ManoBook > Literatura > Los dos soles de Toledo

   Clásico 2 No.2

Los dos soles de Toledo Por Alonso (de) Alcalá y Herrera Palabras: 8951

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Quedó con el listón don Lope contentísimo pero notó que Nise se disgustó en extremo de que Mitilene se le diese y que procuró por veces (no sin indicios de furiosos celos) divertir sus coloquios teniendo por desprecio que él no se diese por entendido de sus ojos ni de los equívocos con que le dijo el incendio de su pecho; y viendo Mitilene su enojo y los progresos de don Lope y sus empeños, le rogó que por desmentir los ojos de envidiosos émulos (linces del virgíneo incendio que, donde menos se presume, suelen sospechosos esconderse), se fuese por entonces. Y le permitió porque se le pidió con discreto término y sin que Nise lo entendiese, que por el vergel de su domicilio, de noche, pudiese proseguir sus desvelos y descubrir, si fuesen honestos, los ocultos indicios de su intento. Hízolo como se le ordenó, pues en medio del lóbrego y nocturno silencio, de pechos puesto sobre cierto postigo del dichoso sitio, bien que como prisión (sin serlo) hecho y entretejido de menudos hierros por el honesto y seguro decoro de sus dueños, felices testigos hizo del oculto fuego de su pecho los olorosos pimpollos y ejércitos de flores, los frondosos cedros, mirtos y chopos, pues en sonoro instrumento y dulces quiebros de su voz los obligó con lo fino de sus tiernos suspiros y cohechó con lo dulce de repetidos versos. Y si referirlo puedo es porque después Mitilene -según dicen- pidiéndoselos, hizo que con el buril o sutil cincel de un curioso punzón de su estuche en lo liso de cinco o seis presumidos y conjuntos olmos se esculpiesen; y yo mismo dellos los copié, y son éstos:

Pomposo mirto de Venus,

cedro oloroso y gentil,

verdes chopos y cipreses

briosos en competir.

Flores que en sublimes trinos

lisonjeros conducís

el primor y los fulgores

del sol, nieve y de rubí.

Del incendio de mi pecho

pues testigos sois, oíd:

que muere por Mitilene,

el dueño de este pensil.

Decídselo, flores, vos

mirto, vos se lo decid,

y sed mis terceros, chopos,

si su cielo me encubrís.

De los soles de sus ojos

esplendores merecí,

pero en mi destino temo

perderlos por infeliz.

En este vergel dichoso

verlos pude presumir,

no debo de merecerlos,

doleos, flores, de mí.

Soles son, yo lo confieso,

pero su esplendor sutil

pechos que no son de bronce

pudo en fuego convertir.

Y si victorioso en ellos

glorioso trofeo vi,

sé que es su querer muy niño

y puédese desdecir.

Yo estoy, flores, receloso,

porque opuesto tengo en fin,

y el querub que hermoso espero

es sujeto femenil.

Pero de suerte sus ojos

los quiero, que desistir

no podré si se opusiesen

mil reinos y mundos mil.

Que como por ellos muero

luego que feliz los vi

cobré bríos invencibles

con que poder resistir.

Pero socorredme, flores,

que si en verlos los perdí,

no puedo vivir sin ellos,

por ellos quiero morir.

Todo lo oyó Mitilene, porque entre lo espeso de los mirtos y chopos se previno escondiéndose. Pero no pudiendo sufrir que el decoro de su fe estuviese en don Lope dudoso, se descubrió; y le certificó de ser él y no don Gregorio el querido objeto de sus ojos. Con esto se despidió don Lope y en cinco o seis noches, con el decoro posible del honor de Mitilene, logró dulces coloquios y felices discursos, y por segundo premio, trofeo de su fe, un curioso bolsillo de oro con botones, cordoncillos y fluecos de oro de sus rizos, cogidos de los revueltos despojos del ebúrneo peine, y dentro otro listón, color rojo lilio, y en un renglón de oro escrito: soy de don Lope. Pero él se desquitó del empeño con un costoso y precioso cupido de oro y rubíes que le dio con mil firmes prometimientos de ser su esposo, si no se lo impidiesen sus pocos merecimientos y corto destino respecto del odio que su tío don Pedro tuvo con sus progenitores sobre cierto litigio. Confirmó Mitilene su dudoso ofrecimiento con prometerle lo mismo y pedirle que, con todo secreto, se dispusiese el efecto de sus recíprocos deseos.

