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   Clásico 9 No.9

Relatos escogidos II Por Edgar Allan Poe Palabras: 8778

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-¡Miente usted! -repitió el restaurateur, dogmáticamente-. ¡Miente… ¡hic!… usted!

-¡Pues bien, sea como usted quiera! -dijo el diablo pacíficamente, y Bon-Bon, después de vencer a su Majestad en la controversia, consideró de su deber concluir una segunda botella de Chambertin.

-Como iba diciendo -continuó el visitante-, y como hacía notar hace un momento, en ese libro suyo, Monsieur Bon-Bon, hay algunas nociones demasiado outrées. ¿Qué pretende usted, por ejemplo, con todo ese camelo del alma? ¿Puede usted decirme, caballero, qué es el alma?

-El… ¡hic!… alma -repitió el metafísico, remitiéndose a su manuscrito- es indudablemente…

-¡No, señor!

-Indudablemente…

-¡No, señor!

-Indudablemente…

-¡No, señor!

-Evidentemente…

-¡No, señor!

– Incontrovertiblemente…

-¡No, señor!

-¡Hic!

-¡No, señor!

-E incuestionablemente, el…

-¡No, señor, el alma no es eso!

(Aquí el filósofo, con aire furibundo, aprovechó la ocasión para dar instantáneo fin a la tercera botella de Chambertin.)

-Pues entonces… ¡hic!… Diga usted, señor: ¿qué es?

-No es ni esto ni aquello, Monsieur Bon-Bon -repuso pensativo su Majestad-. He probado… quiero decir he conocido algunas almas muy malas, y algunas otras excelentes.

Al decir esto se relamió, pero, como apoyara involuntariamente la mano en el volumen que llevaba en el bolsillo, se vio atacado por una violenta serie de estornudos.

-Conocí el alma de Cratino -continuó-. Era pasable… La de Aristófanes, chispeante. ¿Platón? Exquisito… No su Platón, sino el poeta cómico; su Platón hubiera hecho vomitar a Cerbero… ¡puah! Veamos… tuvimos a Nevio, Andrónico, Plauto y Terencio. Luego Lucilio, Catulo, Nasón y Quinto Flaco… ¡Querido Quintón! Así lo apodaba yo mientras cantaba un seculare para divertirme, y yo lo tostaba suspendido de un tridente… ¡tan divertido! Pero a esos romanos les falta sabor. Un griego gordo vale por una docena de ellos, aparte de que se conserva, cosa que no puede decirse de un Quirite. Probemos su Sauternes.

A esta altura, Bon-Bon había decidido mantenerse fiel al nil admirari, y se apresuró a bajar las botellas en cuestión. Notaba, empero, un extraño sonido, como si alguien estuviera meneando el rabo. Pero el filósofo prefirió no darse por enterado de tan indecorosa conducta de su Majestad; limitóse a dar un puntapié al perro y ordenarle que se estuviera quieto. El visitante continuó entonces:

-Descubrí que Horacio tenía un sabor muy parecido al de Aristóteles… y ya sabe usted que me agrada la variedad. Imposible diferenciar a Terencio de Menandro. Para mi asombro, Nasón era Nicandro disfrazado. Virgilio tenía un tonillo nasal como el de Teócrito. Marcial me hizo recordar muchísimo a Arquíloco, y Tito Livio era sin duda alguna Polibio.

-¡Hic! -observó aquí Bon-Bon, mientras su Majestad proseguía.

-Empero, si algún penchant tengo, Monsieur Bon-Bon… si algún penchant tengo, es el de la filosofía. Permítame decirle, sin embargo, que no cualquier demo… que no cualquier caballero sabe cómo elegir a un filósofo. Los de estatura elevada no son buenos, y los mejores, si no se los descascara bien, tienden a ser un tanto amargos a causa de la hiel.

-¡Si no se los descascara…!

-Quiero decir, si no se los saca de su cuerpo.

-¿Y qué pensaría usted de un… ¡hic!… médico?

-¡Ni los mencione, por favor! ¡Puah, puah! -y su Majestad eructó violentamente-. Solamente probé uno… ese canalla de Hipócrates… ¡Olía a asafétida!… ¡Puah, puah! Pesqué un terrible resfrío, lavándolo en la Estigia… y a pesar de todo me contagió el cólera morbo.

-¡Qué… hic… qué miserable! -exclamó Bon-Bon-. ¡Qué aborto… hic… de una caja de píldoras!

Y el filósofo vertió una lágrima.

-Después de todo -continuó el visitante-, si un demo… si un caballero ha de vivir, necesita desplegar suficiente habilidad. Entre nosotros, un rostro rechoncho indica diplomacia.

-¿Cómo es eso?

-Pues bien, a veces nos vemos bastante apretados en materia de provisiones. Tiene usted que saber que, en un clima tan bochornoso como el nuestro, resulta imposible mantener vivo a un espíritu por más de dos o tres horas, y, luego de muerto, a menos de encurtirlo inmediatamente (y un espíritu encurtido no es sabroso), se pone a… a oler, ¿comprende usted? La putrefacción es de temer siempre que nos envían las almas en la forma habitual.

