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   Capítulo 25 Acusado de asesinato

Nunca Es Suficiente Por H. NICODEMUS Palabras: 10841

Actualizado: 2020-02-28 00:24


A John le llevó un rato orientarse. "Así que es por eso", dijo, sonriendo juguetón. "¡Te deseo un feliz periodo!".

"Te deseo lo mismo a ti", bromeó Sofía, riendo con ligereza.

John inclinó la cabeza para estudiar a la mujer que tenía delante. La luz del sol perfilaba su delicada silueta, haciéndola parecer casi angelical.

Sacudiendo la cabeza, se disculpó y le dijo que tenía algo de trabajo que terminar. Después de despedirse de ella, la dejó sola en la azotea. Ella sonrió para sí misma, al recordar la conversación tan divertida que acababan de tener. Luego, decidió volver abajo también y cuando se dio la vuelta, se quedó de piedra.

Víctor estaba allí, mirándola. '¿Por qué está aquí?', se preguntaba.

Él fruncía el ceño profundamente. ¿Por qué estaba sonriendo?

¿Por qué estaba tan feliz después de que él la echara? "Te pedí que salieras, pero no para divertirte", dijo con frialdad. "Hay una pila de archivos a la espera de ser ordenados. ¡Ponte a trabajar ahora mismo!".

Después de regañarla, se dio la vuelta abruptamente y se fue, dejándola confundida. ¿Cuál era su problema? Ella no había hecho nada para provocarlo. '¿Acaso también tiene el período?', refunfuñó.

Se dice que es difícil conocer los pensamientos de una mujer, pero los hombres son iguales. ¡Víctor era incluso peor que una mujer durante el período!

Cuando Sofía regresó a su escritorio, encontró un montón de documentos sobre él. Frunció el ceño. ¿Es que todos en esta empresa estaban de vacaciones? Víctor notó su mirada de desdén y sonrió levemente.

"Si me lo suplicas, podría quitarte de encima esos archivos", le dijo, mientras tomaba un sorbo de café y la miraba desde donde estaba sentado, esperando a ver su reacción.

"¿Conoces el dicho?", preguntó ella, tomando una carpeta y hojeándola.

Sin decir una palabra, él siguió tomando un sorbo de café.

Ella colocó el pelo detrás de las orejas dejando ver la silueta pálida de su cuello. Le miró, con hermosos ojos desafiantes, y dijo: "'El éxito consiste en depender solo de ti y no confiar en nadie'".

Víctor resopló, y casi se ahoga con su café, tosió levemente e ignoró la cuestión.

El tiempo pasó volando y, antes de que Sofía se diera cuenta, llegó el momento de salir del trabajo. Había trabajado muy duro en su primer día, se sentía bastante satisfecha de sí misma y, justo cuando estaba a punto de preparar sus cosas, Víctor le mostró las llaves del auto y le indicó que era hora de irse a casa.

"Ve delante", dijo a la ligera, sin siquiera mirarlo. "Aún tengo algo de trabajo por hacer".

Él se encogió de hombros, como diciendo: "Haz lo que quieras". Todavía estaba indignado por lo que había sucedido aquel día, así que estaba dispuesto a dejarla sola.

John había estado ocupado todo el día y se estaba preparando para salir de la oficina. Se puso de pie y se estiró, luego caminó hacia el ascensor. Mientras se acercaba a la oficina del director ejecutivo, vio salir a Víctor. Sin embargo, la luz del interior seguía encendida así que echó un vistazo desde la ventana y vio a Sofía dentro, todavía trabajando duro.

'El afán de trabajar de esta chica es casi tan alto como el de los empleados senior', pensó. Se rio para sí mismo y fue hacia el ascensor con una sonrisa en su rostro.

Luego, fue directamente a una tienda de sushi cercana abierta las 24 horas y compró un bocadillo de medianoche. Había imaginado que la chica tendría hambre puesto que estaba trabajando hasta muy tarde.

