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   Clásico 10 No.10

Cuando los administradores de sistema gobernaron la Tierra Por Cory Doctorow Palabras: 8135

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-No realmente. -Hizo girar el hacha sobre su cabeza-. Pero no me molestaría un poco de compañía.

Comieron los emparedados y luego un poco de sopa que trajeron las personas del restaurante, quienes les dieron la bienvenida, aunque Felix vio que arrugaban la nariz. Supieron que había unas cañerías activas en la habitación trasera. Van entró a tomar un baño con esponja y luego lo hizo él.

-Ninguno de nosotros sabe qué hacer -dijo la mujer. Su nombre era Rosa, y les había conseguido una botella de vino y algunas tazas de plástico desechables del pasillo de artículos domésticos-. Pensé que vendrían helicópteros o tanques o incluso saqueadores, pero está tranquilo.

-Ustedes parecen haberse mantenido muy silenciosos -dijo Felix.

-No queríamos atraer la atención de gente errónea.

-¿Has pensado alguna vez en que tal vez haya muchas personas ahí afuera que hacen lo mismo? Si nos juntásemos quizás se nos ocurra algo que hacer.

-O tal vez nos corten la garganta -dijo Rosa.

Van asintió.

-Ella tiene razón.

Felix estaba de pie.

-Ni hablar, no podemos pensar así. Señora, estamos en un momento crítico. Podemos elegir abandonarnos, extinguiéndonos en nuestros agujeros ocultos, o podemos tratar de construir algo mejor.

-¿Mejor? -Ella hizo un ruido descortés.

-Bien, no mejor. Algo, quizás. Construir algo nuevo es mejor que extinguirnos. Cristo, ¿qué vas a hacer cuando hayas leído todas las revistas y comido todas las papas fritas que hay aquí?

Rosa sacudió la cabeza.

-Linda charla-dijo-. ¿Pero qué diablos vamos a hacer, de todos modos?

-Algo -dijo Felix-. Vamos a hacer algo. Algo es mejor que nada. Vamos a tomar esta parte del mundo donde las personas hablan con otras personas, y vamos a ampliarlo. Vamos a buscar a todos los que podamos y vamos a cuidarlos y ellos van a cuidarnos. Es probable que lo echemos a perder. Probablemente fallemos. Sin embargo, prefiero fallar antes que rendirme.

Van se rió.

-Felix, eres más loco que Sario, ¿sabes?

-Mañana, a primera hora, vamos a ir a sacarlo de allí. Será parte de esto, también. Todos lo serán. A la mierda el fin del mundo. El mundo no termina. Los humanos no son la clase de cosas que tienen un fin.

Rosa sacudió la cabeza otra vez, pero sonreía un poco ahora.

-¿Y tú serás qué, el Papa-Emperador del mundo?

-Prefiere ser Primer Ministro -dijo Van en un susurro teatral. Los antihistamínicos habían hecho milagros en su piel, y se había desteñido del rojo furioso a un agradable rosado.

-¿Quieres ser Ministro de Salud, Rosa? -dijo.

-Niños -dijo-. Están jugando. Qué me dices de esto. Ayudaré cuando pueda, siempre que no me pidas que te llame Primer Ministro y que nunca me llames Ministro de Salud.

-Trato hecho -dijo.

Van volvió a colmar sus vasos, invirtiendo la botella de vino para sacarle las últimas gotas.

Levantaron las copas.

-Por el mundo -dijo Felix. Por la humanidad, pensó con fuerza. Por la reconstrucción.

-Por algo -dijo Van.

-Por cualquier cosa -dijo Felix-. Por todo.

-Por todo -dijo Rosa.

Bebieron. Quería ir a ver la casa; ver a Kelly y a 2.0, aunque su estómago se revolvía ante la idea de lo que podría encontrar. Al día siguiente, empezaron a reconstruir. Y meses después, volvieron a empezar otra vez, cuando los desacuerdos rompieron el grupo pequeño y frágil que habían logrado. Y un año después, volvieron a empezar otra vez. Y cinco años después, comenzaron otra vez.

Cuando se dirigió a su casa, habían pasado casi seis meses. Van lo ayudaba, montado detrás de él en una bicicleta como las que usaban para recorrer la ciudad. Cuanto más al norte iban, más fuerte se ponía el olor a madera quemada. Había montones de casas calcinadas. A veces los merodeadores quemaban las casas que habían saqueado, pero más a menudo era la naturaleza, la clase de incendios que había en los bosques y en las montañas. Había seis manzanas humeantes y ardientes en las que todas las casas estaban quemadas.

