ManoBook > Literatura > Relatos escogidos II

   Clásico 8 No.8

Relatos escogidos II Por Edgar Allan Poe Palabras: 7927

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Movido por tan elevadas miras, nuestro héroe invitó a sentarse al caballero visitante, mientras echaba nuevos leños al fuego y colocaba sobre la mesa, devuelta a su primitiva posición, algunas botellas de Mousseux. Completadas rápidamente estas operaciones, puso su sillón vis-à-vis con el de su compañero y esperó a que este último iniciara la conversación. Pero los planes, aun los más hábilmente elaborados, suelen verse frustrados en la aplicación, y el restaurateur quedó estupefacto ante las primeras palabras de su visitante.

-Veo que me conoce usted, Bon-Bon -dijo-. ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Ji, ji, ji! ¡Jo, jo, jo! ¡Ju, ju, ju!

Y el diablo, renunciando bruscamente a la santidad de su apariencia, abrió en toda su capacidad una boca de oreja a oreja, como para mostrar una dentadura mellada pero terriblemente puntiaguda, y, mientras echaba la cabeza hacia atrás, rió larga y sonoramente, con maldad, con un resonar estentóreo, mientras el perro negro, agazapado, se agregaba al clamoreo, y el gato, huyendo a la carrera, se erizaba y maullaba desde el rincón más alejado del aposento.

Pero nada de esto fue imitado por el filósofo; era un hombre de mundo y no rió como el perro ni traicionó su temblor con maullidos como el gato. Preciso es confesar que estaba algo asombrado al ver que las blancas letras que formaban las palabras Rituel Catholique sobre el libro que sobresalía del bolsillo de su huésped se transformaban instantáneamente en color y en sentido, y que en lugar del título original brillaban con rojo resplandor las palabras Registre des Condamnés. Esta sorprendente circunstancia dio a la respuesta de Bon-Bon un tono un tanto confuso que, de lo contrario, creemos, no hubiera tenido.

-Pues bien, señor -dijo el filósofo-. Pues bien, señor… para hablar sinceramente… creo que usted es… palabra de honor… que es el di… quiero decir que, según me parece, tengo una vaga… muy vaga idea del alto honor que…

-¡Oh, ah! ¡Sí, perfectamente! -interrumpió su Majestad-. ¡No diga usted más! ¡Ya me doy cuenta!

Y, quitándose los anteojos verdes, limpió cuidadosamente los cristales con la manga de su chaqueta y los guardó en el bolsillo.

Si Bon-Bon se había asombrado por el incidente del libro, su asombro creció enormemente ante el espectáculo que se presentó ante él. Al levantar los ojos, lleno de curiosidad por conocer el color de los de su huésped, se encontró con que no eran negros, como había imaginado; ni grises, como podía haberlo imaginado; ni castaños o azules, ni amarillos o rojos, ni purpúreos o blancos, ni verdes… ni de ningún otro color de los cielos, de la tierra o de las aguas. En resumen, no solamente Bon-Bon vio claramente que su Majestad no tenía ojos de ninguna especie, sino que le resultó imposible descubrir la menor señal de que hubieran existido en otro momento; pues el espacio donde debían hallarse era tan sólo -me veo obligado a decirlo- una lisa superficie de carne.

No entraba en la naturaleza del metafísico abstenerse de hacer algunas averiguaciones sobre las fuentes de tan extraño fenómeno, y la respuesta de su Majestad fue tan pronta como digna y satisfactoria.

-¡Ojos! ¡Mi querido Bon-Bon … ojos! ¿Dijo usted ojos? ¡Oh, ah! ¡Ya veo! Supongo que las ridículas imágenes que circulan sobre mí le han dado una falsa idea de mi apariencia personal… ¡Ojos! Los ojos, Pierre Bon-Bon, están muy bien en su lugar adecuado… Dirá usted que dicho lugar es la cabeza. De acuerdo, si se trata de la cabeza de un gusano. Igualmente para usted, dichos órganos son indispensables… Pero ya lo convenceré de que mi visión es más penetrante que la suya. Hay un gato en ese rincón… un bonito gato… ¿lo ve usted? Mírelo con cuidado. Pues bien, Bon-Bon, ¿alcanza usted a contemplar los pensamientos… he dicho los pensamientos… las ideas, las reflexiones… que nacen en el pericráneo de ese gato? ¡Ahí tiene… no los ve usted! Pues el gato está pensando que admiramos el largo de su cola y la pro

fundidad de su mente. Acaba de llegar a la conclusión de que soy un distinguido eclesiástico, y que usted es el más superficial de los metafísicos. Ya ve, pues, que no tengo nada de ciego; pero, para uno de mi profesión, los ojos a que usted alude serían únicamente una molestia y estarían en constante peligro de ser arrancados por una horquilla de tostar o un agitador de brea. Para usted, lo admito, esos aparatos ópticos resultan indispensables. Esfuércese por emplearlos bien, Bon-Bon; por mi parte, mi visión es el alma.