Cuando regresó a la oficina, se la encontró con una taza de café. Cuando vio las bolsas de plástico con comida en sus manos, ella sonrió y preguntó: "¿Esto es para mí?".

"Por supuesto", respondió John, con la mayor indiferencia posible mientras colocaba la comida en su escritorio. Echó una rápida mirada a todos los documentos que había sobre la mesa y se quedó secretamente sorprendido. ¡Había una montaña de archivos!

"Gracias", respondió ella con dulzura. "Siéntate. Te prepararé una taza de café". Cuando le dio a la taza de café, se sentó frente a él. Sentados a ambos lados del escritorio, charlaron un rato.

Él sacó el sushi de la caja y se lo pasó. "¿El director te dio tanto trabajo? ¿Qué hiciste para ofenderlo?", preguntó. Llevaba mucho tiempo trabajando como asistente del director ejecutivo pero era la primera vez que veía a su jefe intimidar a un recién llegado.

"No lo sé", suspiró ella con amargura. "Es irracional y desagradable. Estoy segura de que me pidió que hiciera todo este trabajo solo para hacerme pasar un mal rato".

"Sigue aguantando", le dijo él para darle ánimos. "Pronto lo habrás superado". Tomó un sorbo de café, sumido en sus pensamientos y añadió: "Nuestro jefe es una buena persona. De alguna manera, lo descubrirás".

"Bueno, supongo que debo haberme cargado toda una galaxia en una vida anterior para haberme ganado el honor de conocer a una persona tan 'agradable'!", bromeó ella.

"Bueno, entonces supongo que nuestro jefe debe haber salvado una galaxia entera en su vida anterior para haber conseguido una ayudante tan buena", respondió él.

Sofía se quedó sin habla ante aquellas palabras y la oficina se quedó en silencio. Sus mejillas se sonrojaron con un tono brillante a causa de la vergüenza.

John se tocó la nariz con torpeza. La atmósfera de repente se había vuelto tan extraña. "¿Dije algo malo?".

"¡No, no lo hiciste!", respondió ella, con una son

risa poco natural en su rostro. Excepto decir que no, no pudo decir nada más. Ella también se sentía indefensa.

John parecía estar a punto de decir algo cuando, de pronto, un fuerte tono de llamada le interrumpió. Miró su teléfono y dijo: "Tengo que responder".

Ella asintió: "Claro, adelante".

Después de que se fuera John, ella atacó el sushi que le había comprado. Tenía tanta hambre que sintió que podía comerse un caballo. Mientras comía, él hablaba por teléfono muy serio.

A medida que escuchaba lo que decía su colega, su rostro se ponía cada vez más serio.

"Primero, detén el contrato", dijo. "¡Ese contrato no se le puede entregar al socio!". Por primera vez en mucho tiempo, se impacientó un poco.

Guardó el teléfono en el bolsillo y regresó a la oficina del director general para despedirse de Sofía. Tenía que irse de inmediato. Una vez que se marchó, ella se sintió de repente sola en aquella oficina tan grande y vacía.

Después de terminar todo el sushi, volvió al trabajo.

En ese momento, Víctor, que debería haber estado durmiendo en casa, estaba plantado delante del edificio, en medio del frío. '¿Por qué esa estúpida mujer no suplicó clemencia? ¿Qué está haciendo todavía en la oficina?', pensó enfadado, apretando los dientes contra el viento frío.

Nunca habría admitido que todo esto era culpa suya. Él era quien deliberadamente le había dificultado las cosas, dándole todo el trabajo que estaba destinado a John. Si no hubiera sido por él, no estaría parado allí en mitad del frío helado en ese momento. Parecía que el karma era rápido y helado.

Los guardias de seguridad, apostados en la entrada del Grupo YS, miraron a su jefe, en quien confiaban para ganarse la vida, vagando sin rumbo fijo. Intercambiaron miradas confusas entre sí, sin saber qué hacer.

