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   Clásico 4 No.4

La fanfarlo Por Charles Baudelaire Palabras: 8090

Actualizado: 2018-11-14 00:03


"Usted sabe que en los tiempos en que me conoció, yo era una pequeña niña buena, un poco soñadora ya, igual a usted, aunque tímida y muy obediente; no me miraba en el espejo tan a menudo como usted, y siempre dudaba en comer o en guardarme en los bolsillos los duraznos y las uvas que usted audazmente robaba de las huertas de nuestros vecinos. Jamás encontraba un placer verdaderamente agradable y completo, a no ser que me estuviera permitido; y me parecía mucho mejor abrazarme con un bello muchacho como usted delante de mi vieja tía que en medio del campo. La coquetería y el cuidado que toda muchacha en edad de casarse debe tener consigo misma me llegó tardíamente. Ni bien supe tocar una romanza en el piano, se me vistió con más cuidado, se me forzaba a mantenerme derecha, me hicieron practicar gimnasia, y se me prohibió estropear mis manos plantando Fu o criando pájaros. Se me permitió leer otras cosas a más de Berquin, y empezaron a llevarme con portentosas vestimentas al teatro del lugar a ver malas óperas. Cuando el señor de Cosmelly vino al castillo, pronto sentí por él una viva amistad; comparando su floreciente juventud con la vejez un poco irritable de mi tía, lo hallé de lo más noble y honesto, aparte de que usaba conmigo una galantería de lo más respetuosa. Además se citaban sus más bellos rasgos: un brazo roto en duelo por un amigo algo pusilánime que le había confiado el honor de su hermana, grandes préstamos a antiguos camaradas suyos sin fortuna. ¡Qué sé yo! Tenía con todo el mundo un aire de mando, a la vez afable e irresistible, que sin remedio me dominó. ¿Cómo había vivido antes de llevar con nosotros la vida de castillo? ¿Había conocido otros placeres además de ir de caza conmigo o entonar virtuosas romanzas en mi mal piano? ¿Había tenido amantes? Ni supe nada ni pensé jamás en informarme. Empecé a amarlo con toda la credulidad de una joven muchacha que nunca tuvo tiempo de comparar, y me casé con él –lo que hizo a mi tía muy feliz–. Cuando fui su esposa ante Dios y ante la ley, lo amé incluso más. Lo amé demasiado, sin duda. ¿Estaba en lo correcto o equivocada? ¿Quién podría saberlo? Estaba feliz por ese amor, pero mi error fue creer que nada podía perturbarlo. ¿Lo conocía bien antes de casarme con él? No, sin duda; pero no se puede condenar más por su elección imprudente a una honesta muchacha que desea casarse, que a una mujer de mala vida que ha tomado un amante innoble. La una y la otra –¡pobres desdichadas!–, son igualmente ignorantes. Les falta a esas pobres víctimas, que llamamos mujeres en edad de casarse, una abyecta educación, es decir, el conocer los vicios del hombre. Quisiera que cada una de esas pobres chiquillas, antes de someterse al vínculo matrimonial, pudiera escuchar en algún lugar secreto, sin ser vistas, a dos hombres discutir entre ellos sobre las cosas de la vida, sobretodo de mujeres. Después de esta primera y temible prueba, ellas podrían entregarse con menos peligro a las terribles suertes del matrimonio, conociendo las virtudes y debilidades de sus futuros tiranos."

Samuel no sabía exactamente adónde quería llegar la encantadora víctima; mas se dio cuenta de que hablaba demasiado de su marido como para ser una mujer desilusionada.

Después de una pausa de algunos minutos, como si temiera abordar el hecho funesto, Madame de Cosmelly prosiguió de esta forma:

