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   Clásico 7 No.7

Cuando los administradores de sistema gobernaron la Tierra Por Cory Doctorow Palabras: 8028

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-Está bien para mí -dijo Felix-. Disfrútala.

-¿Cómo vienen las elecciones? -dijo Van, después de lamer toda la envoltura.

-No lo sé -dijo Felix-. No he mirado por un rato. -Unas horas atrás estaba ganando por un corto margen. No tener su laptop era una desventaja muy importante cuando se trataba de cosas como ésas. Arriba, en las celdas, había una docena más como él, pobres bastardos que habían dejado la casa en Der Tag sin pensar en coger algo con capacidad WiFi.

-Te quemarás -dijo Sario, deslizándose hacia ellos. Se había vuelto famoso en el centro por no dormir, por escuchar a escondidas, por buscar disputas en la vida real con el imprudente calor de una guerra de mensajes en Usenet-. El ganador será alguien que comprenda un par de hechos fundamentales. -Levantó un puño, luego enumeró sus ideas levantando un dedo a la vez-. Punto: Los terroristas están utilizando la Internet para destruir el mundo, y necesitamos destruir la Internet primero. Punto: Aún si estoy equivocado, toda la cosa es una broma. Pronto nos quedaremos sin combustible para el generador. Punto: O si no, será porque el mundo viejo está de regreso y funcionando, y no dará una mierda por tu nuevo mundo. Punto: Vamos a quedarnos sin comida antes de quedarnos sin una mierda que discutir o de razones para no salir. Tenemos la oportunidad de hacer algo para ayudar a que se recupere el mundo: podemos acabar con la red y evitar que sea una herramienta para los chicos malos. O podemos llevar algunas tumbonas al puente de tu Titanic personal puesto al servicio de un dulce sueño sobre un 'ciberespacio independiente'.

La cuestión era que Sario tenía razón. Se quedarían sin combustible en dos días; el consumo intermitente de la grilla había estirado la vida útil del generador. Y si uno se tragaba su hipótesis de que la Internet era utilizada como herramienta para organizar más caos, cerrarla sería lo correcto.

Pero el hijo de Felix y su esposa estaban muertos. No quería reconstruir el mundo viejo. Quería uno nuevo. El mundo viejo no tenía ningún lugar para él. Ya no más.

Van se rascó la piel herida y escamada. Nubes de piel y caspa giraron en el aire rancio y grasoso. Sario hizo una mueca.

-Eso es repugnante. Estamos respirando aire reciclado, lo sabes. Sea cual sea la lepra que tienes, es muy antisocial meterla en el suministro de aire.

-Tú eres la autoridad mundial de lo antisocial, Sario -dijo Van-. Vete o te mataré con mi herramienta múltiple.

Dejó de rascarse y palmeó los alicates que tenía envainados como un pistolero.

-Sí, soy antisocial. Tengo síndrome de Asperger[9] y no he tomado ningún medicamento en cuatro días. La tuya es una excusa de mierda.

Van se rascó algo más.

-Lo siento -dijo-. No lo sabía.

Sario lanzó una carcajada.

-Oh, eres divertidísimo. Apostaría a que tres cuartos de este grupo están al borde del autismo. Yo soy sólo un estúpido. Pero soy uno que no teme decir la verdad, y eso me hace mejor que tú, pelmazo.

-Fuckrag -dijo Felix-, vete a la mierda.

***

Les quedaba menos de un día de combustible cuando Felix fue electo Primer Ministro, el primero del Ciberespacio. El primer escrutinio fue arruinado por un robot que envió spam al proceso de votación y perdieron un día crítico mientras sumaban los votos por segunda vez.

Pero para ese entonces todo se parecía más a una broma. La mitad de los centros de datos se habían quedado a oscuras. Las redes de mapas de consultas de Google de Reina Kong se veían más y más horrorosos a medida que más del mundo quedaba fuera de línea, aunque ella mantenía actualizada una tabla de nuevas consultas; en gran parte relacionadas con salud, refugio, saneamiento y defensa propia.

La carga del gusano aflojaba. La energía se iba de muchas casas de usuarios de PC y no regresaba, de modo que sus PCs comprometidas se quedaban a oscuras. Los nodos centrales todavía estaban encendidos y parpadeando, pero las misivas de esos centros de datos se veían más y más desesperadas. Fel

ix no había comido en un día ni tenía a nadie en una estación satélite-tierra de extremo transoceánico.