Se rumoreaba que le gustaban los hombres, por lo que se preguntaron si su jefe se había enamorado de ellos. Ese mero pensamiento envió escalofríos por sus espaldas. Esa noche era... especialmente fría...

Sofía finalmente terminó y guardó el último archivo. Se apoyó en su silla y miró la hora. Ya era por la mañana temprano.

"A juzgar por la actitud de Víctor hacia mí, creo que incluso si me voy a casa ahora, me lo hará pasar mal", reflexionó. Y entonces, llegó a una conclusión: "Será mejor que me quede aquí".

Después de ordenar los documentos en su escritorio, apagó la luz y trató de ponerse cómoda en su escritorio. No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a roncar suavemente.

Desde fuera, Víctor vio que las luces de su oficina se apagaban, así que se arregló la ropa y esperó a que saliera Sofía. Pasaban los minutos y, aun así, no salía.

"¿Qué diablos está haciendo esa estúpida mujer?", dijo entre dientes. "¿Por qué no ha bajado? ¿Es que va a dormir en la oficina?".

Irrumpió en el edificio y se dirigió directamente al ascensor.

Cuando entró en su oficina, encontró a una mujer dormida y temblorosa desplomada sobre su mesa. Se acercó, frunció el ceño profundamente y se quitó el abrigo. Suavemente, la envolvió alrededor con él y murmuró con suavidad: "¿Es realmente tan difícil para ti decirme algo agradable?".

Exhaló un suspiro de impotencia. A pesar de que ella era solo su compañera sexual, podía estar seguro de que ella no era como las otras mujeres de su vida.

Decidió dejarla dormir y, para matar el tiempo, tomó, con indiferencia, algunos de los archivos en los que ella había trabajado. Mientras los hojeaba, sus ojos se abrieron como platos, por la sorpresa. No tenía ni idea de que esa mujer tan estúpida pudiera hacer un trabajo tan excelente.

Como no tenía sueño, decidió revisar todos los documentos que había sobre la mesa. No importa lo meticuloso que fuera en su búsqueda, porque no pudo encontrar ningún error.

Pasaron las horas con rapidez. El cielo se puso de un color púrpura brillante cuando el sol ascendió por el horizonte. Pero, aun así, era temprano y la oficina todavía estaba vacía. Víctor salió apresuradamente a comprar el desayuno. Desconcertado, solo entonces se dio cuenta de que no tenía idea de qué tipo de comida le gustaba a Sofía.

Encogiendo los hombros, decidió comprarle todo tipo de cosas y regresó a la empresa con muchas bolsas llenas de comida.

Los ojos de Sofía parpadearon y se abrieron lentamente. Se sentó y se frotó los párpados, que notaba muy pesados.

Medio dormida, recogió un abrigo del suelo que le resultó familiar. ¿No era ese el abrigo de Víctor? ¿Le puso el abrigo mientras dormía? '¿Estoy soñando?'.

Antes de que pudiera pararse a pensar en ello la inundó un delicioso aroma y, solo entonces, se dio cuenta de la variedad de alimentos que tenía delante de ella para desayunar. Levantó la cabeza confundida y vio a Víctor, que miraba fijamente la pantalla de su ordenador.

Ni siquiera se molestó en mirarla. "Tenía miedo de que te murieras de hambre", dijo con sequedad. Pero, mientras hablaba, se le notaba un poco diferente.

"¿Tienes miedo de que me muera de hambre, o estás tratando de matarme de un empacho?", respondió malhumorada. "¿Por qué compraste todo esto? ¡No soy un cerdo!". Aunque sus palabras fueron mordaces, estaba interiormente muy agradecida. Si no tuviera nada para desayunar esa mañana, su estómago empezaría a revolverse.

"Sí, lo eres", dijo Víctor, mientras ella se atragantaba con la comida.

Refunfuñando, pensó: "¿Puedo acusarle de asesinato?".

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