ManoBook > Literatura > Los dos soles de Toledo

   Clásico 1 No.1

Los dos soles de Toledo Por Alonso (de) Alcalá y Herrera Palabras: 8093

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Sobre eminente sitio, sublime puesto y delicioso trono, entorno y círculo vistoso de soberbios y lisonjeros montes; por lo excelso, con el portentoso imperio de todos ellos, si no de todo el orbe, perpetuo Príncipe se engríe y supremo Rey se constituye el nobilísimo, el insigne, el invencible siempre cívico monte de Toledo, metrópoli de todo el ínclito reino, de su noble ilustre corte y opulento solio un tiempo de felicísimos Reyes; glorioso siempre no sólo por quien le dio principio que fue (como quieren doctos escritores) cierto Ferrecio, insigne griego o, como escriben otros, el invencible Hércules Lívico y ciertos griegos robustos y fortísimos de su lucido ejército. Pero por sus ilustres trofeos y por los excesivos honores con que se enriquece, como son el perfectísimo temple de su cielo y suelo, sus gustosísimos frutos, su honorífico y suntuoso templo, diócesis insigne de los iberios por su Regente Pontífice y rico clero, por sus curiosos edificios, célebre río, eminente ingenio, y por el de sus nobles y discretos hijos, ilustres sujetos en lo científico de lo civil y divino, y en lo heroico del furor bélico, y por lo insigne de sus luminosos soles o mujeres de peregrinos rostros, sin otro esplendor que el del líquido elemento cogido en el corriente vidrio de su difuso río y undoso muro, glorioso objeto de eruditos ingenios (no sólo del Plinio, Tito Livio y Ptolomeo) por el oro de su centro, pero de otros muchos selectos históricos discursos y poéticos metros con elogios enriquecidos. En este pues riquísimo epílogo de perfecciones residió mucho tiempo cierto joven por nombre don Jerónimo, nobilísimo por su estirpe y de legítimo consorcio. Dejó un hijo que se nombró don Lope, mozo cortés y brioso, de gentil condición y honroso término, modesto en su proceder (no como otros), inquieto y orgulloso, pero honesto, curioso, prudente y bien entendido, y, sobre todo, rico y poderoso respecto de lo mucho que heredó de sus progenitores en censos y un vínculo de dos mil escudos por mes, por sí de excelente cobro, sin otros bienes y multitud de dineros en doblones. Pero no por eso se introdujo soberbio, común vicio de ricos, comedido sí, y primoroso, frecuente en honestos ejercicios y políticos respetos, eximiéndose siempre de los tributos de Cupido y de los deleites de Venus.

Sucedió, pues, que deseoso de ver que en Zocodover (sitio público de los festines y juegos) cierto domingo de los del fructífero septiembre, principio del fecundo Otoño, el encierro de los toros y un festín que se hizo entre los nobles, se entró en el domicilio de don Miguel, deudo suyo. Y entre el concurso de mujeriles sujetos vio dos soles de divino esplendor, oposición no del celeste, superiores sí en lo primero de lo pomposo y refulgente, siendo el vínculo del deudo sororios primos. No es epíteto el de soles, renombre sí, porque con el mismo oyó que los nombró otro concurso de ilustres jóvenes. Dos prodigios vio de perfección, dos celestes querubines; pero el uno le llevó el espíritu, si bien de él se vio correspondido por los mismos filos en recíproco cortejo. Sus nombres encubro por honestos respetos: pero nómbrese este peregrino sol Mitilene y el otro Nise. De Mitilene pues se vio en un momento de sus divinos ojos sin remedio preso y, como entre grillos de yelo, inmoble, sin que le fuese posible poder eximirse de rendido. Sin querer los miró y queriendo divertirse en los de Nise por menos peligrosos, no pudo; si bien en ellos notó un destrozo del modesto silencio y un fuego interno consumido del oculto sosiego de su pecho y quietud del espíritu, pidiéndole de hito en hito presuroso y dulce socorro. Motivo del incendio se conoció don Lope, pero no se dio por entendido ni les dio crédito, no sólo porque los presumió digno objeto de los de cierto mozo nobilísimo, por nombre don Gregorio, que en frente de ellos vio y juzgó por ellos perdido, pero porque en los de Mitilene (objeto de los suyos y su hermoso sol), se elevó todo y en ellos notó dos círculos, dos orbes digo o cielos, llenos de luc

