ManoBook > Literatura > Relatos escogidos II

   Clásico 23 No.23

Relatos escogidos II Por Edgar Allan Poe Palabras: 7965

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Qué concluir de todo esto, por supuesto yo no lo sabía. Había allí arte, indudablemente -eso no me sorprendía-; todos los caminos, en el sentido vulgar, son obras de arte; tampoco puedo decir que hubiera mucho de qué asombrarse en el simple exceso de arte manifestado; todo lo hecho allí parecía realizado -con semejantes «recursos» naturales (como dicen los libros sobre el jardín-paisaje)- con muy poco esfuerzo y gasto. No la cantidad, sino el carácter del arte, fue lo que me obligó a sentarme en una de las piedras floridas y a mirar de arriba abajo esa avenida mágica con arrobada admiración durante quizá más de media hora. Cuanto más miraba, más evidente me parecía una cosa: todos esos arreglos eran obra de un artista dotado del más escrupuloso sentido de la forma. La mayor preocupación había sido mantener el justo medio entre lo esmerado y gracioso, por una parte, y lo pittoresco, en el verdadero sentido de la palabra italiana, por la otra. Había pocas líneas rectas, y éstas casi siempre interrumpidas. El mismo efecto de curvatura o de color aparecía dos veces, por lo general, pero no más, en cualquier perspectiva. Por doquiera reinaba variedad en la uniformidad. Era una obra «compuesta», en la cual el más exigente sentido crítico apenas hubiera encontrado enmienda que hacer.

Había doblado hacia la derecha al tomar por ese camino, y entonces, poniéndome de pie, continué en la misma dirección. El sendero era tan sinuoso que en ningún momento podía prever su curso más allá de dos o tres metros. Su aspecto no sufría ningún cambio.

En ese momento el murmullo del agua llegó suavemente a mis oídos, y pocos instantes después, en un recodo del camino un poco más brusco que los anteriores, advertí un edificio al pie de un suave declive que tenía delante. No pude ver nada con claridad a causa de la niebla que llenaba todo el pequeño valle inferior. Sin embargo, se levantó una suave brisa mientras el sol se ponía, y, estando yo de pie en lo alto de la pendiente, la niebla se disipó en jirones y flotó sobre el paisaje.

Mientras todo se hacía visible -gradualmente, tal como lo describo-, parte por parte, aquí un árbol, allí un reflejo de agua y allá de nuevo la punta de una chimenea, no pude menos de pensar que el conjunto era una de esas ingeniosas ilusiones exhibidas a veces con el nombre de «imágenes fugitivas».

En el momento, sin embargo, en que la niebla desapareció por completo, el sol descendió detrás de las suaves colinas, y desde allí, como si lo hubieran empujado ligeramente hacia el sur, apareció de nuevo ante la vista, pleno, resplandeciente de brillo purpúreo, a través de un barranco que se abría en el valle desde el oeste. De improviso, entonces, como por obra de magia, el valle entero con todo lo que contenía se hizo visible.

El primer coup d'oeil, cuando el sol se deslizó a la posición descrita, me impresionó tanto como de muchacho la escena final de algún espectáculo o melodrama teatral bien compuesto. Ni siquiera faltaba la exageración del color, pues la luz salía de la grieta tiñendo todo de naranja y púrpura, mientras el verde brillante del césped en el valle se reflejaba más o menos en todos los objetos por la cortina de vapor que seguía suspendida, como si no estuviera dispuesta a retirarse totalmente de un espectáculo tan milagrosamente hermoso.

El pequeño valle que yo examinaba desde el dosel de bruma no podía tener más de cuatrocientas yardas de largo mientras su ancho variaba de cincuenta a ciento cincuenta, o quizá doscientas yardas. Era más estrecho en su extremidad septentrional, abriéndose paulatinamente hacia el sur, pero sin exacta regularidad. La parte más ancha estaba a unas ochenta yardas del extremo sur. Las cuestas que circundaban el valle no podían en rigor recibir el nombre de colinas, salvo en la parte norte. Allí un escarpado borde de granito se elevaba a una altura de unos noventa pies; y, como lo he dicho, el valle en este punto no tenía más de cincuenta pies d