Pero el viejo complejo habitacional de Felix aún estaba en pie, un inquietante oasis de

edificios inmaculados en los que parecía que sus propietarios, un poco descuidados, hubieran salido a comprar algo de pintura y hojas nuevas de cortadoras de césped para poner en condiciones sus viejas casas.

Eso, de algún modo, era peor. Descendió de la bicicleta en la entrada de casa y caminaron con las bicicletas en silencio, escuchando el susurro del viento en los árboles. El invierno se había atrasado ese año, pero estaba llegando, y a medida que su sudor se secaba al viento, Felix empezó a temblar.

Ya no tenía sus llaves. Estaban en el centro de datos, meses y mundos atrás. Probó la manija, pero no giró. Aplicó su hombro a la puerta y la arrancó de la jamba húmeda, podrida, con un fuerte sonido de astillas. La casa se estaba pudriendo desde adentro.

La puerta chapoteó al caer al suelo. La casa estaba llena de agua estancada, diez centímetros de hedionda agua espumosa en la sala. Fue metiendo sus pies con cautela por ella, sintiendo que las tablas del piso se hundían como esponja debajo de cada paso.

Subió la escalera, con la nariz llena de ese terrible hedor mohoso. En el dormitorio, el mobiliario era familiar como un amigo de la infancia.

Kelly estaba en el lecho con 2.0. Por la forma en que estaban tendidos, quedaba claro que su muerte no había sido fácil; era una doble rosca, Kelly curvada alrededor de 2.0. Sus cuerpos estaban hinchados, lo que los hacía casi irreconocibles. El olor… Dios, el olor.

La cabeza de Felix dio vueltas. Pensó que iba a caer y se agarró del tocador. Una emoción que no podía nombrar -¿rabia, cólera, pena?- le hizo respirar con fuerza, tragar aire como si se estuviera ahogando.

Y entonces ya estaba. Ese mundo estaba terminado. Kelly y 2.0… acabados. Y tenía un trabajo que hacer. Los envolvió con la manta; Van lo ayudó, con solemnidad. Fueron al jardín delantero y se turnaron para cavar, usando la pala del garaje que Kelly utilizaba para la jardinería. Para aquel entonces ya tenían mucha experiencia en cavar tumbas. Mucha experiencia manejando muertos. Cavaron mientras unos perros atentos los observaban desde la hierba alta de los jardines cercanos. Pero también eran buenos para alejar perros, lanzándoles huesos con precisión.

Cuando la tumba estuvo lista, pusieron a descansar en ella a la esposa y al hijo de Felix. Felix buscó las palabras que debía decir allí, sobre el montículo, pero no le vino nada. Había cavado tantas tumbas para las esposas de tantos hombres y para los maridos de tantas mujeres y para tantos niños… Las palabras se habían ido mucho tiempo atrás.

Felix cavó zanjas, recuperó latas y enterró muertos. Plantó y cosechó. Arregló algunos automóviles y aprendió a hacer biodiesel. Finalmente fue a parar a un centro de datos de un pequeño gobierno; los pequeños gobiernos iban y venían, pero éste era lo bastante inteligente como para querer guardar registros, y necesitaba que alguien mantuviera todo en funcionamiento. Y Van fue con él.

Pasaron mucho tiempo en salas de chat y a veces se encontraron con los viejos amigos de aquel extraño tiempo en que habían estado dirigiendo la República Distribuida del Ciberespacio, técnicos que insistían en llamarlo PM, aunque nunca nadie en el mundo real lo llamó así.

La mayor parte del tiempo no era una buena vida. Las heridas de Felix nunca sanaron, ni tampoco las de la mayoría de las otras personas. Había enfermedades prolongadas y otras repentinas. Tragedia sobre tragedia.

Pero a Felix le gustaba su centro de datos. Allí, en el murmullo de los racks, nunca sentía que fueran los primeros días de una nación mejor, pero tampoco que alguno de esos días fuera el último.

> vete a dormir, felix

> Pronto, kong, pronto - casi tengo esta copia de seguridad corriendo

> eres insaciable, muchacho.

> Mira quién habla

Recargó la página de inicio de Google. Reina Kong la había tenido en línea hasta ahora, durante un par de años. Las O de Google cambiaban todo el tiempo, siempre que lo deseaba. Hoy eran pequeños globos de tira cómica, uno sonriendo, el otro frunciendo el ceño.

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