ManoBook > Literatura > Los dos soles de Toledo

   Clásico 3 No.3

Los dos soles de Toledo Por Alonso (de) Alcalá y Herrera Palabras: 7983

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-Cruel Mitilene, mentiroso cocodrilo, lumbre un tiempo de mis ojos, norte de mis sentidos un tiempo, firme escollo entonces, templo de perfección, ídolo querido de mi espíritu; y en un mes, que es de tiempo un momento, un soplo, noche triste de mis gustos, buido cuchillo de mis contentos. ¿Qué ímpetu furioso o qué ligero viento pudo cruel divertirte del prometimiento firme de consorcio que primero me hiciste? ¿Quién pudo de mí, triste, divertirte? ¿No eres tú quien por escrito en un curioso listón me dijiste soy de don Lope? ¿No fui yo tu querido esposo en el recíproco deseo? ¿No fui de todo tu contento el felice objeto? ¿Quién fue, pues, el que te mudó? ¿Quién el que te obligó o forzó que de tu honesto pecho me excluyeses? ¿Pero qué mucho, Mitilene, si eres mujer y yo, infelice, no pude en un mes verte?

Todo lo notó Nise y temiendo no se descubriese su enredo si don Lope y Mitilene pudieren verse solos, buscó modo como decirle que se fuese primero que lo viese don Pedro, su tío, y entendiese su intento; pero que si quisiese vencer de Mitilene el rigor y que se deshiciese el concierto hecho del desposorio, fingiesen los dos quererse en extremo, y de breve en breve tiempo se viesen y se escribiesen sutiles primores y conceptos porque el furor de los terribles celos rehiciese lo que su retiro deshizo; y Mitilene, conociendo bien el riesgo de perderle, viéndole querido objeto de otros ojos, se resolviese, por el envidioso efecto, en quererle por su esposo. Con este embeleco pretendió Nise disponer en el pecho de don Lope unos principios de odio y, con fingidos chismes, el desprecio de Mitilene, e introducido de su intento y designio, sustituirse firme en quererle; pero él, confuso con lo que vio y sospechoso con lo que oyó, se fue luego y consigo propuso de vencer todos los inconvenientes que se le ofreciesen y verse con Mitilene, por no morir sin el consuelo de poder decirle su dolor, que suele un triste divertirse con el mismo tormento de que muere y un hidrópico recibir breve consuelo y refrigerio con el beber que le consume; y por este respeto quiso entender y discernir qué delitos en él hubiese dignos del excesivo rigor de no quererle y elegir nuevo esposo. Con este deseo pues (perdido por los celos del decoro), se escondió en su vergel de noche, subiendo sin mucho riesgo por el muro, pues empezó por los hierros del mismo postigo y sitio donde los dos se vieron otro tiempo rindiéndose dulces y conceptuosos requiebros; pero guiólo su destino de modo que le vio subir y sintió esconder Mitilene, respecto de no ser muy obscuro y el nocturno silencio. Y puesto que por el riguroso informe de Nise estuvo por no verle ni oírle, con todo, los fervorosos impulsos del pecho no se los consintieron: ¡terrible riesgo y exceso en mujer noble! Llegóse en fin y determinóse (que todo lo emprende un firme querer), resuelto; y hechos fuentes los ojos de uno y otro, propusieron con enojos sus delitos, y entre sí confirieron sus deméritos; pero diéronse brevemente por libres porque les constó que ni en el uno ni en el otro hubo sino un firme, honesto y recíproco querer sin riesgo de olvido ni menos elección o pretensión de nuevo consorcio por gusto propio, pero todo por el opuesto de Nise conducido.

Con increíble contento quedó Mitilene de ver el noble proceder de don Lope y en retribución de su honroso y primoroso término votó y juró de unirse con él en el indisoluble vínculo del Himeneo y de no retroceder de ese intento, puesto que su riguroso tío, por diversos respetos, no lo consintiese, o él y Nise quisiesen que fuese mujer de don Gregorio. Don Lope lo remuneró con prometerle de ser siempre suyo y de verse con Nise y pedirle cortésmente no quisiese impedir de los dos los honestos deseos. Con esto se despidieron por entonces. Fuese don Lope y en su domicilio, según dicen curiosos que se los debieron de oír, celebró con estos sonoros versos en un músico instrumento su felice suceso:

¿Qué mucho mi fe sintiese,

mi bel

lo sol, tu rigor,

si en peligro vi mi honor,

si temí que te perdiese?

