ManoBook > Literatura > La fanfarlo

   Clásico 8 No.8

La fanfarlo Por Charles Baudelaire Palabras: 6534

Actualizado: 2018-11-14 00:03


La Fanfarlo resumía para él la línea y el atractivo; y cuando, sentada en el borde de la cama, en la despreocupación y la calma victoriosa de la mujer amada, con las manos posadas delicadamente sobre él, la miraba; le parecía ver el infinito detrás de los ojos claros de aquella belleza, y sentía que los suyos a la larga planeaban sobre inmensos horizontes. Por lo demás, como sucede a los hombres excepcionales, a menudo estaba solo en su paraíso, ya que nadie podía habitarlo con él; y si, por casualidad, él la raptaba y la traía casi a la fuerza, ella se quedaba siempre atrás: por lo que, bajo el cielo en que él reinaba, su amor comenzaba a estar triste y enfermo de melancolía del azul, como un rey solitario.

Sin embargo, jamás se aburrió de ella; jamás, al abandonar su reducto amoroso, andando ligeramente sobre la acera, bajo el fresco aire de la mañana, probó aquella diversión egoísta del cigarrillo y las manos en los bolsillos, de la que nos habló en alguna parte nuestro gran novelista moderno[2].

A falta de corazón, Samuel tenía una inteligencia noble, y, en lugar de ingratitud, el deleite había engendrado en él esa conformidad deliciosa, ese ensueño sensual, que tal vez valga más que el amor, tal como lo ve el vulgo. Por lo demás, la Fanfarlo dio lo mejor de ella y le procuró sus más hábiles caricias, dándose cuenta que el hombre valía la pena: se había acostumbrado a ese lenguaje místico, saturado de impurezas y crudezas enormes. Aquello tenía al menos el atractivo de la novedad.

La súbita pasión de la bailarina había causado un escándalo. Hubo varias cancelaciones de espectáculos, la Fanfarlo descuidó sus ensayos; muchos envidiaban a Samuel.

Una noche en que el azar, el tedio del señor de Cosmelly o una serie de artimañas de su mujer los había reunido junto al fuego, después de uno de esos largos silencios que tienen lugar en las parejas que ya no tienen nada que decirse pero sí mucho que ocultarse; después de haberle hecho el mejor té del mundo, en una tetera bastante modesta y resquebrajada, quizás todavía del castillo de su tía; después de haber cantado bajo los acordes de un piano algunos fragmentos de una música en boga diez años atrás; ella le dijo, con la voz dulce y prudente de la virtud que quiere ser amable y teme espantar al objeto de sus afectos, que lo compadecía mucho y que había llorado mucho, más por él que por sí misma; que al menos hubiese querido, en su completa resignación sumisa y abnegada, que él pudiese encontrar en otros brazos el amor que ya no le pedía a su mujer; que había sufrido más al verlo caer que al verse abandonada; que, además, gran parte de la culpa era suya, por haber descuidado sus deberes de tierna esposa al no haber advertido a su marido del peligro; que, por lo demás, ella estaba dispuesta a cerrar esa herida sangrante y a reparar ella sola la imprudencia de ambos, etc. La pobre lloraba y lloraba bien, el fuego iluminaba sus lágrimas y su rostro se embellecía con su dolor.

El señor de Cosmelly no dijo ni una palabra antes de salir. Los hombres atrapados en la red de sus propias faltas no toleran hacerle a la clemencia una ofrenda con sus remordimientos. Si fue a la casa de la Fanfarlo, de seguro encontró allí vestigios del desorden, colillas de ci

garros y folletines.

Una mañana, Samuel fue despertado por la voz traviesa de la Fanfarlo y, luego de levantar lentamente su fatigada cabeza de la almohada en que reposaba, leyó una carta que ésta le daba:

"Gracias, señor, mil veces gracias; mi felicidad y mi reconocimiento le serán bien retribuidos en un mundo mejor. Lo acepto. Recupero a mi marido de sus manos y me lo llevo esta misma noche a nuestra tierra de C***, donde recobraré la salud y la vida que le debo. Reciba, señor, la promesa de una amistad eterna. Siempre lo he creído demasiado honesto como para no preferir una amistad en lugar de cualquier otra recompensa."

Samuel, tendido entre encajes y apoyado sobre uno de los más frescos y bellos hombros que se haya podido existir, sintió vagamente que había sido burlado, y sintió cierta penar al reunir en su memoria los elementos de la intriga que él mismo había llevado a buen término; pero se dijo tranquilamente: "¿Son realmente nuestras pasiones sinceras? ¿Quién puede saber con certeza aquello que quiere y conocer con exactitud el barómetro de su corazón?"

– ¿Qué murmuras? ¿Qué tienes ahí? Quiero ver. –dijo la Fanfarlo.

– ¡Ah! No es nada –dijo Samuel–. Es la carta de una mujer honesta a quien le prometí que me convertiría en tu amado.

– Me las pagarás. –dijo ella entre dientes.

Es probable que la Fanfarlo haya amado a Samuel, pero con ese amor que pocas almas conocen, con rencor en el fondo. En cuanto a él, fue castigado por sus pecados. A menudo había fingido pasión, ahora se vio obligado a conocerla; pero no fue ese amor tranquilo, calmado y ardiente que inspiran las mujeres honestas, fue el amor terrible, desolador y vergonzoso, el amor enfermo de las cortesanas. Samuel conoció todas las torturas de los celos, y el rebajamiento y la tristeza en que nos arroja la conciencia de un mal incurable y constitucional; en pocas palabras, todos los horrores de aquel vicioso matrimonio al que se le da el nombre de concubinato. En cuanto a ella, cada día engorda más; se ha convertido en una belleza gruesa, limpia, lustrada y astuta, una especie de cortesana ministerial. Un día de estos comulgará por las pascuas y repartirá el pan bendito en su parroquia. Tal vez para aquella época, Samuel, muerto de pena, estará bien enterrado, como solía decir en sus buenos tiempos, y la Fanfarlo, con sus aires de canonesa, hará perder la cabeza a algún joven heredero. Mientras tanto, aprende a traer niños al mundo; acaba de parir felizmente un par de gemelos. Samuel ha sacado a la luz cuatro libros científicos: uno sobre los cuatro evangelios, otro sobre el simbolismo de los colores, una memoria sobre un nuevo sistema de anuncios, y un cuarto del que no quiero recordar ni el título. Lo más espantoso de este último es que está lleno de elocuencia, energía y curiosidades. Samuel hasta tuvo el descaro de ponerle como epígrafe: "Auri sacra fames!" La Fanfarlo quiere que su amante ingrese al Instituto e intriga al ministerio para que le den la cruz.

¡Pobre cantor de las Osífragas! ¡Pobre Manuela de Monteverde! ¡Qué bajo ha caído! Escuché hace poco que fundó un periódico socialista y que quería entrar a la política. ¡Qué deshonesta inteligencia! –como dice el honesto señor Nisard.

*0*0* FIN *0*0*

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