ManoBook > Literatura > Los dos soles de Toledo

   Clásico 4 No.4

Los dos soles de Toledo Por Alonso (de) Alcalá y Herrera Palabras: 8002

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-Eso de esposo no puedo yo consentir, Nise, porque lo es mío don Lope; y si entró en tu retrete no puedo creer que fue sino por mi respeto y no por el tuyo como dices, cocodrilo fingido, porque tus enredos debieron de ser motivo de todo este suceso; perdóneme mi tío si le pierdo el respeto y vénguese en mí si quisiere con mi muerte porque en este conflicto no puedo menos ni es bien encubrir lo que siento porque se opone mi honor, que es primero, y Nise con sus embustes quiere poseer el bien que yo poseo o poseer espero.

-¿Cómo puede ser eso -respondió don Pedro- si tu esposo es don Gregorio? Y si con efecto no, bien podemos decir que lo es pues te lo prometió, presente yo, y yo se lo prometí por tí y en tu nombre, y tú consentiste que él con ese título te viese.

Confuso se vio el Corregidor, pero pidiendo el billete se le dio Nise. Leyóle luego y ordenó que don Lope fuese puesto en prisión en un fuerte o torre, y Nise en depósito en un convento, y que don Pedro estuviese libre, pero que Mitilene tuviese por prisión su mismo domicilio y que él fuese su custodio fiel y confidente, y que de todo se hiciese proceso. Hízose todo como lo ordenó, y prosiguiendo después don Gregorio en su intento del pretendido desposorio con Mitilene, supo por voz del pueblo todo lo sucedido y se dio por ofendido porque, confiriéndolo con Mitilene, conoció un resuelto despego y en don Pedro, su tío, un proceder indiferente y confuso porque no osó decirle de sí ni de no por términos expresos, pero sólo le dijo que con Mitilene lo hubiese, y que si se eximiese de lo prometido le pusiese pleito, por donde se resolvió en seguir su consejo, como lo hizo, oponiéndose segundo pretensor del bello sol de Mitilene. Pero el pleito duró cinco o seis meses y fue no poco reñido. Pero lo que se sentenció fue que, visto don Lope ser cogido entreteniéndose con Nise en su mismo retrete, sitio sospechoso, y sin consentimiento de don Pedro, su tío, y el sucinto billete que escribió, de donde se pudo inferir oculto dolo, según los indicios, todo en deshonor de don Pedro y su noble progenie, se despose el dicho don Lope con Nise y que don Gregorio se despose con Mitilene, pues por los testigos constó de su consentimiento en los conciertos hechos.

Todos se dieron por descontentos de lo que se sentenció, si no fue don Gregorio que con extremos celebró el verse de Mitilene repetido dueño, y Nise que, con verse en convento, sublimó con subidos hipérboles su contento. Pero fue teniendo por certísimo que don Lope, por no morir en prisión, quisiese ser su esposo. Pero él se tuvo por muy poco venturoso, y estuvo en peligro de serlo menos porque tuvo votos de que muriese por el delito, por el riesgo en que estuvo don Pedro, que ninguno juzgó que viviese por lo mucho que penetró el estoque. Y en fin se resolvió en elegir primero morir que vivir sin su Mitilene y en consorcio con Nise. Contribuyóle Mitilene con los mismos excesos de disgusto y sentimiento, porque con el intenso dolor convirtió en perennes fuentes sus hermosos ojos, teniéndose en todo por infelice, y tuvo impulsos de con mortífero veneno prevenir su muerte primero que tuviese efecto el desposorio de Nise con su don Lope. Pero eligiendo, como prudente, mejor medio y consejo, se deliberó en verse con él (si le fuese posible) en el fuerte de su cruel prisión, de noche, como lo hizo; y no le fue muy difícil el conseguirlo, porque con pocos doblones que sembró entre los porteros y confidentes ministros (simiente de que muy presto se suele coger el fruto, y unción de misterioso temple con que les untó los dedos), les templó el rigor; y no sólo entró pero oyó que le dijeron que como fuese de noche, fuese mil noches si quisiese.