¿Qué mucho que en mi creciese

el vivo incendio en recelos

si vi perder mis desvelos,

y viendo mi honor perdido

me vi sin ti, sin sentido

y sin socorro en mis celos?

Que puesto que yo en tus ojos

de mi honor vi los reflejos

no presumí que de lejos

viese en ellos sino enojos.

Pero si los desenojos

yo mismo los escuché,

revivir puede mi fe.

Dese el temor por vencido,

pues que victorioso he sido

y de celos me libré.

Buscó después modo de poder verse con Nise en su domicilio, y conseguido (que no fue muy difícil, pidiéndoselo primero por un billete), le rogó con sumisión y primoroso estilo no quisiese ser cruel con ellos ni obscurecer sus conformes designios; que se doliese de sus desconsuelos y que con su tío deshiciese los conciertos de don Gregorio con Mitilene. Mostrósele reconocido de que en él pusiese sus hermosos ojos, pero certificóle ser imposible contribuir él con el debido culto y feudo por tener Mitilene el dominio de sus ojos y de sus sentidos y residir en lo interior de su espíritu. No pudo Nise en este conflicto riguroso encubrir el sentimiento, ni menos retener ni reprimir el húmedo corriente de sus hermosos luceros; pero oyendo en este ínter golpes y sintiendo gente y entendiendo que fuese don Pedro, su tío, los dos, por encubrirse mejor de que no los viese, se escondieron en el mismo retrete de Nise que, prosiguiendo y rompiendo en dolorosos suspiros, de este modo se quejó del inocente don Lope y de su riguroso destino diciendo:

-¿Dónde se vio ni oyó en el mundo hombre fementido, cruel e insensible este injusto proceder, este resuelto y defectuoso término ni con mujer de mi suerte este vil desprecio? De bronce debes de ser, infiel, o de terrible tigre debiste de recibir en tu niñez el pecho. ¿Es mejor que yo Mitilene? ¿No te rendí yo primero el invencible fuerte de mis deseos? ¿No te lo escribí de lejos con los veloces correos de mis ojos? Y después, ellos mismos, mil veces tiernos, húmedos, llorosos y en perennes fuentes convertidos ¿no te lo dijeron? ¿No leíste en diferentes tiempos, entre el rosicler y nieve de mi rostro, de tu rigor los efectos? ¡Oh terrible destino mío! ¡Oh insufrible e infelice suerte!

De este modo se quejó Nise, y sus voces, suspiros y sollozos fueron de suerte que, divirtiéndose don Pedro su tío por el corredor del retrete, los oyó y dudoso de quién fuese dellos motivo, colérico y con el estoque desnudo entró dentro. Confuso quedó don Lope en verle; pero cobróse presto lo mejor que pudo y fue bien menester todo su brío porque se vio en peligro de ser muerto y no en menor peligro Nise. Pero él, como noble, sirviéndole de escudo, tomó sobre sí todo el riesgo, y con esfuerzo gentil resistió todo el ímpetu y furor de don Pedro, e hiriéndole en el pecho, hizo que presto se fuese por do entró. Pero él, no pudiendo de otro modo volver por su honor, echó presto el cerrojo y los cerró en el retrete mismo. Procuró Mitilene vencer o disminuir prudente su enojo, pero no le fue posible porque luego hizo que, por un billete que en su nombre llevó un escudero, supiese el Corregidor todo el suceso y que con gente viniese y de todo diese por sus ojos fe como muy en breve lo hizo. Y viendo los presos del retrete les tomó luego su confesión. Pero don Lope dijo que, sin querer ofender el noble domicilio de don Pedro, entró en él con el consentimiento de Nise porque le fue forzoso pedirle diese orden cómo se deshiciese cierto enredo. Pero Nise, en cuyo pecho siempre se conservó luminoso y vivo el celoso incendio, por no perder el venturoso envite del destino en el confuso juego del tiempo, respondió que don Lope entró con título de su esposo y que si se lo consintió fue por este respeto y por pedírselo por un billete. Pero no pudiendo sufrirlo Mitilene se encolerizó de modo que perdiendo el honesto y virgíneo encogimiento y rompiendo por el respeto del tío, dijo:

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