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   Clásico 15 No.15

Relatos escogidos II Por Edgar Allan Poe Palabras: 8439

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-¡Dios me bendiga! ¡Un mono!

-Exacto: un mandril. Pero no por eso deja de ser una deidad. Su nombre deriva del griego Simia… ¡Ah, qué grandes tontos son los arqueólogos! ¡Pero… vea! ¡Ese pequeño vagabundo que corre allí! ¿A dónde va? ¿Y qué vocifera? ¿Qué dice? ¡Oh! Dice que el rey viene en triunfo, que está vestido con traje de ceremonia y que acaba de quitar la vida con su propia mano a mil prisioneros israelitas encadenados. ¡Y el canalla lo ensalza hasta los cielos por esa hazaña! ¡Atención! ¡Viene una turba igualmente desastrada! Han compuesto un himno en latín sobre el valor del rey, y lo cantan mientras desfilan.

Mille, mille, mille,

Mille, mille, mille,

Decollavimus, unus homo!

Mille, mille, mille, mille, decollavimus!

Mille, mille, mille,

Vivat qui mille mille occidit!

Tantum vini habet nemo

Quantum sanguinis effudit!.

Lo cual puede parafrasearse así:

¡Mil, mil, mil,

Mil, mil, mil,

Con un solo guerrero degollamos a mil!

¡Mil, mil, mil, mil!

¡Cantemos otra vez mil!

¡Ohé, cantemos:

Larga vida a nuestro rey,

Que bellamente mató a mil!

¡Ohé! ¡Proclamemos

Que él nos ha dado

Más galones de sangre

Que toda la Siria vino!

-¿Oye usted ese toque de trompetas?

-Sí: el rey se acerca. ¡Vea, el pueblo está estupefacto de admiración y alza los ojos al cielo en señal de reverencia! ¡Ya viene… ya viene… ya está aquí!

-¿Quién? ¿Dónde? ¿El rey? No lo veo… no lo distingo por ninguna parte.

-¡Se ha vuelto usted ciego!

-Es posible. Lo único que veo es una tumultuosa muchedumbre de imbéciles y de locos que se prosternan ante un gigantesco Camaleopardo110, tratando de besarle las pezuñas. ¡Vea, el animal acaba de dar una coz a uno de la chusma… a otro… y a otro! ¡Ah, no puedo dejar de admirar a esa bestia por el excelente uso que hace de sus patas!

-¡La chusma! ¡Vamos, si se trata de los nobles y libres ciudadanos de Epidafne! ¿Bestia, dijo usted? Tenga cuidado de que no lo oigan. ¿No ve usted que ese animal tiene rostro humano? ¡Mi querido señor ese Camaleopardo es nada menos que Antíoco Epifanes, Antíoco el Ilustre, rey de Siria, el más potente de los autócratas del Oriente! Cierto que con frecuencia suelen llamarlo Antíoco Epimanes… Antíoco el Loco… pero sólo porque el pueblo no está capacitado para apreciar sus méritos. Lo seguro es que en este momento se ha escondido en la piel de un animal, haciendo todo lo posible para representar a un Camaleopardo; pero su intención es la de elevar aún más su dignidad de rey. Sepa usted que el monarca es de gigantesca estatura y que el traje no le resulta inapropiado ni excesivamente grande. Cabe presumir, empero, que no se lo hubiera puesto si no se tratara de alguna ocasión especialmente solemne. ¡Y no me negará usted que la matanza de un millar de judíos no es cosa solemne! ¡Con qué excelsa dignidad se pasea el monarca en cuatro patas! Repare en que sus dos concubinas principales, Elliné y Argelais, le sostienen la cola; toda su apariencia sería infinitamente atractiva de no ser por la protuberancia de sus ojos, que ciertamente acabarán saltándosele de las órbitas, y el extraño color de su rostro, que se ha convertido en algo indescriptible a causa de la cantidad de vino que ha bebido. Sigámoslo al hipódromo, al cual se encamina ahora, y escuchemos el canto de triunfo que él mismo entona el primero:

¿Quién es rey, sino Epifanes?

¡Decidlo! ¿Lo sabéis?

¿Quién es rey, sino Epifanes?

¡Bravo! ¡Bravo!

¡No hay nadie fuera de Epifanes,

No, no hay nadie!

¡Derribad entonces los templos

Y apagad el sol!

-¡Muy bien, magníficamente cantado! El populacho lo está saludando como «Príncipe de los Poetas», «Gloria del Oriente», «Delicia del Universo» y «El más asombroso de los Camaleopardos». Le han pedido un bis…¿oye usted? ¡Lo está cantando de nuevo! Cuando llegue al hipódromo recibirá la corona de la poesía, como anticipación de su victoria en las próximas olimpíadas.

-¡Por Júpiter! ¿Qué ocurre entre la multitud, que viene detrás de nosotros?