Tras esto el visitante se sirvió vino y, luego de llenar otro vaso para Bon-Bon, lo invitó a beberlo sin escrúpulos y a sentirse perfectamente en su casa.

-Un libro muy sagaz el suyo, Pierre -continuó su Majestad, dándole una palmada de connivencia en la espalda, una vez que nuestro amigo hubo vaciado su vaso en cumplimiento del pedido de su visitante-. Un libro muy sagaz, palabra de honor. Un libro como los que a mí me gustan… Pienso, sin embargo, que su presentación del tema podría mejorarse, y muchas de sus nociones me recuerdan a Aristóteles. Este filósofo fue uno de mis conocidos más íntimos. Lo quería muchísimo por su terrible malhumor, así como por la increíble facilidad que tenía para equivocarse. En todo lo que escribió sólo hay una verdad sólida, y se la sugerí yo a fuerza de tenerle lástima al verlo tan absurdo. Supongo, Pierre Bon-Bon, que sabe usted muy bien a qué divina verdad moral aludo.

-No podría decir que…

-¿De veras? Pues bien, fui yo quien dijo a Aristóteles que, al estornudar, el hombre expelía las ideas superfluas por la nariz.

-Lo cual… ¡hic!… es absolutamente cierto -dijo el metafísico, mientras se servía otro gran vaso de Mousseux y ofrecía su tabaquera de rapé al visitante.

-Tuvimos también a Platón -continuó su Majestad, declinando modestamente la invitación a tomar rapé y el cumplido que entrañaba-. Tuvimos a Platón, por quien en un tiempo sentí el afecto que se guarda a los amigos. ¿Conoció usted a Platón, Bon-Bon? ¡Ah, es verdad, le pido mil perdones! Pues bien, un día me lo encontré en Atenas, en el Partenón. Me dijo que estaba preocupadísimo buscando una idea. Le hice escribir que ο νους εςτιν [[εστιν]] αυλος. Me dijo que lo haría y se volvió a casa, mientras yo seguía viaje a las pirámides. Pero mi conciencia me remordía por haber pronunciado una verdad, aunque fuera para ayudar a un amigo, y, volviéndome rápidamente a Atenas, llegué junto a la silla del filósofo cuando se disponía a escribir el 'αυλος.'.

Dando un capirotazo a la lambda, la hice volv0erse cabeza abajo. Por eso la frase dice ahora: 'νουσ [[νους]] εστιν αυγος', y constituye, como usted sabe, la doctrina fundamental de su metafísica.

-¿Estuvo usted en Roma? -preguntó el restaurateur mientras terminaba su segunda botella de Mousseux y extraía del armario una amplia provisión de Chambertin.

-Sólo una vez, Monsieur Bon-Bon, sólo una vez. Hubo un tiempo -dijo el diablo como si recitara un pasaje de un libro- en que la anarquía reinó durante cinco años, en los cuales la república, privada de todos sus funcionarios, no tuvo otra magistratura que los tribunos del pueblo, y éstos carecían de toda investidura legal que los capacitara para las funciones ejecutivas. En ese momento, Monsieur Bon-Bon… y sólo en ese momento estuve en Roma… y, por tanto, carezco de relaciones terrenas con su filosofía.

-¿Y qué piensa usted… qué piensa usted… ¡hic!… de Epicuro?

-¿Qué pienso de quién? -preguntó el diablo estupefacto-. No pretenderá usted encontrar ningún error en Epicuro, espero. ¿Qué pienso de Epicuro? ¿Habla usted de mí, caballero? ¡Epicuro soy yo! Soy el mismo filósofo que escribió cada uno de los trescientos tratados que tanto celebraba Diógenes Laercio.

-¡Miente usted! -dijo el metafísico, a quien el vino se le había subido un tanto a la cabeza.

-¡Muy bien! ¡Muy bien, señor mío! ¡Ciertamente muy bien! -dijo su Majestad, al parecer sumamente halagado.

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