirse en su soledad una ambición de corazón como la suya; pero sus pesares, que no pertenecen más que a usted, provienen, como he podido extraer de la pompa de sus palabras, de extrañas necesidades nunca satisfechas y casi imposibles de satisfacer. Usted sufre, es verdad; pero es posible que su sufrimiento constituya su grandeza y que le sea tan necesario como a otros la felicidad. Ahora, dígnese en escuchar, y en simpatizar con penas más comprensibles –¿un dolor de provincia?–. Espero de usted, señor Cramer, el sabio, el hombre espiritual, los consejos y, si es que es posible, la ayuda de un amigo.

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