ManoBook > Historia > El tesoro de Gastón

   Clásico 2 No.2

El tesoro de Gastón Por Emilia Pardo Bazán Palabras: 7979

Actualizado: 2018-11-14 00:02


-Pero usted bien veía que yo me quedaba pobre -exclamaba Gastón con indignación apenas reprimida-, y debiera usted, como persona de más experiencia, aconsejarme, llamarme la atención, advertirme… Yo le di a usted poder ilimitado… Yo tenía depositada mi confianza en usted.

-¡Sí, sí, advertir! ¡Bonito recibimiento me esperaba! Ya sé yo lo que son jóvenes contrariados en sus antojos… Y además, don Gastoncito, ¿quién me decía a mí que al echar así la casa por la ventana, no preparaba usted una gran boda? Hay en París señoritas de la colonia americana, que apalean el oro… ¡Es preciso respetar muchísimo, muchísimo la libertad de cada uno!, y lamentaría toda mi vida que por mí fuese usted a perder la colocación brillante que se merece…

-Téngame Dios de su mano -pensó Gastón al escuchar esta nueva insolencia, y conociendo que se le subía a la cabeza la ira, y las manos se le crispaban ansiosas de abofetear al judío.

Al fin, con violento esfuerzo sobre sí mismo, revolviendo trabajosamente la lengua en la boca seca y llena de hiel, pronunció:

-Bien, cortemos discusiones, que a nada conducen; al grano… ¿Me queda algo, lo preciso para comer?

Vaciló un instante don Jerónimo, y afectó un golpe de tos, ruidosa y como asmática, antes de responder, fingiendo fatiga:

-Mire usted, lo que es eso… Basta que… ¡bruum!, hasta que… yo… reconozca… y liquide… ¡bruum!… los créditos… y se proceda… a la venta de… de las fincas hipotecadas… es imposible decir si el… ¡bruum!, pasivo… supera al activo… Acaso tengamos déficit… pero ¡bruum!, ej… ej… no será muy grande…

-¿Es decir -preguntó Gastón con temblor de labios-, que aún podrá suceder que después de venderlo todo… deba dinero?

-Ej, ej… calculo que una futesa…

No quiso oír más Gastón. Tomando su sombrero, despidiose con una frase bronca, y abandonó el nido del ave de rapiña a quien tarde veía el pico y las garras. En el recibimiento, mientras recogía sombrero y bastón, no pudo menos de fijarse, con penosa y estéril lucidez, en detalles que le sorprendieron: un soberbio mueble de antesala tallado, un rico tapiz antiguo, una alfombra nueva y densa como vellón de cordero, un retrato, escuela de Pantoja, una lámpara de muy buen gusto. Parecía la entrada de una casa señorial, y al acordarse de que antaño don Jerónimo se honraba con alfombra de cordelillo y sillas de Vitoria, Gastón se trató a sí mismo de majadero, no sin reprimirse para no emprenderla a palos con los muebles y con el dueño en especial…

Volvió a su morada a pie, devorando la pesadumbre, queriendo sobreponerse a ella, y sin conseguirlo. Telma, solícita, le había preparado una comida de sus platos predilectos; pero no estaba la Magdalena para tafetanes, ni Gastón para apreciar debidamente el mérito del puré de alcachofas, los langostinos en pirámide y las costilletas de cordero delicadamente rebozadas en salsa bechamela.

-Hija, es preciso que me vaya acostrumbrando a las lentejas y al pan seco -respondió con un humorístico alarde cuando la vieja criada, llevándose la fuente, preguntaba con inquietud, si era que ya «tenía perdida la mano».

Y la fiel servidora, antes de cruzar la puerta, clavó en su amo una mirada perruna e inteligente, una mirada que se condolía… Vestido el frac, después de comer, Gastón dedicó la noche a intentar ver a dos o tres personas de quienes esperaba consejo y auxilio. A ninguna encontró en casa, y sería caso raro que lo contrario acaeciese en Madrid, donde la noche se consagra a círculos, teatros y sociedades. Rendido, harto de dar tumbos en el alquilón, se recogió a las doce y media. Una gran desolación, un pesimismo mortal le agobiaban, poniéndole a dos dedos de la desesperación furiosa. Sin duda que al siguiente día le sería fácil encontrar en casa, amables y sonrientes, a sus noctámbulos amigos; pero, ¿qué sacaría de ellos? A lo sumo… buenas palabras… ¡Ni Daroca, el bolsista; ni el flamante marqués de Casa-Planell, el riquísimo banquero; ni Díaz Carpio, el actual subsecre

tario de Hacienda; ni mucho menos el gomoso Carlitos Lanzafuerte, iban a abrir la bolsa y ponerla a disposición del tronado… ! (tan feo nombre se daba a sí propio Gastón).