El agua se estaba acabando, también.

Popovich y Rosenbaum vinieron y lo apartaron antes de que pudiera hacer más que responder algunos mensajes de felicitación y poner un discurso de aceptación grabado en los grupos de noticias.

-Vamos a abrir las puertas -dijo Popovich. Como todos, había perdido peso y se veía desaliñado y aceitoso. Su olor corporal brotaba como el vaho de un basurero en la parte de atrás de un mercado de peces en un día soleado. Felix estaba muy seguro de que no olía mejor.

-¿Vas a hacer un reconocimiento? ¿Conseguir más combustible? Podemos enviar a un grupo de trabajo para eso… buena idea.

Rosenbaum sacudió la cabeza tristemente.

-Vamos a buscar a nuestras familias. Sea lo que sea que haya afuera ya se ha quemado. O no. De cualquier manera, no hay futuro aquí.

-¿Y qué me dices del mantenimiento de la red? -dijo Felix, aunque sabía las respuestas-. ¿Quién mantendrá los ruteadores?

-Te daremos las contraseñas de todo -dijo Popovich. Sus manos temblaban y sus ojos estaban nublados. Como muchos de los fumadores atorados en el centro de datos, estaba en abstinencia esta semana.[10] Se habían quedado sin productos de cafeína dos días atrás también. Los fumadores lo pasaban mal.

-¿Y yo me quedaré aquí y mantendré todo en línea?

-Tú y cualquier otro a quien le interese.

Felix sabía que había perdido su oportunidad. La elección había parecido noble y valiente, pero en retrospectiva había sido excusa para luchas internas cuando deberían haber estado imaginando qué hacer en el futuro. El problema era que no había nada que hacer después.

-No puedo obligarte a que te quedes -dijo.

-No, no puedes. -Popovich giró sobre sus talones y se alejó. Rosenbaum lo observó, y entonces sujetó los hombros de Felix con fuerza.

-Gracias, Felix. Fue un hermoso sueño. Todavía lo es. Tal vez encontremos algo para comer y algo de combustible, entonces volveremos.

Rosenbaum tenía una hermana con quien había estado en contacto por IM durante los primeros días después de que estallara la crisis. Ella había dejado de responder. Los adminsis estaban divididos entre los que habían tenido oportunidad de decir adiós y los que no. Cada uno estaba seguro de que el otro lo pasaba mejor.

Pusieron mensajes sobre el asunto en el grupo de noticias interno; todavía eran tecnólogos, después de todo, y había una pequeña guardia de honor en la planta baja, tecnólogos que los observaron al pasar hacia las puertas dobles. Manipularon los teclados y se levantaron los cierres de acero, y el primer conjunto de puertas se abrió. Entraron en el vestíbulo y cerraron las puertas detrás de ellos. Las puertas principales se abrieron. Afuera estaba muy brillante y soleado, y aparte de que estaba vacío, parecía muy normal. Angustiosamente normal.

Lo dos avanzaron un paso vacilante hacia el mundo. Luego otro. Se volvieron para saludar con la mano a la multitud reunida. Entonces ambos se agarraron la garganta y empezaron a sacudirse y temblar, cayendo uno sobre otro en el suelo.

-¡Mier… ! -fue todo lo que Felix pudo decir antes de que ambos se sacudieran el polvo y se pusieran de pie, riéndose tanto que se tomaban el estómago. Saludaron con la mano otra vez y giraron sobre sus talones.

-Hombre, esos tipos están enfermos -dijo Van. Se rascó los brazos, que ya tenían largas rayas ensangrentadas. Su ropa estaba tan cubierta de caspa que se veía como si la hubieran rociado con azúcar impalpable.

-Creo que fue muy gracioso -dijo Felix.

-Cristo, estoy hambriento -dijo Van, en tono coloquial.

-Para tu suerte, tenemos todos los paquetes que podamos comer -dijo Felix.

-Eres demasiado bueno con nosotros los peones, Sr. Presidente -dijo Van.

-Primer Ministro -corrigió-. Y tú no eres ningún peón, eres el Asistente del Primer Ministro. Eres mi cortador de cinta designado y entregador de los extra grandes cheques de novedades.

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