ManoBook > Literatura > La fanfarlo

   Clásico 5 No.5

La fanfarlo Por Charles Baudelaire Palabras: 7873

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Samuel no tuvo tiempo de responder, pues ella ardientemente continuó:

–Pero al señor de Cosmelly le pesarán sobre su conciencia faltas muy graves, eso si la pérdida de un alma joven y virgen interesa al Dios que la creó para dicha de otra. Si el señor de Cosmelly muriera esta misma tarde, tendría que implorar por varias absoluciones; ya que, por su culpa, su mujer ha experimentado horribles sentimientos: el odio, la desconfianza al ser amado y la sed de venganza. ¡Ah, señor! He pasado noches muy dolorosas, insomnios muy inquietos; rezo, maldigo, blasfemo… El cura me dice que hay que llevar nuestra Chen con resignación; pero el amor desmedido, la fe quebrantada, no saben resignarse. Mi confesor no es mujer, y yo amo a mi marido; lo amo, señor, con toda la pasión y todo el dolor de una amante batida y postrada en sus pies. No hay nada que no haya intentado. En lugar de las vestimentas sombrías y sencillas con las cuales su mirada antaño se extasiaba, usé trajes alocados y suntuosos como los que usan las actrices. Yo, la casta esposa que él había ido a buscar al fondo de un pobre castillo, desfilé ante él con ropa de mujerzuela; me comportaba espiritual y alegre cuando sentía la muerte recorrer mi corazón. Llene mi desesperación de lentejuelas con mis deslumbrantes sonrisas. Desgraciadamente, él no vio nada. ¡Me pinté de rojo, señor, de rojo! Como puede ver, es una historia banal, la historia de todas las desdichadas, ¡una historia de provincia!

Mientras ella sollozaba, Samuel puso cara de Tartufo agarrado del cuello por Orgón, el inesperado esposo que se lanza del fondo de su escondite, como los virtuosos sollozos de la dama que brotaban desde su corazón, agarrando por el cuello la tambaleante hipocresía de nuestro poeta.

El abandono extremo, la libertad y la confianza de Madame de Cosmelly lo habían animado prodigiosamente, sin sorprenderlo. Samuel Cramer, que a menudo sorprendía al mundo, no se sorprendía con frecuencia. Parecía querer poner en práctica y demostrar en su propia vida la veracidad de aquel pensamiento de Diderot: "La incredulidad es a veces el vicio del tonto, y la credulidad el defecto del hombre de genio. El hombre de genio ve lejos en la inmensidad de las posibilidades. El tonto sólo ve como posible aquello que lo es. Tal vez sea eso lo que vuelve a uno pusilánime y al otro temerario." Esto responde a todo. Varios lectores escrupulosos y amantes de la verdad verosímil tendrán sin duda mucho que replicar en contra de esta historia, en la que, sin embargo, no tuve más que cambiar los nombres y acentuar ciertos detalles; ¿cómo, dirán ellos, Samuel, un poeta de mal tono y costumbres reprochables, pudo abordar tan prestamente a una mujer como Madame de Cosmelly?, ¿cómo pudo volcar la conversación, de una novela de Scott, a un torrente de poesía romántica y banal?, ¿y cómo Madame de Cosmelly, la discreta y virtuosa esposa, soltó tan prontamente, sin pudor ni desconfianza, sus penas? A lo que yo respondo que Madame de Cosmelly era tan simple como una hermosa alma, y que Samuel era tan audaz como las mariposas, los abejorros y los poetas; se arrojaba sobre todas las llamas y entraba por todas las ventanas. El pensamiento de Diderot explica por qué ella era tan solitaria, mientras que él tan brusco e imprudente. También explica las meteduras de pata que Samuel cometió durante toda su vida, las mismas que un tonto no cometería. Aquella porción del público que es esencialmente pusilánime no comprenderá suficientemente la personalidad de Samuel, quien era esencialmente crédulo e imaginativo, al punto de creer, como poeta, en su público; y como hombre, en sus propias pasiones.

