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   Clásico 6 No.6

La fanfarlo Por Charles Baudelaire Palabras: 7913

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Desde entonces, la Fanfarlo fue semanalmente difamada al pie de un importante periódico. No se podía decir ni suponer que ella tuviera la pierna, el tobillo o la rodilla mal tornados; los músculos jugaban bajo la media, y todos los binoculares hubieran gritado ante alguna blasfemia. Fue acusada de ser brutal, común, carente de gusto, de querer importar al teatro las costumbres del Rin y de los Pirineos, castañuelas, espuelas, botas con tacones, –sin contar que bebía como granadero y que le fascinaban demasiado los perros y la hija de su portera– y otros trapos sucios de su vida privada y que son, para algunos pequeños periódicos, pasto y golosina periodística. Se le oponía con aquella táctica común en los periodistas que consiste en comparar cosas incomparables, una dama etérea, siempre vestida de blanco, y de la que castos movimientos dejaban a todas las conciencias en reposo. Algunas veces la Fanfarlo gritaba y reía muy alto hacia el patio de butacas al acabar un salto sobre las candilejas; hasta osaba caminar mientras danzaba. Nunca usaba insípidos vestidos de gaza de aquellos que dejan ver todo y no dejan adivinar nada. Le encantaban las telas que hacen ruido, las blusas de saltimbanqui, las faldas largas, crujientes, con lentejuelas y adornos de hojalata, que hay que levantar muy alto con la rodilla; al bailar no usaba aros, sino pendientes, e incluso osaría decir lustres. Con gusto llevaría atadas a la parte baja de su falda multitud de pequeñas muñecas extrañas, como hacen las viejas bohemias que adivinan la suerte de una manera amenazante, y que se encuentran en el Sur, en los arcos de las ruinas romanas. Estos atractivos, y otros muchos más, hicieron que el romántico Samuel, uno de los últimos románticos que Francia posee, enloqueciera de amor por ella.

De modo que, después de haber denigrado durante tres meses a la Fanfarlo, quedó perdidamente enamorado, y ella quiso por fin saber quien era el monstruo, el corazón de piedra, el pedante, el pobre diablo que negaba tan obstinadamente la realeza de su genio.

Hace falta hacer justicia a la Fanfarlo, ya que en ella sólo hubo un movimiento de curiosidad, nada más. ¿Semejante hombre tenía realmente la nariz entre los ojos, estaba del todo conformado como el resto de los hombres? Cuando obtuvo una o dos informaciones sobre Samuel Cramer: que era un hombre como cualquier otro, con algo de criterio y algo de talento; comprendió que había algo que adivinar, y que el terrible artículo del lunes bien podría ser una extraña clase de ramo de Fu semanal o la carta de visita de un obstinado solicitante.

La encontró una noche en su camerino. Dos vastas antorchas y un gran fuego hacían temblar la luz sobre las abigarradas vestimentas que llevaba a rastras por su tocador.

La reina del lugar, al momento de marcharse, retomaba su atavío de simple mortal y, en cuclillas sobre una silla, calzaba sin pudor su adorable pierna; sus manos, generosamente estilizadas, hacían pasear un cordón a través de los ojetes del borceguí como una ágil lanzadera, sin pensar en que le hacía falta acomodarse su enagua. Aquella pierna era ya, para Samuel, objeto de un eterno deseo. Larga, fina, fuerte, generosa y fibrosa a la vez, poseía toda la corrección de lo bello y toda la atracción libertina de lo lindo. Cortada perpendicularmente en la parte más grande, la pierna habría dado una especie de triángulo en el que el vértice estaría situado en la tibia, y en el que la línea redondeada de la pantorrilla formaría la base convexa. La verdadera pierna de un hombre es demasiado dura y las piernas de las mujeres coloreadas por Devéria son en cambio demasiado blandas como para dar una idea.