Entró en fin, y viéndose con su querido don Lope, después que con honestos indisolubles nudos le significó el contento de verle, en sucintos términos, por no perder tiempo, de este modo le dijo:

-Mi bien, querido esposo y señor, si quieres que contigo me despose, si lo pretendes, y por

mi infelice destino no lo desmerezco, te suplico que no me repliques ni divertirme procures de lo que pedirte quiero. Oye, señor mío, mi pretensión no frustres, ni tibio o tímido desprecies mi justo intento: estos vestidos míos femeniles que sobre otros viriles de mi tío (sin que él o Nise lo supiesen) me puse, sobre esos tuyos te viste. Permíteme, dueño mío, se logre el venturoso efecto de lo que te suplico, y que yo en este triste fuerte en tu nombre me quede, y tú en el mío por este postigo burles los intentos terribles de Nise y de nuestros poderosos opositores.

No podré referir el noble término ni el elocuente estilo con que prudente y primoroso se excusó don Lope, y como industrioso, discursivo, circunspecto y vivo, discreto y fino procuró vencer de Mitilene los fervorosos deseos, proponiéndole los inconvenientes y riesgos de infortunios; pero venció Mitilene, porque instó con el retórico estilo el de sus hermosos ojos, pidiéndoselo con vertientes de copiosísimo rocío.

Quedóse en fin en el fuerte, y don Lope se fue libre porque con el rebozo mujeril y ser de noche, no hubo quien se lo impidiese y se recogió en cierto cortijo suyo, no muy lejos de Toledo, donde llegó (puedo decir) que sin espíritu, porque se le quedó con Mitilene y, con ser de noche, estuvo por ver su sol mil veces por volverse, pero detúvole el temor y recelo de su enojo, y consolóse con ofrecérsele en Eugenio, fiel sirviente del cortijo, disposición con que poderle escribir y referirle los descómodos de su retiro y sus desvelos, como lo hizo dos o tres veces, porque fingiéndose Eugenio con vestidos de don Lope, señor de título y deudo de Mitilene, con pocos escudos de oro se pudo conseguir el efecto. Referiré, por no ser molesto, sólo un soneto que le envió entre el primer billete, porque le copió cierto culto por lo que contiene de curioso, y es el siguiente:

Dudoso estoy si bronce soy, si hombre,

pues vivo sin morir en mi tormento;

ser hombre no es posible, pues no siento,

y de hombre sólo tengo injusto nombre.

Bronce debo de ser, bronce me nombre

quien tuviere de hombre entendimiento;

que si vivir sin Mitilene intento

bien merezco de bronce vil renombre.

¡Oh bello querubín, dulce bien mío!

¿Cómo podré vivir sin tí, sin verte,

si de mí, con ser bronce, no me fío?

Pues te quiero, mis ojos, yo de suerte

que en el fuego del pecho el bronce es río

y puede ser el río de mi muerte.

Mitilene lo celebró en extremo y respondiendo por escrito, le pidió no se entristeciese ni de su prisión recibiese inquietud, poniendo los ojos en ejemplo de superiores rigores que en breve se vieron vencidos y deshechos del tiempo y del ingenio de los hombres.

Esto le escribió Mitilene entendiendo que, por mujer, brevemente venciese sus émulos, y que presto se le concediese poderse ir libre. Pero sucedió diferente todo lo que pensó, porque don Gregorio, imprudente, loco y ciego en su firme querer -que de todos se juzgó serlo en extremo por los terribles excesos de su empeño- no sólo no conoció lo terco de su principio, pero, sin inferir del suceso los peligros y riesgos de su honor, se limitó su discurso de suerte que contentísimo de ver que don Lope, su opositor, hubiese huido y que el pretendido objeto de Mitilene estuviese en el fuerte con vestidos viriles, notorios y conocidos por don Pedro su tío, infiriendo -no sé si por bien- conocer el honesto sujeto de Mitilene, que en su virgíneo honor ningún émulo pusiese el menor escrúpulo ni el sospechoso vulgo presumir pudiese detrimento, se sosegó en su pecho, y libre por entonces de estos recelos hizo que el Corregidor pusiese nuevos ministros y porteros, y que diese orden que ningún hombre ni mujer pudiese verse con Mitilene ni se le diese billete si no fuese suyo o de su tío y leído primero por los porteros y ministros, por suplicio del cometido delito; pero que si quisiese del todo eximirse y verse libre se recibiese con él conforme lo definido en el proceso.

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