ManoBook > Historia > El tesoro de Gastón

   Clásico 6 No.6

El tesoro de Gastón Por Emilia Pardo Bazán Palabras: 7968

Actualizado: 2018-11-14 00:02


Doña Catalina alargó sus brazos flacos y cogió la bonita cabeza pelicastaña de Gastón, pegando el rostro a la blanca frente juvenil del último de su linaje. Un hielo mortal serpenteó por las venas del mozo; pensó que acababa de besarle un fantasma sin labios.

Capítulo 4

Gusanillo

Salió Gastón del convento fluctuando entre la convicción y el escepticismo. Su convicción era involuntaria; pero su incredulidad, sostenida por el amor propio cifrado en no caer de inocente, no se fundaba únicamente en lo enigmático del texto del papel y en la destrucción del plano, sino en lo inverosímil de que existiese nada menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio tan romántico y llegando tan a punto para salvar de la ruina a la casa de Landrey. ¡Vamos, si tenía que ser a la fuerza una paparrucha, una quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada! A pesar de la caja, que apretaba contra su pecho -y que instintivamente en el tranvía cubrió con ambas manos, por defenderla de algún rata-, Gastón temía ser ridículo ante sí propio, si prestaba fe absoluta a la historia. Lo que más influye en que nos parezcan irreales los sucesos, es la comparación con un medio en el cual esos sucesos no encajan. Venía Gastón de París, saturado de aquel ambiente positivo y prosaico, sin más aspiración que el goce material del momento presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y en lo porvenir, tomando la tierra como tránsito, existiendo únicamente para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su raza, era como figura de cuadro o de tapiz, algo artístico, singular e interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de piedra de los viejos pórticos…

-La chifladura se pega -cavilaba el mozo-, y si estoy con la buena señora una horita más, ¡nada!, que me creo lo del tesoro a pies juntillas.

Sin embargo, Gastón notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que acompaña a los accesos de esperanza violenta y repentina. Pasó el día vagando por Madrid, sin decidirse a ver a nadie, y se acostó temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo. Durmiose pronto pesadamente, y soñó cosas raras; viose descendiendo a un negro subterráneo por torcida escalera de caracol; delante de él, guiándole, iba un espectro con hábito monástico, que llevaba en sus manos descarnadas -manos de esqueleto- una linterna, la consabida linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El espectro, al deslizarse por los peldaños de la húmeda y resbaladiza escalera, producía un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues del hábito, al pegarse al cuerpo, diseñaban planos sin carne y palillos mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared, dejaba ver fungosas vegetaciones, e inmundos insectos, asustados, correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin encontrar nunca el término de aquella escalera horrible, que sin duda se perdía en las entrañas del planeta, buscando su centro. Gastón anhelaba de cansancio, pero el espectro seguía bajando cada vez más aprisa, y era preciso ir tras él hasta el mismísimo averno. Allá abajo, en la sombría profundidad última, Gastón divisaba un punto rojo, y a medida que descendían, el punto se agrandaba, cundía, acabando por ser la boca de un horno gigantesco, en que ardía -¡temeroso espectáculo!- un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios del siglo, retorciéndose entre las llamas sin consumirse… Y el espectro, de pie ante el horno, sollozaba:

-¡Agua bendita! ¡Agua bendita! ¡Trae agua bendita, Gastón!…

En este punto del sueño despertó el mozo. Notaba una sed devoradora, y tendió la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando bebía con ansia, la puerta se abrió, penetró Telma lo mismo que un rehilete, abrió atropelladamente las ventanas por donde entró la luz del día y se plantó delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el llanto:

-Señorito… Señorito… La señora Comendadora…

-¿Qué… qué ocurre?

-¡Ay, señorito!… ¡Acaban de traer el recado! Esta noche…

-Ha muerto, ¿verdad? -preguntó el mozo que recibía la noticia en aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho previsto.

-Sí, señor… ¡Ay, Jesús! ¡Señorita querida mía, que era como mi madre! ¡Santa de mi alma! -exclamó Telma, derramando lágrimas abundantes.

-Voy ahora mismo al convento… -declaró Gastón, mientras salía la criada, sofocada de pena.

Y en efecto, ni una hora tardó el sobrino de doña Catalina en pisar nuevamente el locutorio del convento: sólo que de esta vez le recibió la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte señoril, con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble hábito, doña Francisca de Borja Mascareñas y Quevedo había frecuentado más los salones que las iglesias, y de su conversión se habló bastante, atribuyéndola a rudos desengaños, o como decía ella en su gracioso y expresivo lenguaje, a bofetones en el alma. Lo que refirió la abadesa a Gastón fue lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana:

-Muy viejecita, muy viejecita era la pobre… Ya nos temíamos lo que ocurrió, y cada noche que se recogía, decíamos: «¿Se levantará la madre Catalina?». Así es que dormía a su lado una lega, por precaución, y gracias a tal medida no careció de auxilios en sus últimos momentos. Pudo recibir -y no fue pequeño consuelo para ella y para todas nosotras- el Viático y la Extrema. ¡Alabado sea el Señor! Murió con una paz… Estaba contentísima de haberle visto a usted… Eso me lo decía ayer tarde. ¿Y sabe usted que desde hace unos quince días andaba con la tema de que se acercaba su último instante? Era un presentimiento, sin duda…

-¿Pero de qué murió? -preguntó Gastón afanoso-. ¡Porque estaba tan bien, ayer, tan locuaz, tan entera!

-¡A esa edad! De muerte natural… ¡de acabársele la cuerda al reloj! Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven sería cuestión de toser y carraspear un poco… Pero ella no tenía fuerzas para mondar la garganta, y la menor cosa ¡psé!, ¡una flemita!, basta para ahogar a un anciano… No somos nada… , ¡una miseria! Al volver la cabeza así… se acaba todo, alegría, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos… Asustaría si lo pensásemos bien.

-¿No puedo verla? -preguntó Gastón, que sentía el pecho oprimido y el corazón en un puño.

-Está de cuerpo presente, en su cama, y las celdas son clausura… No, no es posible… ¡Y es lástima, porque si viese usted qué natural se ha quedado! Hasta parece joven… El funeral se cantará ahora, dentro de poco, en la iglesia, y bajarán el ataúd ya cerrado: y esta tarde se dará sepultura al cadáver. ¿Desearía usted conservar algún recuerdo de tu tía? Puedo darle a usted el rosario que usaba, con las medallitas…

-Mil gracias, señora -contestó Gastón inclinándose-. Poseo un recuerdo de la tía Catalina, que ella misma, en previsión de la desgracia, me entregó ayer.

Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gastón añadió sencillamente:

-Una tabaquerita de plata… Pero si ustedes creen que no tengo derecho a conservarla, estoy pronto a devolverla.

-¡Santo Dios! -dijo cortésmente la abadesa-. Hizo divinamente; que usted la disfrute mil años. Le quería a usted mucho, y bien puede usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe interceder por nosotros.

-¡Ojalá que de aquí a un año les regale yo a ustedes en compensación de la tabaquera, una santa Catalina de plata maciza! -añadió Gastón-. Si algo la ocurre a usted que mandarme… Esta tarde misma necesito salir para una finca que tengo allá en Galicia, en la Puebla de Beirana… a no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa relativa al entierro de la tía, que entonces…

-Que santa Catalina le dé a usted feliz viaje -contestó la abadesa sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su hábito.

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