Con esa agradable actitud, su cabeza, inclinada hacia su pie, exponía un cuello de procónsul, ancho y robusto, dejando adivinar el surco de los omóplatos, revestidos por una abundante carne morena. Los cabellos, pesados y apretados, caían hacia delante por ambos lados, ro

zándole la sien y ocultando sus ojos, de modo que a cada instante tenía que moverlos y echarlos hacia atrás. Una traviesa y encantadora impaciencia, como la de un niño malcriado que decide que algo no debe ir tan rápido, removía a toda la criatura, incluyendo su vestimenta, y revelaba a cada instante nuevos puntos de vista y nuevos efectos de líneas y de colores.

Samuel se detuvo con respeto, o fingió detenerse con respeto; ya que, con ese diablo de hombre, el gran problema siempre es saber dónde comienza el comediante.

–¡Oh, aquí está, señor! –le dijo ella sin molestarse, aun cuando le habían prevenido unos minutos antes de la visita de Samuel– ¿Tiene algo que preguntarme, no es verdad?

La sublime impudicia de estas palabras fue directo al corazón del pobre Samuel; había charlado como un loro romántico durante ocho horas con Madame de Cosmelly; en cambio aquí, respondió tranquilamente:

–Sí, señora.

Y las lágrimas llenaron sus ojos.

Esto fue un éxito rotundo, la Fanfarlo sonrió.

–¿Pero qué bicho le picó, señor, para atacarme de tal manera? Qué horrible profesión…

–Horrible en efecto, señora… Es que la adoro.

–Me lo imaginaba –replicó la Fanfarlo–. Pero usted es un monstruo, esa táctica es abominable. ¡Pobres de nosotras las mujeres! –acotó riendo–. Flore, trae mi brazalete… Y usted deme el brazo hasta mi coche y dígame qué le pareció mi actuación de esta noche.

Caminaron así, tomados del brazo, como dos viejos amigos; Samuel la amaba, o al menos sentía a su corazón sacudirse fuertemente. Su comportamiento tal vez había sido singular, pero al menos esta vez, no había sido ridículo.

En medio de su regocijo, casi olvida avisar a Madame de Cosmelly de su éxito, y así llevar una esperanza a su hogar desierto.

Unos días después, la Fanfarlo interpretaba a Colombina en una vasta pantomima hecha para ella por personas de genio. Aparecía, gracias a una agradable sucesión de metamorfosis, en los personajes de Colombina, de Margarita, de Elvira y de Ceferina, y recibía, alegrándose lo más posible, los besos de varias generaciones de personajes tomados de varios países y de diversas literaturas. Un gran músico había aceptado hacer una fantástica partitura, apropiada para la rareza del tema. La Fanfarlo se turnó en ser decente, mágica, loca, jovial; fue sublime en su arte, tan comediante con las piernas como bailarina con los ojos.

Entre nosotros, dicho sea de paso, se desprecia demasiado el arte de la danza. Todas las grandes personas, empezando por las del mundo antiguo, las de India y las de Arabia, la han cultivado igual que a la poesía. La danza está a la par, o incluso por encima de la música, así como lo visible y lo creado están por encima de lo invisible y lo increado, esto para varias organizaciones paganas. Y sólo pueden comprenderlo aquellos a quienes la música evoca ideas pictóricas. La danza puede revelar todo lo misterioso de la música, aparte de poseer el mérito de ser más humana y palpable. La danza es la poesía con brazos y piernas; es la materia, graciosa, terrible y animada, adornada por el movimiento. Terpsícore es una musa del sur; presumo que era demasiado morena, y que a menudo agitaba los pies en los trigales dorados; sus movimientos, llenos de una cadencia precisa, son divinos motivos para la estatuaria. Pero Fanfarlo la católica, no satisfecha al rivalizar con Terpsícore, llamó en su auxilio a toda el arte de las divinidades modernas. La niebla mezcla formas de hadas y de ondinas menos vaporosas y menos indolentes. Fue a la vez un capricho de Shakespeare y una bufonería italiana.

El poeta estaba feliz, creía tener frente a sus ojos el sueño de sus días más lejanos. Con gusto habría saltado en su camerino de una manera ridícula, y se habría roto la cabeza contra cualquier cosa, en la loca embriaguez que lo dominaba.

Una calesa baja y bien cerrada rápidamente arrebató al poeta y a la bailarina hacia la casita de la que ya hablé.

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