–Un día, el señor de Cosmelly quiso volver a París; hacía falta que yo resplandeciera y que me ubique a la altura de mis méritos. Una mujer bella e instruida, decía él, se debe a París; tiene que saber actuar delante del mundo y dejar caer algunos rayos de su encanto sobre su marido; una mujer de espíritu noble y de sentido común sabe que no puede esperar gloria alguna a no ser una parte de la de su compañero de viaje, que ella sirve las virtudes de su marido y, sobre todo, que no puede ser respetada si no lo sabe hacer respetar. Sin duda, éste era el medio más sencillo y seguro de hacerse obedecer casi con alegría, de saber que mis esfuerzos y mi obediencia me embe

llecerían a sus ojos; seguramente no hacía falta tanto para decidirme a abordar aquel terrible París, al que instintivamente temía, y cuyo negro y deslumbrante fantasma erigido en el horizonte de mis sueños oprimía mi pobre corazón de novia. Aquel parecía, al escucharle, el verdadero motivo de nuestro viaje. La vanidad de un marido hace la virtud de una mujer enamorada. Tal vez se mentía a sí mismo con una especie de buena fe y engañaba a su conciencia sin darse demasiada cuenta de ello. En París, tuvimos días reservados para nuestros íntimos, de los que a la larga el señor de Cosmelly se aburría, tal y como se había aburrido de su esposa. Tal vez se había hartado un poco de su mujer, ya que ella sentía demasiado amor y ponía a su corazón por delante de todo. De sus amigos se hartó por la razón contraria. Ellos no tenían nada que ofrecerle a no ser el placer de las conversaciones monótonas en las que la pasión no ocupaba lugar alguno. Desde entonces, su actividad tomó otro rumbo. Después de los amigos vinieron los caballos y el juego. El murmullo del mundo y la visita de aquellos que descansaban sin trabas y que sin cesar le contaban los recuerdos de una loca y ocupada juventud, lo alejaron de las largas conversaciones hogareñas y de su sitio junto al fuego. Él, que jamás había tenido otro asunto que su corazón, tuvo varias distracciones. Rico y sin profesión, supo crearse multitud de ocupaciones renuentes y frívolas que ocupaban todo su tiempo. Las preguntas conyugales: "¿A dónde vas?", "¿A qué hora te veremos? ¡Regresa pronto!", tuve que reprimirlas en el fondo de mi pecho; ya que la vida inglesa –asesina de todo corazón–, la vida de los clubes y de los círculos, lo había absorbido por completo. El cuidado exclusivo de su persona y el dandismo que destilaba ante todo me chocaron, pues era evidente que yo no era el motivo. Yo quería hacer como él, estar más bella, quiero decir coqueta, coqueta para él, como lo era él para el mundo; antes yo ofrecía todo, lo daba todo, a partir de entonces quise hacerme rogar. Quería reanimar las cenizas de mi extinta felicidad, agitándolas y revolviéndolas; pero al parecer yo era poco hábil para la astucia y bastante torpe para el vicio; ya que no se dignó ni en percibirlo. Mi tía, cruel como todas las mujeres viejas y envidiosas que son reducidas a admirar un espectáculo del que antaño fueron protagonistas, y a contemplar alegrías inaccesibles para ellas, puso gran esmero en hacerme saber, por medición interesada de un primo del señor de Cosmelly, que él se había enamorado de una actriz muy en boga y aclamada. Me hice entonces llevar a todos los espectáculos, y cada vez que veía entrar en escena a alguna mujer medianamente bella, temblaba al imaginar en ella a mi rival. Finalmente me enteré, por caridad del mismo primo, que se trataba de la Fanfarlo, una bailarina tan hermosa como tonta. Usted, que es autor, sin duda la conoce. Yo no soy ni muy vanidosa ni muy orgullosa de mi figura; pero, se lo juro, señor Cramer, que repetidas veces, por la noche, a eso de las cuatro o cinco de la mañana, cansada de esperar a mi marido, con los ojos rojos por los llantos y el insomnio, luego de largos y suplicantes ruegos por su retorno a la fidelidad y al deber, le pregunté a Dios, a mi conciencia y a mi espejo, si yo era tan bella como esa miserable Fanfarlo. Mi espejo y mi conciencia respondieron que sí. Dios me ha prohibido vanagloriarme de ello, pero no de tomarlo como una legítima victoria. ¿Por qué entre dos mujeres de igual belleza, los hombres prefieren la flor que ha sido respirada por todos en vez de la que ha sido escondida de los pasantes entre los más oscuros senderos del jardín conyugal? ¿Por qué las mujeres pródigas de sus cuerpos, tesoro del cual un sólo sultán debe tener la llave, tienen más admiradores que nosotras, las infelices mártires de un único amor? ¿De que mágico encanto el vicio aureola a ciertas mujeres? ¡Responda, usted que, por su estado, de seguro conoce todos los sentimientos existentes así como sus diversos orígenes!

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