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   Clásico 1 No.1

En casa del oculista By Dimitrios Vikelas Palabras: 8096

Updated: 2018-11-14 00:03


Capítulo 1

EL comedor del doctor en el que los clientes aguardaban el turno de la visita estaba casi vacío. Eran las once de la mañana y el doctor recibía desde las nueve á las once y media. Por la mañana, á primera hora, hacía su visita al hospital y después del mediodía visitaba los enfermos en sus casas. Su numerosa clientela no se limitaba sólo á los habitantes de Atenas, porque su fama de excelente oculista, se había extendido á provincias y hasta al extranjero. Los enfermos acudían á él de todas partes, teniendo muy particular cuidado de llegar puntuales para tomar buen sitio, de manera que era muy raro que alguien se presentase pasadas las once. Por esta razón, la cocinera que desde la cocina situada en el patio abría la puerta tirando un cordón, y mostraba á los visitantes la entrada de la casa, en frente la cocina, v la puerta del comedor, á la derecha, al mismo nivel del patio, en aquella hora cesaba ya de ordinario de ocuparse en recibir clientes para entregarse exclusivamente á la preparación del almuerzo.

Faltaban todavía para ver al médico tres clientes, ó por mejor decir, cuatro; una señora elegante con una niña cuyos ojos estaban cubiertos con un vendaje de tela blanca; un señor de mediana edad, que llevaba anteojos, pero que en apariencia no tenía daño alguno en la vista, y un jóven.

Este último seguía la carrera de letras y se preparaba para sus exámenes. El pobre sufría mucho y tenía constantemente la mano sobre su ojo izquierdo. Le tocaba ya el turno y aguardaba con verdadera impaciencia, de pie, y con el ojo derecho fijo en la puerta del despacho del oculista.

El hombre de mediana edad, era nada menos que el subprefecto de la isla de Santorín. Aprovechando su permanencia en Atenas iba á consultar al oculista gratis, porque ya le había pagado una consulta un año antes, á fin de saber si debía cambiar sus cristales por otros más fuertes.

El buen subprefecto se moría de ganas de entablar conversación con los que se encontraban en el salón de espera á fin de pasar mejor y más aprisa el tiempo, pero sus tentativas para lograrlo fracasaron todas. El estudiante contestó muy lacónicamente, casi con brusquedad, a su pregunta de si padecía á consecuencia del exceso de estudio. La dama elegante dando á entender que no había oído las frases de galantería á propósito de la paciencia de su hija, continuó hablando con ella en voz tan baja, que á penas se oía su murmullo.

Desesperado el subprefecto metió su mano en la faltriquera, y después de haber revuelto y buscado entre los diferentes papeles, sacó el diario de la isla de Santorín, recibido días antes, y comenzó á leer el artículo de fondo, el cual se sabía de memoria, pero con la pena de no poder hacerlo en voz alta, de manera que lo oyeran el estudiante la elegante dama.

El artículo en cuestión decía lo siguiente:

«El señor subprefecto partió ayer para Atenas. Deseamos su pronto regreso para bien de nuestra isla. Y sin embargo, con verdadero dolor, nacido de un sentimiento de egoísmo, reproducimos, cumpliendo con el deber de periodistas, el rumor que corre hace días en la capital de que el subprefecto ha sido llamado por el Gobierno, para destinarle á un lugar más elevado y más digno de sus grandes merecimientos.»

Nada de esto era exacto. En primer lugar nadie se había ocupado en la capital del subprefecto de Santorín. Luego el dicho señor subprefecto no fué llamado por el Gobierno, sino que se había marchado gracias á una licencia conseguida con mucha pena y trabajo, por pretextos de salud. Por último, no se trataba de ningún ascenso, sino del temor de una cesantía, en cuanto que el diputado que le protegía, quejoso del Gobierno por negarse á algunas reclamaciones suyas que el ministro juzgó excesivas, negociaba ya las condiciones de su ingreso en las filas de la oposición. Todo esto lo sabía el subprefecto y por esta razón, corrió á Atenas en busca de nuevos apoyos, utilizando las numerosas relaciones de su esposa. Por fortuna para él, el asunto se había arreglado gracias á re

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ciprocas concesiones, y el diputado continuó dando sus votos al ministerio y siendo fiel á sus convicciones políticas y á sus sentimientos patrióticos, y el subprefecto tranquilo en su cargo pudo pensar en el número de sus espejuelos, justificando de esta suerte la licencia de su marcha. Todo esto sea dicho en paréntesis.

