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   Capítulo 391 Perfectos el uno para el otro

La Frialdad de Rocío By Di Sheng You Yang Palabras: 9432

Updated: 2019-06-30 19:09


Lucas levantó la cabeza para mirar a todos. Había escuchado a Paul gritando y maldiciendo ruidosamente, lo que sonaba aún más estridente en el silencio nocturno de los suburbios.

Miró su reloj, frunció el ceño fríamente y se marchó sin dudarlo. No le importaba por cuánto tiempo y qué tan fuerte continuara gritando Paul. De todas formas, nadie lo oiría en un lugar tan lejano y privado.

Pronto, el coche desapareció en la oscuridad de la noche. Pero las cosas no se calmaron. A pesar de su ausencia, el lugar estaba constantemente saturado de gritos y lloriqueos. No importaba lo que hubiera hecho Paul, a Lucas le tendría totalmente sin cuidado, pues sabía que ese cobarde se desmayaría en poco tiempo. Entonces todo estaría silencioso de nuevo.

Luego de esa larga noche, el cálido sol matutino iluminó a todos. Julio nunca había estado tan feliz como hoy, pues sabía que sus padres lo acompañarían a la escuela por primera vez. Ellos jamás habían hecho eso juntos, era por eso que estaba tan emocionado.

"Mamá, Papá. Por fin me siento igual a los demás niños". El pequeño se apoyaba en el respaldo del asiento delantero, mientras miraba a sus padres con gran alegría.

"¡Oh! Hijo, ¿por qué lo dices?". Las palabras de Julio le habían parecido graciosas a Edward, así que volteó a ver a su hijo de forma juguetona, y luego continuó con la vista en el camino.

"Solía ver a los otros niños en la escuela con sus dos padres, y yo solo tenía a mi mamá. Hoy, ustedes dos me llevan a la escuela, por fin me siento feliz y tan normal como los otros niños".

El pequeño se puso algo triste luego de decir eso. Nunca quiso hacer sentir mal a su madre, así que sin importar lo mucho que envidiaba a los otros niños; Julio nunca le había dicho lo que pensaba. Sabía que la desilusión de su madre era mucho mayor, por lo que no quería herirla todavía más.

"Lo lamento mucho. Todo es mi culpa", dijo Edward con arrepentimiento. Sus ojos se entristecieron, y su sonrisa se esfumó. Comprendía que se había perdido la infancia de su hijo y que no había asumido sus responsabilidades como padre.

"Papá, estoy bien. Tan solo fue un pensamiento pasajero. Mientras ustedes dos estén a mi lado, yo seré el niño más feliz del mundo. Las penas del pasado tan solo son la antesala para la felicidad de hoy. Apreciaré cada momento contigo y con mamá", dijo Julio, con la mano en el hombro de su padre. Comprendía que Edward no había vivido con ellos porque no sabía de la existencia de su hijo, no porque no lo amaba. Durante esos últimos meses, Edward había demostrado un inmenso amor su hijo. No importaba lo enojado que hubiera estado Julio en el pasado, ahora mismo no le guardaba el menor rencor a su padre.

"Sí. También atesoro cada momento contigo. Tú y tu mamá son lo más preciado para mí", dijo Edward mientras soste

estaban esparciendo aquella mañana. En tres días, ya no lo verían como un mujeriego, sino como un buen hombre que haría cualquier cosa para proteger a su amada mujer.

"¿Por qué ustedes las mujeres son tan entrometidas?". Edward hizo una mueca demostrando disgusto. Todos a su alrededor habían empezado a chismorrear sobre él. Las mujeres eran realmente buenas para difundir rumores.

"Por favor, cuida tu boca, no soy esa clase de mujer". Rocío frunció el ceño. Por eso no quería aparecer en público. Rechazaba a las personas que querían hacerle entrevistas porque temía ser el centro de atención como lo había sido hoy.

"¿No lo eres? También eres mujer". Edward sonrió. Se llevó consigo a su esposa e hijo, ignorando la atención que todos les prestaban. Siempre había sido el centro de atención en una multitud, así que estaba acostumbrado a ello.

"Soy mujer, pero no me gusta juzgar a las personas. Los valores y actitudes de cada quien son distintos, por eso no quiero pasar tiempo con gente con la que no comparto nada". Aunque Rocío decía que no le gustaba que hablaran de ella, no se veía infeliz cuando Edward sostenía su mano en la escuela.

"Sé que mi hermosa coronel solo se preocupa por mi hijo y por mí, por eso no tiene tiempo para chismorrear sobre los demás. ¿Tengo razón?". Edward le lanzó una sonrisa juguetona. Miraba con ternura a su preciada esposa. Sabía que era distinta de las demás. No estaba acostumbrada a recibir tanta atención. Rocío apretaba fuertemente la mano de su esposo, así que él había hecho una broma para así calmar su enojo.

"Esas palabras no fueron muy amables, pero como tu intención fue buena, las aceptaré". Rocío sabía que su esposo solo estaba bromeando; así que no quiso tomárselo a pecho. Cuando trataba de ponerse seria con él, al final siempre perdía. Por eso cambió de actitud y aceptó sus halagos de forma abierta.

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