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   Clásico 6 No.6

Relatos escogidos II Por Edgar Allan Poe Palabras: 8942

Actualizado: 2018-11-14 00:04


La mettroit au sac;

De Charon je passerois le lac

En dormant dans son bac;

J'irois au fier Eac,

Sans que mon cœur fit tic ni tac,

Présenter du tabac.

-Vaudeville

No creo que ninguno de los parroquianos que, durante el reino de… frecuentaban el pequeño café en el cul-de-sac Le Febre, en Rúan, esté dispuesto a negar que Pierre Bon-Bon era un restaurateur de notable capacidad. Me parece todavía más difícil negar que Pierre Bon-Bon era igualmente bien versado en la filosofía de su tiempo. Sus pâtés de foies eran intachables, pero, ¿qué pluma podría hacer justicia a sus ensayos sur la Nature, a sus pensamientos sur l'âme, a sus observaciones sur l'esprit? Si susomelettes, si sus fricandeaux eran inestimables, ¿qué literato de la época no hubiera dado el doble por una idée de Bon-Bon que por la despreciable suma de todas las idéesde los savants? Bon-Bon había explorado bibliotecas que para otros hombres eran inexploradas; había leído más de lo que otros podían llegar a concebir como lectura, había comprendido más de lo que otros hubieran imaginado posible comprender; y si bien no faltaban en la época de su florecimiento algunos escritores de Rúan para quienes «su dicta no evidenciaba ni la pureza de la Academia, ni la profundidad del Liceo», y a pesar, nótese bien, de que sus doctrinas no eran comprendidas de manera muy general, no se sigue empero de ello que fuesen difíciles de comprender. Pienso que su propia evidencia hacía que muchas personas las tomaran por abstrusas. Kant mismo -pero no llevemos las cosas más allá- debe principalmente su metafísica a Bon-Bon. Este no era platónico ni, hablando en rigor, aristotélico; tampoco, a semejanza de Leibniz, malgastaba preciosas horas que podían emplearse mejor inventando una fricassée o, facili gradu, analizando una sensación, en frívolas tentativas de reconciliar todo lo que hay de inconciliable en las discusiones éticas. ¡Oh no! Bon-Bon era jónico. Bon-Bon era igualmente itálico. Razonaba a priori. Razonaba a posteriori. Sus ideas eran innatas… o de otra manera. Creía en Jorge de Trebizonda. Creía en Bessarion. Bon-Bon era, enfáticamente… Bon-Bonista.

He hablado del filósofo en su calidad de restaurateur. No quisiera, empero, que alguno de mis amigos vaya a imaginarse que, al cumplir sus hereditarios deberes en esta última profesión, nuestro héroe dejaba de estimar su dignidad y su importancia. ¡Lejos de ello! Hubiera sido imposible decir cuál de las dos ramas de su trabajo le inspiraba mayor orgullo. Opinaba que las facultades intelectuales estaban íntimamente vinculadas con la capacidad estomacal. Incluso no creo que estuviera muy en desacuerdo con los chinos, para quienes el alma reside en el estómago. Pensaba que, como quiera que fuese, los griegos tenían razón al emplear la misma palabra para la mente y el diafragma. No pretendo insinuar con esto una acusación de glotonería, o cualquier otra imputación grave en perjuicio del metafísico. Si Pierre Bon-Bon tenía sus debilidades -¿y qué gran hombre no las tiene por miles?-, eran debilidades de menor cuantía, faltas que, en otros caracteres, suelen considerarse con frecuencia a la luz de las virtudes. Con respecto a una de estas debilidades, ni siquiera la mencionaría en este relato si no fuera por su notable prominencia, el extremo alto rilievo con que asoma en el plano de sus características generales. Hela aquí: jamás perdía la oportunidad de hacer un trato.

No digo que fuera avaricioso… nada de eso. Para la satisfacción del filósofo, no era necesario que el trato fuese ventajoso para él. Con tal que se hiciera el convenio -de cualquier género, término o circunstancia-, veíase por muchos días una triunfante sonrisa en su rostro y un guiñar de ojos llenos de malicia que daba pruebas de su sagacidad.

Un humor tan peculiar como el que acabo de describir hubiera llamado la atención en cualquier época, sin que tuviera nada de maravilloso. Pero en los tiempos de mi relato, si esta peculiaridad no hubiese llamado la atención, habría sido ciertamente motivo de maravilla. Pronto se llegó a afirmar que, en todas las ocasiones de este género, la sonrisa de Bon-Bon era muy diferente de la franca sonrisa irónica con la cual reía de sus propias bromas, o recibía a un conocido. Corrieron rumores de naturaleza inquietante; repetíanse historias sobre tratos peligrosos, concertados en un segundo y lamentados con más tiempo; y se citaban ejemplos de inexplicables facultad

es, vagos deseos e inclinaciones anormales, que el autor de todos los males suele implantar en los hombres para satisfacer sus propósitos.