El artículo seguía en el mismo tono: «Sin querer hacer agravio á su desconocido sucesor, no podemos menos de expresar nuestro profundo y sincero pesar ante la amenaza de la pérdida de tal subprefecto. Nos queda, empero, la esperanza de que llevado de su bondad para nuestra isla, tantas veces demostrada, aprovechará todos los ascensos de su carrera en beneficio de la misma, continuando prestándole su atención y el concurso de su ilustrada inteligencia.»

El artículo proseguía en el mismo tono, ensalzando al subprefecto hasta las nubes. Bien conocía él al articulista; era un primo de su mujer, al que consiguió nombrar maestro de la escuela de Santorín, gracias á la influencia del citado diputado. Conocía también que aquellas frases no traducían exactamente los sentimientos de sus administrados, ni decían tampoco toda y sola la verdad. Mas no por eso le alegraba y le alhagaba menos el ver su nombre celebrado en letras de molde y, mientras lo leía, pensaba de que medios se valdría para lograr la reproducción del artículo, aunque fuera en extracto, en algún periódico de Atenas, y se recreaba de antemano con la impresión que el diario de la capital causaría en Santorín, sobre todo en fulano y mengano, los caciques de la facción contraria.

Capítulo 2

NUESTRO subprefecto leía pues, ó hacía ver que leía, en tanto que la dama elegante y su hijita continuaban cambiando sus murmullos, y que el estudiante, de pie siempre, aguardaba que la puerta se abriera.

Una calma completa reinaba en el comedor. De pronto oyóse en la parte de afuera una conversación muy animada. Al principio, como que la discusión tenía lugar en el patio, no se distinguía claramente el asunto; pero gradualmente las personas se fueron acercando á la puerta. Dos voces eran las que se oían; la de la criada y otra de una mujer. La de esta última, humilde, de timbre muy dulce, y era preciso prestar gran atención para reconocer que era de una mujer ya entrada en años.

-Os digo que hoy no se le puede ver ya, decía la muchacha.

-¡Pues me han dicho que hoy recibía!

-Es verdad, por las mañanas á primera hora, recibe en el hospital. Id mañana allá y lo vereis.

-Pero me han dicho que le podríamos ver aquí.

-¡Y qué importa lo que os hayan dicho! ¡Escuchad lo que yo os digo!

-¿Mas no me acabáis de decir hace un momento que estaba en casa?

-Y no lo niego; está en casa.

-¡Pues bien! nos recibirá. Me han dicho que el doctor era una persona excelente.

-¡Vuelta otra vez con lo que os han dicho! Lo que yo os digo es que vayáis al hospital.

-¿Y que sé yo por ventura donde está el hospital? Quisiera verle aquí.

-¿Cómo he de hacerme entender? Aquí no recibe más que á la gente que paga.

-¿Y quién os ha dicho que no le pagaré?

Esta respuesta acalló los argumentos y la resistencia de la gruñona criada, la cual se entregó, aunque no sin protestar.

-Desde el momento en que no queréis oir la razón, le dijo, entendeos con él. Fié ahí la puerta.

Cesó el diálogo y va en la entrada y sobre las losas de mármol blanco, se ovó el ruido de pasos pesados, que anunciaban la presencia de otra persona, que acompañaba á la vieja de la voz dulce.

Entre tanto el subprefecto había interrumpido su lectura. Con el diario desplegado sobre las rodillas se enteró de todo el diálogo; y ahora escuchaba atentamente el sordo ruido de pasos que avanzaban con lentitud y vacilación. La niña levantando de sus ojos la venda que los cubría, preguntaba á su madre con inquietud:-¿Qué pasa?-¿Qué dicen? El estudiante dejando de observar á la puerta del despacho del doctor, dirigió su ojo sano hacia la entrada de la antesala. Todos aguardaban con curiosidad la llegada de los que venían.

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