-¿Detrás, dice usted? ¡Ah, oh… ya veo! Querido amigo, ha hablado usted a tiempo. ¡Refugiémonos lo antes posible en algún lugar seguro! ¡Ahí, en ese arco del acueducto! L

e diré inmediatamente la causa de la conmoción. Ha ocurrido lo que yo estaba previendo. La singular apariencia del Camaleopardo con cabeza humana parece haber ofendido el sentido de la dignidad que, en general, poseen los animales feroces domesticados en esta ciudad. Como consecuencia se ha producido un motín. Y como es usual en tales ocasiones, ningún esfuerzo humano será capaz de contener a la muchedumbre. Muchos sirios han sido ya devorados, pero la consigna general de estos patriotas de cuatro patas parece ser la de comerse al Camaleopardo. Razón por la cual el «Príncipe de los Poetas» corre en estos momentos sobre sus dos piernas para salvar la vida. Los cortesanos lo han dejado en la encrucijada, y sus concubinas han seguido tan excelente ejemplo. ¡«Delicia del Universo», en qué lío te has metido! ¡«Gloria del Oriente», qué peligro de masticación corres! No mires, no, tu cola con tanta lástima; tendrá que arrastrar por el fango, no hay remedio. No mires hacia atrás, para asistir a su inevitable degradación; toma coraje, mueve vigorosamente las piernas y enfila hacia el hipódromo. ¡Recuerda que eres Antíoco Epifanes, Antíoco el Ilustre! ¡«Príncipe de los Poetas», «Gloria del Oriente», «Delicia del Universo» y «El más asombroso de los Camaleopardos»! ¡Cielos, qué velocidad eres capaz de desplegar! ¡Qué capacidad para proteger tus piernas! ¡Corre, príncipe! ¡Bravo, Epifanes! ¡Bien hecho, Camaleopardo! ¡Glorioso Antíoco! ¡Cómo corre… cómo salta… cómo vuela! ¡Se aproxima al hipódromo como una flecha recién disparada por una catapulta! ¡Salta… grita… ya llegó! Magnífico, pues si tardabas un segundo más en llegar a las puertas del anfiteatro, ¡oh «Gloria del Oriente»!, no hubiera quedado un solo cachorro de oso en Epidafne sin probar el sabor de tu carne. ¡Vámonos, salgamos de aquí! ¡Nuestros delicados oídos modernos son incapaces de soportar el alarido que va a alzarse para celebrar la escapatoria del rey! ¡Escuche… ya ha empezado! ¡Toda la ciudad está patas arriba!

-¡No hay duda de que es ésta la más populosa ciudad del Oriente! ¡Qué cantidad de gente! ¡Qué revoltillo de clases y de edades! ¡Qué multiplicidad de sectas y naciones! ¡Qué variedad de trajes! ¡Qué Babel de idiomas! ¡Qué rugidos de fieras! ¡Qué resonar de instrumentos! ¡Qué hato de filósofos!

-¡Vamos, salgamos de aquí!

-¡Un momento! Veo una gran confusión en el hipódromo. ¿Puede decirme, por favor, qué ocurre?

-¿Eso? ¡Oh, no es nada! Los nobles y libres ciudadanos de Epidafne, luego de declararse satisfechos de la fe, valor, sabiduría y divinidad de su rey, y habiendo sido además testigos presenciales de la sobrehumana agilidad de hace un instante, consideran su deber depositar sobre su frente (además de la corona poética) la guirnalda de la victoria en la carrera pedestre, guirnalda que sin duda ganará en las próximas olimpíadas y que, por tanto, le conceden por adelantado.

FIN

Cuento de Jerusalén

Intensos rigidam in frontem ascendere canos Passus erat.

–Lucano,De Catone

…un hirsuto pelmazo.

-Traducción

Corramos a las murallas -dijo Abel-Phittim a Buzi-Ben-Levi y a Simeón el Fariseo, el décimo día del mes de Tammuz del año del mundo tres mil novecientos cuarenta y uno-. Corramos a las murallas, junto a la puerta de Benjamín, en la ciudad de David, que dominan el campamento de los incircuncisos; pues es la última hora de la cuarta guardia y va a salir el sol; y los idólatras, cumpliendo la promesa de Pompeyo, deben de estar esperándonos con los corderos para los sacrificios.

Simeón, Abel-Phittim y Buzi-Ben-Levi eran los Gizbarim o subcolectores de las ofrendas en la santa ciudad de Jerusalén.

-Bien has dicho -replicó el Fariseo-. Apresurémonos, porque esta generosidad por parte de los paganos es sorprendente, y la volubilidad ha sido siempre atributo de los adoradores de Baal.

-Que son volubles y traidores es tan cierto como el Pentateuco -dijo Buzi-Ben-Levi-, pero ello tan sólo para con el pueblo de Adonai. ¿Cuándo se ha sabido que los amonitas descuidaran sus intereses? ¡No me parece que sea tan generoso facilitarnos corderos para el altar del Señor y recibir en cambio treinta siclos de plata por cabeza!

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