ido esplendor, sin riesgo de soberbios por lo señoril, ni de menosprecio dignos por retóricos o elocuentes. Del rubio pelo de encendido color, los sutiles y curiosos rizos, no de finísimo oro, los consideró lucientes y preciosos hilos, ni costosísimo tesoro de Ofir, superior tesoro sí en lo rico, en lo refulgente y luminoso. Pero en el hermoso rostro y frente tres misteriosos vergeles o peregrinos pensiles vio de Fu entretejidos de rosicler y nieve, divididos con un sublime y lindísimo retrete de olor en excelente proporción de relieve de nieve hecho, y de multitud de Fu de los colores mismos con gentil primor compuesto. Los perfectísimos y menudos dientes entre el diviso y odorífero rubí (divino y precioso joyel) vistos, los juzgó hechos de lo mismo que en el cielo el sol y que, sentido Cupido de ver los de Venus y los suyos inferiores, se cubrió y vendó de vergonzoso los ojos por no verlos. En el eminente y terso cuello notó un mundo hecho del precioso mixto de rojo pórfido y misterioso hielo. Pero en lo poco que de los hermosos pechos vio principios, conoció ser dos perfectos globos, si no del yelo mismo, superior sí por los indicios de diferente género, pues los notó compuestos de purísimos lirios y multitud de Fu de Venus, y de Cidros y de los fluecos de olorosos mirtos entre nieve y rosicler; los dedos entorno hechos y todo su distrito, con los vistosos pulsos, lo juzgó todo de lo mismo y prisiones lo miró todo de sus ojos, grillos de sus sentidos y suspensión de su espíritu. Y no menos le elevó de su hermoso dueño lo honesto, lo señoril, lo bien prendido y compuesto del vestido, que juzgó de terciopelo rizo ligero, color flor de romero, todo embutido de florones y lises de oro con huequecillo de negro y golpes de eses en los entremedios, con pespuntes de color de rubí y el entreforro de velillo de esplendor del mismo color rubicundo, y todo de suerte perfecto que ninguno de los hermosos sujetos le pudo competir, si no fue el del otro sol de Nise, porque en lo espléndido y señoril de sus ojos, nieve y rosicler de su rostro, terso de su frente, colorido del diviso rubí, si no fue todo en perfección lo mismo, fue muy poco diferente en el juicio de todos; sólo en el de don Lope desdijo mucho y no menos en el de don Gregorio porque no fue de Nise el sujeto el que le elevó, como pensó don Lope, sino el mismo sol de Mitilene; y no porque de Nise el brío y discreción fuese inferior ni menor lo costoso y lo lucido del vestido, pues se juzgó de espolín de oro, verde y negro (entretejido de Fu de rizo, de oro el fondo y el rizo negro), con golpes de flueco por entre flor y flor en semicírculo, divididos por excelente modo, con molinillos de oro culebrinos, sino porque de Mitilene el destino fue superior en el dominio de los encendidos pechos de los dos jóvenes.

Fenecióse el encierro de los toros y el festín; deshízose uno y otro concurso; fuéronse los hermosos soles de Mitilene y Nise juntos en un coche. Pero don Lope los siguió en el suyo, y pretendiendo don Gregorio lo mismo, se lo estorbó Nise pidiéndole cortés que no lo hiciese; lo mismo hizo con don Lope Mitilene; pero él, por ver que se lo dijo sonriéndose y como por cumplimiento, porfió y con retórico estilo y primorosos conceptos le refirió los efectos del fervoroso incendio de su pecho; y viendo en el crédito que se le dio lucir su intento, prosiguió solícito su discurso y juró de ser firme si se viese correspondido: empeñó su fe, hipotecó su honor, y por veces lloró tierno, fogoso y líquido vidrio, munición con que rindió de Mitilene el pecho, y mereció por fin en breve tiempo en retribución felice de su empeño, un hermoso listón verde concedido con gusto y sin melindre. Desdoblóse luego, y en él leyó escrito en curiosos signos de oro: soy de Mitilene. De este modo se certificó en su nombre porque primero le supo del concurso y el sitio de su filice domicilio, bien conocido de él por ser el mismo que el de cierto don Pedro, enemigo suyo y tío de estos dos bellos prodigios, pero señor nobilísimo y muy rico.

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