El filósofo tenía otras debilidades, pero apenas merecen que hablemos de ellas en detalle. Por ejemplo, es sabido que pocos hombres de extraordinaria profundidad de espíritu dejan de sentirse inclinados a la bebida. Si esta inclinación es causa o más bien prueba de esa profundidad, es cosa más fácil de decir que de demostrar. Hasta donde puedo saberlo, Bon-Bon no consideraba que aquello mereciera una investigación detallada, y tampoco yo lo creo. Empero, al ceder a una propensión tan clásica, no debe suponerse que el restaurateur perdía de vista esa intuitiva discriminación que caracterizaba al mismo tiempo sus ensayos y sus tortillas. Cuando se encerraba a beber, el vino de Borgoña tenía su honra, y había momentos destinados al Côte du Rhone. Para él, el Sauternes era al Medoc lo que Catulo a Homero. Podía jugar con un silogismo al probar el St. Peray, desenredar una discusión frente al Clos de Vougeot y trastornar una teoría en un torrente de Chambertin. Bueno hubiera sido que un análogo sentido del decoro lo hubiese detenido en la frívola tendencia a que he aludido más arriba, pero no era así. Por el contrario, dicho trait del filosófico Bon-Bon llegó a adquirir a la larga una extraña intensidad, un misticismo, como si estuviera profundamente teñido por la diablerie de sus estudios germánicos favoritos.

Entrar en el pequeño café del cul-de-sac Le Pebre, en la época de nuestro relato, era entrar en el sanctum de un hombre de genio. Bon-Bon era un hombre de genio. No había un sólo sous-cuisinier en Rúan que no afirmara que Bon-Bon era un hombre de genio. Hasta su gato lo sabía, y se cuidaba mucho de atusarse la cola en su presencia. Su gran perro de aguas estaba al tanto del hecho y, cuando su amo se le acercaba, traducía su propia inferioridad conduciéndose admirablemente y bajando las orejas y las mandíbulas de manera bastante meritoria en un perro. Sin duda, empero, mucho de este respeto habitual podía atribuirse a la apariencia del metafísico. Un aire distinguido se impone, preciso es decirlo, hasta a los animales; y mucho había en el aire del restaurateur que podía impresionar la imaginación de los cuadrúpedos. Siempre se advierte una majestad singular en la atmósfera que rodea a los pequeños grandes -si se me permite tan equívoca expresión- que la mera corpulencia física no es capaz de crear por su sola cuenta. Por eso, aunque Bon-Bon tenía apenas tres pies de estatura y su cabeza era minúscula, nadie podía contemplar la rotundidad de su vientre sin experimentar una sensación de magnificencia que llegaba a lo sublime. En su tamaño, tanto hombres como perros veían un arquetipo de sus capacidades, y en su inmensidad, el recinto adecuado para su alma inmortal.

En este punto podría -si ello me complaciera- extenderme en cuestiones de atuendo y otras características exteriores de nuestro metafísico. Podría insinuar que llevaba el cabello corto, cuidadosamente peinado sobre la frente y coronado por un gorro cónico de franela con borlas; que su chaquetón verde no se adaptaba a la moda reinante entre los restaurateurs ordinarios; que sus mangas eran algo más amplias de lo que permitía la costumbre; que los puños no estaban doblados, como ocurría en aquel bárbaro período, con el mismo material y color de la prenda, sino adornados de manera más fantasiosa, con el abigarrado terciopelo de Génova; que sus pantuflas eran de un púrpura brillante, curiosamente afiligranado, y que se las hubiera creído fabricadas en el Japón de no ser por su exquisita terminación en punta y la brillante coloración de sus bordados y costuras; que sus calzones eran de esa tela amarilla semejante al satén, que se denomina aimable; que su capa celeste, que por la forma semejaba una bata, ricamente ornamentada con dibujos carmesíes, flotaba gentilmente sobre los hombros como la niebla de la mañana… y que este tout ensemble fue el que dio origen a la notable frase de Benevenuta, la Improvisatrice de Florencia, al afirmar «que era difícil decir si Pierre Bon-Bon era realmente un ave del paraíso, o más bien un paraíso de perfecciones». Podría, como he dicho, explayarme sobre todos estos puntos si ello me complaciera, pero me abstengo; los detalles meramente personales pueden ser dejados a los novelistas históricos, pues se hallan por debajo de la dignidad moral de la realidad.

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