Al dejar Telma sobre la mesa de noche la bebida usual, la copa de agua azucarada con gotas de cognac y limón, mientras Gastón, inerte, yacía en la meridiana, esperando a que se retirase la criada para empezar a desnudarse, esta dijo no sin cierta timidez, el recelo de los criados que ven a sus amos muy tristes:

-Señorito… anteayer mandó a preguntar por usted la señora Comendadora. ¿No sabe? Su tía, la del convento… Que si había vuelto ya de Francia… y que deseaba verle… Que cuando viniese, por Dios no dejase de ir, sin tardanza ninguna…

-¡Bien, bien! -contestó él impaciente.

Así que apagó la bujía y se tendió en la cama, la arcaica figura de la Comendadora se alzó en la oscuridad. Abandonado de todos Gastón, un instinto le impulsaba a buscar arrimo y consuelo, a desear comunicarse con alguien que le compadeciese y le amase de veras. Y su tía abuela, la Comendadora, era la única parienta cercana que tenía en el mundo.

Capítulo 2

La Comendadora

Como no le dejasen dormir sus melancólicos pensamientos, Gastón se levantó temprano, se vistió con diligencia, y subiendo democráticamente al tranvía, se dejó llevar hasta muy cerca del convento de las Comendadoras, que se eleva sombrío, dominado por su vasta iglesia, en una calle de las más solitarias del antiguo Madrid. Las Comendadoras no tienen reja. Mano a mano, a guisa de seglares damas -y bien nobles que lo son- reciben a sus visitas en un locutorio bajo, amplio, esterado, encalado, cuyas paredes adornan cuadros religiosos anegados en betún, y que amueblaban canapés de paja con respaldo de lira, y braseros claveteados -un salón de principios del siglo-. Paseando febrilmente esperó Gastón a su tía. La portera le había dicho que doña Catalina -así se llamaba la Comendadora- estaba en el coro, y que tardaría cosa de unos veinte minutos. «No traigo prisa, gracias», contestó el mozo: pero, solo ya, medía el locutorio con rápidas pisadas. Desde que se había levantado y salido a la calle, batallaba con la idea de que todo lo de su ruina era un mal sueño. ¡Una casa tan vieja, tan sólida como la casa de Landrey, venirse a tierra por artimañas de un usurero maldito! No; no podía ser que él, Gastón de Landrey, con sus propias manos acostumbradas a calzar guantes, con su propia cabeza hecha a las esencias y a los lavatorios del peluquero, tuviese que trabajar y discurrir como el resto de los mortales, a fin de ganarse el pan de cada día… La vida iba a continuar, rauda y disipada; la única vida posible, la vida en el sentido parisiense del vocablo.

Al pensar esto, una oleada de esperanza inundó a Gastón, esperanza venida no sabía de dónde, tal vez de la tranquilidad del locutorio, del aristocrático silencio del convento, donde debían de ser inmutables todas las cosas.

Cuando se hallaba más engolfado en sus sueños, abriose la puerta lateral, gruesa hoja de encina, y apareció en el hueco, inmóvil y muda, la Comendadora, la misma doña Catalina de Landrey y Castro, con las tocas negras, el blanco escapulario, y, en el pecho la roja heráldica cruz. Adelantándose vivamente, Gastón corrió a abrazar a su tía, a sostenerla, a traerla en vilo hasta la silla baja, situada cerca de la reja que daba a la calle, el sitio donde solían conversar otras veces; pero la anciana murmuró suplicante:

-¡Al jardín… al jardín… allí hace sol… allí no tendremos frío! No sentía Gastón ni pizca de frío en el locutorio: entrado el mes de mayo, la temperatura era suave y radiante la mañana. No obstante, asintió sonriendo y quiso coger a la anciana por el talle.

-No, voy delante -exclamó ella.

Lentamente, deslizándose como una sombra, precedió a Gastón por dos o tres pasillos y antesalas, hasta llegar a una carcomida puerta cuyo picaporte alzó. Al pisar el umbral del jardín, Gastón se paró deslumbrado.

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