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   Clásico 9 No.9

Cuando los administradores de sistema gobernaron la Tierra Por Cory Doctorow Palabras: 8274

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Van se rascó las mejillas, entonces Felix vio que se estaba secando las lágrimas.

-Sario, no te equivocas, pero tampoco tienes razón -dijo-. Dejarla cojeando es correcto. Todos vamos a estar cojeando por mucho tiempo, y tal vez sea de utilidad para alguien. Si lleva un paquete de datos desde un usuario a otro usuario cualquiera, hacia cualquier lugar en el mundo, estará haciendo su trabajo.

»Si quieres darle una muerte limpia, hazlo -dijo Felix-. Soy el PM y lo digo. Te estoy dando vía libre. A todos ustedes. -Se volvió hacia la pizarra blanca donde los trabajadores de la cafetería solían anotar los especiales del día. Ahora estaba cubierto de los restos de los acalorados debates técnicos en los que habían participado los adminsis desde El Día.

Limpió un sector con la manga y empezó a escribir largas contraseñas alfanuméricas, complicadas, cortadas por puntuaciones. Felix tenía el don de recordar esa clase de contraseñas. Dudaba que esa habilidad le sirviera de mucho, nunca más.

***

> Nos estamos yendo, kong. Combustibles casi terminados de todos modos

> sí, bien, eso es correcto entonces. Fue un honor, Sr. Primer Ministro

> ¿Vas a estar bien?

> He asignado a un joven administrador de sistema para que se encargue de mis necesidades femeninas y hemos encontrado otro caché de comida que nos alcanzará un par de semanas, ahora que quedan quince administradores - estoy en gran regocijo, amigo

> Eres asombrosa, Reina Kong, seriamente. Sin embargo, no juegues al héroe. Cuando debas irte, hazlo. Tiene que haber algo ahí afuera

> Seguro, Felix, lo digo en serio - a propósito ¿te dije que aparecieron consultas en Rumania? Tal vez se están poniendo de pie

> ¿De veras?

> Sí, realmente. Somos duros de matar - como esas cucarachas de mierda

Su conexión murió. Cambió a Firefox y recargó Google, pero estaba fuera de servicio. Pidió recargar y pidió recargar y pidió recargar, pero no subió. Cerró los ojos y escuchó a Van rascándose las piernas y luego lo escuchó teclear.

-Están otra vez arriba -dijo.

Felix suspiró con fuerza. Envió el mensaje al grupo de noticias, uno que había pasado por cinco correcciones antes de que decidiera que estaba bien.

-Cuiden el lugar, ¿de acuerdo? Algún día volveremos.

Se estaban yendo todos excepto Sario. Sario no partiría.

Sin embargo, bajó para verlos salir.

Los adminsis se reunieron en el vestíbulo. Felix hizo que la puerta de seguridad se levantara y la luz entró a raudales.

Sario extendió la mano.

-Buena suerte -dijo.

-Suerte a ti, también -dijo Felix. Sario le dio la mano con firmeza, con más fuerza que la que esperada-. Tal vez tenías razón -dijo.

-Tal vez -dijo.

-¿Vas a desconectarlos?

Sario miró hacia el techo, como si observara a los racks activos de arriba a través de los pisos reforzados. -¿Quién sabe? -dijo por fin.

Van se rascó y una nevisca de motas blancas bailó en la luz del sol.

-Busquemos una farmacia para ti -dijo Felix. Caminó hacia la puerta y los otros adminsis lo siguieron.

Esperaron que las puertas interiores se cerraran detrás de ellos y luego Felix abrió las exteriores. El aire olía y sabía a hierba cortada, como las primeras gotas de lluvia, como el lago y el cielo, como el aire libre, y el mundo, un viejo amigo del que no hemos sabido nada por una eternidad.

-Adiós, Felix -dijeron los otros adminsis. Se alejaron mientras él permanecía de pie, paralizado, en la pequeña escalera de hormigón. La luz lastimaba sus ojos y lo hacía lagrimear.

-Creo que hay una farmacia en la calle King -dijo a Van-. Lanzaremos un ladrillo contra la vidriera y tomaremos un poco de cortisona para ti, ¿de acuerdo?

-Eres el Primer Ministro -dijo Van-. Ve adelante.

***

No vieron ni un alma en la caminata de quince minutos. No se escuchaba ni un sonido excepto algunos pitidos de aves y lamentos distantes, y el viento en los cables eléctricos allá arriba. Era como caminar en la superficie de la Luna.

-Te apuesto a que tienen barras de chocolate -dijo Van.

El estómago de Felix dio un tumbo. Comida.

-Wow -dijo, tragando saliva.