-¡Hic! ¡Hic! ¡Gran Dios!

¿Y cómo se las arreglan?

En este momento la lámpara de hierro empezó a oscilar con redoblada violencia y el diablo saltó a medias de su asiento; pero luego, con un contenido suspiro, recobró la compostura, limitándose a decir en voz baja a nuestro héroe:

-Le ruego una cosa, Pierre Bon-Bon: que no profiera juramentos.

El filósofo se zampó otro vaso, a fin de denotar su plena comprensión y aquiescencia, y el visitante continuó:

-Pues bien, nos arreglamos de diversas maneras. La mayoría de nosotros se muere de hambre; algunos transigen con el encurtido; por mi parte, compro mis espíritusvivient corpore, pues he descubierto que así se conservan muy bien.

-¿Pero el cuerpo …hic …el cuerpo?

-¡El cuerpo, el cuerpo! ¿Y qué, el cuerpo? ¡Oh, ah, ya veo! Pues bien, señor mío, el cuerpo no se ve afectado para nada por la transacción. He efectuado innumerables adquisiciones de esta especie en mis tiempos, y los interesados jamás experimentaron el menor inconveniente. Vayan como ejemplo Caín y Nemrod, Nerón, Calígula, Dionisio y Pisístrato… aparte de otros mil, que jamás sospecharon lo que era tener un alma en los últimos tiempos de sus vidas. Empero, señor mío, esos hombres eran el adorno de la sociedad. ¿Y no tenemos a A… a quien conoce usted tan bien como yo? ¿No se halla en posesión de todas sus facultades mentales y corporales? ¿Quién escribe un epigrama más punzante que él? ¿Quién razona con más ingenio? ¿Quién…? ¡Pero, basta! Tengo este convenio en el bolsillo.

Así diciendo, extrajo una cartera de cuero rojo y sacó de ella cantidad de papeles. Bon-Bon alcanzó a ver parte de algunos nombres en diversos documentos: Maquiav… Maza… Robesp… y las palabras Calígula, George, Elizabeth. Su Majestad eligió una angosta tira de pergamino y procedió a leer las siguientes palabras:

«A cambio de ciertos dones intelectuales que es innecesario especificar, y a cambio, además, de mil luises de oro, yo, de un año y un mes de edad, cedo por la presente al portador de este convenio todos mis derechos, títulos y pertenencias de esa sombra llamada mi alma. (Firmado) A…».

(Y aquí su Majestad leyó un nombre que no me creo justificado a indicar de una manera más inequívoca.)

-Era un individuo muy astuto -resumió-, pero, como usted, Monsieur Bon-Bon, se equivocaba acerca del alma. ¡El alma… una sombra! ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je je! ¡Ju, ju, ju! ¡Imagínese una sombra fricassée!

-¡Imagínese… hic… una sombra fricassée! -repitió nuestro héroe, cuyas facultades se estaban iluminando grandemente ante la profundidad del discurso de su Majestad.

-¡Imagínese… hic… una sombra fricassée! -repitió-. ¡Que me cuelguen… hic… hic…! ¡Y si yo hubiera sido tan… hic… tan estúpido! ¡Mi alma señor… hic!

-¿Su alma, Monsieur Bon-Bon?

-¡Sí, señor! ¡Hic! Mi alma es…

-¿Qué, señor mío?

-¡No es ninguna sombra, que me cuelguen!

-¿Quiere usted decir…?

-Sí, señor. Mi alma es… hic… ¡sí, señor!

-¿No pretende usted afirmar que…?

-Mi alma est… hic… especialmente calificada para… hic… para un…

-¿Un qué, señor mío?

-Un estofado.

-¡Ah!

-Un souflée.

-¡Eh!

-Un fricassée.

-¿De veras?

–Ragout y fricandeau… ¡Veamos un poco, mi buen amigo! ¡Se la dejaré a usted… hic… haremos un trato! -y el filósofo palmeó a su Majestad en la espalda.

-Semejante cosa es imposible -dijo este último calmosamente, mientras se levantaba de su asiento.

El metafísico se quedó mirándolo.

-Tengo suficiente provisión por el momento -dijo su Majestad.

-¡Hic! ¿Cómo?

-Y, en cambio, carezco de fondos disponibles.

-¿Qué?

-Además, no está nada bien de mi parte que…

-¡Caballero!

-…que me aproveche…

-¡Hic!

-…de su triste y poco caballeresca situación en este momento.

Y con esto, el visitante saludó y se retiró -sin que pueda decirse exactamente de qué manera-. Pero en un bien pensado esfuerzo por arrojar una botella al «villano» rompióse la fina cadena que colgaba del techo, y el metafísico quedó postrado por el golpe de la lámpara al caer.

FIN

Conversación con una momia

El symposium de la noche anterior había sido un tanto excesivo para mis nervios. Me dolía horriblemente la cabeza y me dominaba una invencible modorra. Por ello, en vez de pasar la velada fuera de casa como me lo había propuesto, se me ocurrió que lo más sensato era comer un bocado e irme inmediatamente a la cama.

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