MoboReader> Horror > El guardavía

   Clásico 4 No.4

El guardavía By Charles Dickens Palabras: 3440

Updated: 2018-11-14 00:03


Al día siguiente, el atardecer era espléndido y salí temprano para disfrutarlo. El sol aún no se había puesto cuando crucé el camino que bordeaba el precipicio. Alargaría el paseo una hora, me dije, media hora de ida y otra media de vuelta, y entonces habría llegado el momento de ir a la caseta del guardavía.

Antes de continuar mi caminata, me paré en el borde, y, mecánicamente, miré hacia abajo desde el mismo lugar desde el que le había visto por primera vez. No podría describir el estremecimiento que me recorrió cuando, junto a la boca del túnel, vi a una figura que se tapaba los ojos con el brazo izquierdo y hacía violentamente gestos con su mano derecha.

El horror innombrable que me oprimía pasó en un momento, en el instante mismo en que me di cuenta de que esa figura era, de hecho, un hombre y que, a poca distancia, se hallaba un pequeño grupo de personas, a quienes se dirigían los gestos que estaba haciendo. La luz de peligro no estaba todavía encendida. Junto al poste había sido construido, con madera y una lona, un pequeño armazón muy bajo, enteramente nuevo para mí. No parecía mayor que una cama.

Descendí por el sendero tan rápido como pude, con la irresistible sensación de que algo marchaba mal; me reprochaba haber dejado a aquel hombre allí, sin nadie que vigilara o corrigiese lo que hacía, ante el peligro de un desenlace fatal.

–¿Qué es lo que ocurre? –pregunté.

–El guardavía ha resultado muerto esta mañana, señor.

–¿El hombre que ocupaba esta caseta?

–Sí, señor.

–¿El hombre al que yo conocía?

–Lo reconocerá, señor, si le había visto –dijo el hombre que hablaba por los demás, descubriéndose la cabeza con solemnidad y levantando el extremo de la lona–. S

MoboReader, bring tons of novels with you.
Free toDescargar Manobook

u rostro está intacto.

–¡Oh! ¿Cómo ocurrió esto?, ¿cómo ocurrió? –pregunté, volviéndome de uno a otro, cuando hubieron cubierto de nuevo el cadáver.

–Lo atropelló una locomotora, señor. Ningún hombre en Inglaterra conocía mejor su trabajo. Pero algo no debía estar bien en la vía. Fue justo al amanecer. Había apagado la luz y llevaba su linterna cuando la máquina salió del túnel; él le daba la espalda, y lo atropelló. Este hombre la conducía y nos estaba explicando cómo sucedió. Explíqueselo al caballero, Tom.

El hombre, que vestía un traje tosco y oscuro, retrocedió hasta el lugar donde habíamos estado antes, junto a la boca del túnel: –Después de tomar la curva del túnel, señor –dijo–, le descubrí al otro extremo, como si le viese por el tubo de un catalejo. No había tiempo de reducir la velocidad, y sabía que él era un hombre muy cuidadoso. Como no pareció hacer caso del pitido, quité la marcha cuando ya nos abalanzábamos sobre él y le grité tan fuerte como pude.

–¿Qué dijo usted?

–Dije: «¡Ahí abajo!, ¡cuidado!, ¡cuidado!, ¡por el amor de Dios, despejen la vía!»

Me sobresalté.

–¡Ay! Fue un rato horrible, señor. No paré de gritar. Me puse este brazo delante de los ojos, para no verlo, y agité el otro hasta el último momento, pero no sirvió de nada.

Para no prolongar el relato extendiéndome en alguna de sus circunstancias más que en otra, puedo, para terminar, señalar la coincidencia de que las advertencias del conductor de la locomotora incluían no sólo las palabras que el desafortunado guardavía me había repetido como su obsesión, sino también las palabras que yo mismo –y no él– había asociado, tan sólo en mi mente, a los gestos que había imitado.

*** FIN ***

Free toDescargar Manobook
(← Keyboard shortcut) Previous Contenidos (Keyboard shortcut →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Back to Top