e ancho; pero, a medida que el visitante bajaba hacia el sur desde este acantilado, encontraba a la derecha y a la izquierda declives menos altos, menos escarpados y menos rocosos a la vez. Todo, en una palabra, descendía y se suavizaba hacia el sur, y, sin embargo, el valle estaba ornado de eminencias más o menos altas, excepto en dos puntos. De uno de ellos ya he hablado. Quedaba marcadamente al noroeste, donde el sol poniente se abría camino en el anfiteatro, como lo he descrito, por una brusca grieta natural abierta en el terraplén de granito; esta fisura tendría diez yardas en su punto más ancho, en la medida en que el ojo podría seguirla. Parecía subir y subir, como un sendero natural, hasta los retiros de montañas y bosques inexplorados. La otra abertura estaba directamente en el extremo meridional del valle. Allí, por lo general, las pendientes no eran sino suaves inclinaciones que se extendían de este a oeste en unas ciento cincuenta yardas. En el centro de esta superficie había una depresión al nivel del valle. Con respecto a la vegetación, así como en todo lo demás, el paisaje se suavizaba y descendía hacia el sur. Hacia el norte, en el escarpado precipicio, a unos pasos del borde, brotaban los magníficos troncos de numerosos nogales americanos, nogales negros y castaños entremezclados con algunos robles, y las fuertes ramas laterales de los nogales, especialmente, se extendían sobre el borde del acantilado. Descendiendo hacia el sur, el explorador veía al principio la misma clase de árboles, pero cada vez menos altos y más alejados del estilo de Salvator Rosa; luego veía el olmo, más amable, y a continuación el sasafrás y el algarrobo, y después otros más suaves: el tilo, el ciclamor, la catalpa y el arce, y luego otras variedades aún más graciosas y más modestas. Toda la superficie de la pendiente meridional estaba cubierta tan sólo por matorrales silvestres, con excepción de algún sauce plateado o algún álamo blanco. En el mismo fondo del valle (pues debe tenerse presente que la vegetación hasta aquí mencionada crecía tan sólo en los acantilados y en las laderas de las colinas) se veían tres árboles aislados. Uno era un olmo de espléndido tamaño y exquisita forma; montaba guardia en la puerta del valle. Otro era un nogal americano, más grande que el olmo y al mismo tiempo mucho más hermoso, aunque ambos eran de extraordinaria belleza; parecía ocuparse de la entrada noroeste, brotando de un grupo de rocas en la boca misma del barranco y lanzando su gracioso cuerpo en un ángulo de casi cuarenta y cinco grados hacia la luz del anfiteatro. A unas treinta yardas al este de este árbol se alzaba, sin embargo, el orgullo del valle, y fuera de toda duda el árbol más espléndido que jamás hubiera visto, salvo, quizá, entre los cipreses del Itchiatuckanee. Era un tulípero de tres troncos -el Liriodendron Tulipiferum-, del orden de las magnolias. Los tres troncos separados del principal a unos tres pies del suelo, muy ligera y gradualmente divergentes, no estaban a una distancia mayor de cuatro pies con respecto al punto donde la rama más grande desplegaba su follaje, es decir, a una altura de unos ochenta pies. El alto total de la rama mayor era de ciento veinte pies. Nada puede superar en belleza la forma, el verde lustroso, brillante de las hojas del tulípero. En este ejemplar tenían ocho pulgadas de ancho, pero su esplendor era totalmente eclipsado por la magnificencia de las profusas flores. ¡Imagínense, apretadamente juntos, un millón de tulipanes, los más grandes y más resplandecientes! Sólo así puede el lector tener alguna idea de la imagen que quisiera describirle. Y luego la gracia majestuosa de los troncos, como columnas nítidas, delicadamente granuladas, la más ancha de cuatro pies de diámetro, a veinte del suelo. Las innumerables flores, mezcladas con las de otros árboles apenas menos hermosos, aunque infinitamente menos majestuosos, colmaban el valle de perfumes más exquisitos que los de Arabia.

(← Acceso rápido del teclado) Anterior Contenidos (Acceso rápido del teclado →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Subir

Compartir