Pero como en el terrestre globo los gustos son veloces y no suceden siempre prósperos, presto se les enturbió su contento, presto el sereno cielo de sus conformes deseos se obscureció de nubes y furiosos truenos. Sucedió, pues, que don Lope se retiró de Zhong por tiempo de un mes por cierto fortuito suceso, sin ser posible, primero que se fuese, despedirse del bello sol de Mitilene; y Nise, sintiendo en lo oculto pecho el mismo fuego

que Mitilene desde que en el festín le vio y en el coche oyó de los dos los requiebros y dulces coloquios, propuso en su mente dividirlos y sustituirse (si don Lope volviese) querido dueño suyo por todos los medios que le fuesen posibles. Y porque mejor se consiguiese el fruto y premio de sus desvelos y del efecto de su pretensión viese felices principios, lo ordenó su destino de suerte que todo sucedió como lo pudo pedir su deseo; porque corrido don Gregorio de ver que don Lope en su coche siguió el de Mitilene sin que se lo impidiesen, y el difuso tiempo que se entretuvo (que de todo dio fe siguiéndolos de lejos), viéndose consumir sin remedio de insufribles celos, sin poder eximirse del interno fuego consumidor de su pecho, hizo que sus deudos entre los de Mitilene y preferente don Pedro, su tío, propusiesen el consorcio. Y porque el efecto de él con resolución y en breve se dispusiese dio comisión de que sin dote ninguno se hiciesen los conciertos. Comunicóse todo entre uno y otro deudos y convinieron los de Mitilene en que se hiciese el desposorio, visto ser conveniente por los méritos de don Gregorio, noble y robusto joven, rico, de ilustre tronco y excelente sujeto, y por el venturoso empleo de Mitilene y no de menor cómodo de su tío y en el dote sin desembolso de dinero, condición y punto muy convenible, y en estos tiempos poco pedido de los novios. Con esto que se decretó dio luego el sí don Pedro, tío de Mitilene, y después se lo comunicó con excesivo contento, diciéndole que, conociendo lo mucho que su destino tuvo de venturoso, dio y otorgó luego en su nombre el consentimiento porque no se perdiese tiempo en disponerse lo preciso y conveniente, y que si con él después viniese don Gregorio su esposo, le recibiese cortés y prudente. Inmoble se quedó Mitilene de lo que le refirió su tío, y entre grillos de hielo no supo con el susto responderle; pero él, entendiendo procediese todo del virgíneo, y vergonzoso decoro y pundonor, se fue contentísimo, y no menos lo quedó Nise, que oyéndolo todo se prometió felice suceso en sus designios. Y lo primero que con Mitilene hizo fue deslucirle y oscurecerle los honrosos términos de don Lope, diciéndole se tuviese por feliz en perderle por ser hombre loco, necio, llorón, imprudente, lleno de mil vicios, perdido por mujeres, y que de diferentes se le conocieron tres hijos (conforme voz común del pueblo), y que no pocos disgustos le costó en cierto tiempo verse libre de él porque primero dio no sólo en pretender por prisión de sus ojos sino en decirle finísimos requiebros; pero que de don Gregorio siempre oyó mil virtudes: pintósele discreto, modesto, prudente, gentilhombre, rico, docto, elocuente y de otros mil epítetos honrosos le hizo digno. Lloró Mitilene su infeliz suerte; pero como lo que primero se quiere es sello que se imprime y difícilmente el entendimiento lo dimite y excluye, no por eso borró de lo interior de su pecho el buen concepto que de su querido don Lope siempre tuvo. Pero como sucedió el irse sin él despedirse y fueron terribles los impulsos de su tío y continuos los consejos de Nise, hubo de conceder en el desposorio que le propusieron con don Gregorio.

Vino en fin como novio lucidísimo por ver el ídolo de todo su contento: entretúvose cortés don Pedro; festejóle en lo exterior Mitilene porque no tuviese del interior disgusto indicios; pero en lo mejor de los dulces conceptos y tiernos coloquios entró el triste don Lope. No osó por el tío descubrirse, pero encubierto lo oyó todo: disimuló lo que pudo y procuró volverse; pero estorbóselo un sudor frío que como menudo rocío le ocupó los miembros todos de suerte que le fue imposible. Y si en los ojos de Mitilene que le divisó (puesto que les dio poco crédito) no viese vislumbres de sentimiento y un tierno y dulce esplendor, como pidiéndole con ellos humilde perdón del cometido yerro, no dudó de que el repentino dolor y susto le destruyese y pusiese en los últimos términos del vivir; pero como no pudo el vehemente dolor (por el presuroso socorro y pío remedio) vencer del todo los interiores espíritus, se vio en él otro repentino efecto, y fue romper de colérico en un vivo fuego con suspiros tristes, terribles extremos, exteriores movimientos del rostro y ceño. Y si es cierto que por los ojos se escriben los que bien se quieren, y que no es difícil poderlos entender los diestros, Mitilene y Nise en los de don Lope visiblemente vieron que de este modo se quejó diciendo:

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