Pasaron junto a un pequeño vehículo utilitario y en el asiento delantero estaba el cuerpo deshidratado de una mujer que sujetaba el cuerpo deshidratado de un bebé. Su boca estaba llena de bilis amarga, aunque el olor era aislado por las ventanas cerradas.

No había pensado en Kelly ni en 2.0 durante días. Cayó de rodillas y volvió a sufrir arcadas. Aquí afuera, en el mundo real, su familia estaba muerta. Todos sus conocidos estaban muertos. Lo único que quería era echarse sobre la acera y esperar la muerte él también.

Las ásperas manos de Van se deslizaron bajo sus axilas y tiraron de él sin fuerza.

-No ahora -dijo-. Cuando estemos seguros en algún lugar y hayamos comido algo, recién ahí y sólo ahí puedes hacer eso, pero no ahora. ¿Me comprendes, Felix? No ahora, mierda.

La blasfemia lo hizo reaccionar. Se puso de pie. Sus rodillas temblaban.

-Sólo una cuadra más -dijo Van, y puso el brazo de Felix alrededor de sus hombros y lo llevó hacia adelante.

-Gracias, Van. Lo siento.

-No hay problema -dijo-. Necesitas una ducha, mucho. Sin ofender.

-De ningún modo.

La tienda tenía una puerta metálica de seguridad, pero la habían arrancado y a las vidrieras las habían destrozado con violencia. Felix y Van pasaron por el hueco y entraron en la farmacia en penumbras. Algunos de los exhibidores estaban caídos; pero fuera de eso, todo parecía bien. Felix y Van vieron los estantes de barras de dulce junto a las cajas registradoras; se acercaron con rapidez y tomaron un puñado, como para llenarse la boca.

-Usted dos comen como cerdos.

Giraron hacia la voz de la mujer. Sostenía un hacha de incendios casi tan grande como ella. Llevaba una bata de laboratorio y zapatos bajos.

-Tomen lo que necesitan y se van, ¿de acuerdo? No tiene sentido que tengamos un problema. -Su barbilla era puntiaguda y sus ojos intensos. Parecía tener unos cuarenta años. No se parecía nada a Kelly, algo que era bueno, porque Felix tenía ganas de correr y darle un abrazo. ¡Otra persona viva!

-¿Eres médico? -dijo Felix, viendo que ella usaba vestimenta de quirófano bajo la bata.

-¿Van a irse? -Blandió el hacha.

Felix levantó las manos.

-De veras, ¿eres médico? ¿Farmacéutica?

-Hace diez años era enfermera diplomada. Ahora soy, más que nada, una diseñadora web.

-Me viste cara de tonto -dijo Felix.

-¿No has conocido chicas que supieran de computadoras?

-En realidad una amiga mía que administra el centro de datos de Google es una chica. Una mujer, quiero decir.

-No te burles de mí -dijo ella-. ¿Una mujer administraba el centro de datos de Google?

-Administra -dijo Felix-. Todavía está en línea.

-Increíble -dijo. Bajó un poco el hacha.

-Lo es. ¿Tienes algo de crema de cortisona? Puedo contarte nuestra historia. Mi nombre es Felix y éste es Van, que necesita algún antihistamínico del que luego pueda prescindir.

-¿Del que pueda prescindir? Felix, viejo amigo, tengo suficiente droga aquí para cien años. Estas cosas se van a vencer mucho antes de que se terminen. ¿Pero estás diciéndome que la red todavía está activa?

-Todavía -dijo-. Un poco. Es lo que hemos estado haciendo toda la semana. Manteniéndola en línea. Puede que no dure mucho más tiempo, sin embargo.

-No -dijo ella-. Supongo que no. -Dejó el hacha-. ¿Tienes algo para canjear? No necesito mucho, pero he tratado de mantener el ánimo comerciando con los vecinos. Es como jugar a la civilización.

-¿Tienes vecinos?

-Al menos diez -dijo-. Las personas del restaurante al otro lado de la calle hacen una muy buena sopa, aun cuando la mayor parte de los vegetales son enlatados. Me dejaron sin Sterno[14] sin embargo.

-¿Tienes vecinos y comercias con ellos?

-Bien, de alguna manera. Sin ellos estaría muy sola. He cuidado de todos los resfriados que pude. Arreglé un hueso fracturado en una muñeca. Escucha, ¿quieres un poco de Pan Maravilla y mantequilla de maní? Tengo una tonelada de eso. Parece que tu amigo necesita una comida.

-Sí, por favor -dijo Van-. No tenemos nada para cambiar, pero ambos hemos sido adictos al trabajo y aprendimos lo nuestro. ¿No necesitas ayudantes?

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