A partir de ese momento se percató de que aquella mujer era más fuerte y profunda de lo parecía, además de que no debía enfrentarse abiertamente a su cándida piedad. Entonces, nuevamente empezó a prodigarle su jerga romántica. Avergonzado por haberse comportado como tonto, q

uería ahora dárselas de astuto; le habló por un rato, con su dialecto de seminarista aún presente, de heridas a cerrar y a cauterizar mediante la abertura de nuevas llagas que sangrarían largamente y que no producirían dolor alguno. Cualquiera que haya querido, sin tener la fuerza absoluta de Valmont o de Lovelace, poseer a una mujer honesta y confiada, sabe con qué risible y enfática torpeza uno ofrece su corazón diciendo: "Tómelo, mi corazón es suyo"; –eso me dispensará de explicarles lo tonto que fue Samuel–. Madame de Cosmelly, aquella amable Elmira que poseía el juicio claro y alerta de la virtud, dilucidó rápidamente el partido que podía sacar de nuestro ingenuo canalla, para felicidad propia y para dignidad de su marido. Le pagó, pues, con la misma moneda; dejó primeramente que le apretara las manos, comenzando luego a hablarle de amistad y de cosas platónicas. Entonces le murmuró la palabra venganza; dijo que una mujer, en dolorosas crisis como ésta, le daría con gusto a su vengador el poco corazón que el pérfido le hubiera dejado; y otras boberías y galanterías dramáticas. En resumen, utilizó la coquetería por la buena causa, y nuestro astuto joven, que era más atontado que un sabio, prometió arrancar de la Fanfarlo al señor de Cosmelly y alejarlo de la cortesana, esperando encontrar en los brazos de la honesta mujer la recompensa de su obra meritoria. Y es que nadie más que un poeta sería tan cándido como para inventar monstruosidades semejantes.

Un detalle bastante cómico de esta historia, y que fue como un intermedio en el doloroso drama que iba a desarrollarse entre estos cuatro personajes, fue el malentendido ocurrido con los sonetos de Samuel –ya que, con respecto a los sonetos, era incorregible–. El uno era para Madame de Cosmelly, en el cual exaltaba en estilo místico su belleza de Beatriz, su voz, la pureza angelical de sus ojos, la castidad de sus andares, etc… El otro era para la Fanfarlo, en el cual se sirvió de un guiso de picantes galanterías capaces de hacerle subir la sangre al paladar del menos novato, género poético en el cual, de entre todos, él sobresalía, y en el cual había, a buena hora, sobrepasado todas las andaluzadas posibles. El primer fragmento llegó a casa de la criatura, que tiró ese plato de pepinos al tacho de los cigarros; el segundo llegó a casa de la pobre abandonada, que en primera instancia abrió grandes ojos, terminó por comprender y, a pesar de sus tristezas, no pudo evitar reír a carcajadas, como en sus mejores tiempos.

Samuel fue al teatro y se puso a estudiar a la Fanfarlo sobre el escenario. La encontró ligera, magnífica, vigorosa, de buen gusto en sus atavíos, y juzgó al señor de Cosmelly dichoso al poder arruinarse por semejante criatura.

Se presentó dos veces en casa de ella, una casita con una escalera aterciopelada en un barrio nuevo lleno de plantas; pero no podía presentarse sin algún pretexto razonable. Una declaración de amor era algo profundamente inútil y hasta peligroso. El fracaso le habría prohibido regresar. En cuanto a hacerse presentar, sabía que la Fanfarlo no recibía a nadie. Algunos íntimos la veían de cuando en cuando. ¿Qué venía a decir o hacer en casa de una bailarina magníficamente pagada y mantenida, además de adorada por su amante?, ¿qué venía a ofrecerle él, que no era ni sastre, ni costurera, ni maestro de ballet, ni millonario? Tomó entonces un partido simple y brutal, debía hacer que la Fanfarlo viniese hasta él. En aquella época, los artículos de elogio y crítica tenían mucho más valor que ahora. Las facilidades del folletín, como decía recientemente un valiente abogado en un proceso tristemente célebre, eran mucho mayores que hoy en día. Como ciertos talentos habían capitulado ya ante los periodistas, la insolencia de aquella juventud despistada y aventurera no conocía límites. Así emprendió Samuel –él, que no sabía ni jota de música– la especialidad de los teatros líricos.

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