ManoBook > Literatura > Los dos soles de Toledo

   Clásico 5 No.5

Los dos soles de Toledo Por Alonso (de) Alcalá y Herrera Palabras: 9727

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Con exceso lo sintió Mitilene, pero no desconfió del todo, que (como prudente) supo encubrir en lo interior su dolor y disgusto; e inquiriendo en lo sutil de su entendimiento de qué modo pudiese disminuir o del todo romper el rigor de su prisión, se deliberó -si bien con riesgo infinito- en huir. Y del modo que lo intentó lo efectuó, porque por un portillo del fuerte se descolgó por los cordeles de su mismo lecho y se burló de los dormidos ministros y rigurosos émulos. Y viéndose entre el oscuro silencio libre, dio consigo en el cortijo de su querido don Lope que, incrédulo del poseído bien y dudoso de perderle, mudó luego de sitio y se recogió con su Mitilene en otro monte vecino y de éste después en Yepes, donde encubiertos residieron mucho tiempo. El Corregidor, en Toledo, bien que perseguido de don Gregorio y de don Pedro por lo mucho que sintieron el huirse Mitilene, hizo por descubrirlos terribles inquisiciones, pero no le fue posible.

Referir el exceso con que sintió Nise que don Lope se huyese téngolo por imposible, porque fue de suerte que de puro sentimiento enfermó, y del intrínseco dolor o furor de los celos se fue consumiendo de modo que se vio en peligro de morir y dio en unos delirios vehementísimos, por donde no consintieron los médicos que residiese en el convento y fue forzoso que su tío don Pedro diese orden de que en su propio domicilio estuviese, y en él recibiese todos los remedios convenientes. Pero después de muchos que no fueron de provecho, fue Dios servido que mejoró (que el remedio del tiempo suele ser el mejor récipe). Y porque se divirtiese de sus tristes suspensiones e inquietudes -que muchos dijeron ser hechizos, siendo sólo un intrínseco y vehemente incendio, procedido de lo refino de un bien querer, desentendiólo de su objeto y sin ánimo[1] de recíproco tributo- le trujo don Pedro, su tío, por eminente doctor un egipcio de éstos que sin serlo con invenciones y embelecos y con título de pobres corren todo el mundo. Éste, pues, que como diestro invencionero primero se informó del origen de su dolor, empezó por referirle el nombre de don Lope, y conociéndole en los ojos ser nombre de virtud, dijo que con pocos nombres, números y signos que él escribiese con cierto licor en un poquito de cuero curtido de puercoespín, y con que Nise los trujese junto del pecho, si en menos de un mes don Lope no viniese, no sólo no le creyesen si otros remedios diese, pero que le diesen mil muertes por suplicio de su delito. Diole Nise un doblón porque los escribiese y respondió que lo diese por hecho si el cuero del puercoespín se pudiese descubrir y pidióle se divirtiese en entretenimientos de gusto y diferentes juegos y se entretuviese en oír sonoros instrumentos y voces de selectos músicos, porque de este modo dispuesto el sujeto, el remedio surtiese mejor efecto, y que si quisiese ver de sus juegos, y sin interés ninguno, cinco o seis brincos de voleo diferentes y muy curiosos, se lo dijese. Dijo Nise que sí y él, pidiendo un ferreruelo, se tendió en el suelo y luego sobre los buidos extremos de dos estoques que sobre él puso en cruz, hizo con otro entre los dientes sus voleos o brincos con ligerísimo curso y gusto increíble de los presentes. Pero en el postrero le fue infelice su destino porque del pecho, sin verlo él ni sentirlo, se le descosió o desenvolvió otro brinco o joyel de oro que de todos fue visto entre los estoques del suelo; pidiéndole Nise (por verle mejor porque le contentó por lo curioso) conoció ser el mismo cupido de oro y rubíes que Mitilene recibió de don Lope en retorno del bolsillo, como en el principio dijimos.

Publicóse luego el hurto y don Pedro dio orden de que el egipcio fuese preso si no dijese lo cierto en todo: quién se lo dio o dónde le hubo, porque negó fuertemente y dijo que le compró en Burgos. Pero convenciéronle presto, porque él mismo, con miedo de ser preso, se equivocó y dijo que no quiso decir sino Burguillos porque en este pueblo se le dio cierto señor heredero. Pero mintió en todo porque el nombre que él refirió del heredero fue supuesto y fingido por ser muy conocidos en Zhong los de este pueblo; pero viéndose en el preciso riesgo y temiendo ser por este hurto y por otros puesto en tres leños si no dijese lo cierto, confesó que en Yepes le hurtó, y que en ciertos floreos que hizo en el domicilio de cierto hombre humilde le hubo de su mujer con cierto embeleco.

Diéronle todos crédito, y permitiéronle se pudiese ir libre donde quisiese. Y Nise, prendiendo de un cordón color celeste en un botón del jubón el cupido de oro, le puso como joyel sobre el pecho, y en él fijos sus hermosos ojos (bien que los del espíritu en don Lope) por mejor divertirse y disminuir su tormento, siguiendo del egipcio el consejo, pidió un músico instrumento, y en él (si curiosos no mienten) con los dulces quiebros de su voz, por lo f

ino y primoroso del concierto, elevó de los oyentes los sentidos lo sonoro de los versos:

Niño Dios, ciego Cupido,

mi niño de oro, mi bien,

¿cómo es esto, tú en prisiones?

Es querer que yo lo esté.

¿Qué fue, niño, tu designio?

¿Quieres el ídolo ser

de este templo de mi pecho?

Tuyo es siempre ¿no lo ves?

Si por el oro y rubíes

culto quieres pretender,

rubíes son sus primores,

mejor oro el de su fe.

Siempre del niño te puse

trono en mi pecho y dosel,

y tú siempre con él fuiste

ciego dios, injusto juez.

Pero no quiero ofenderte,

pues sin quererte ofender

de suerte me destruiste

que fue suerte el querer bien.

Porque si perdí el sentido

por quien no me quiere bien

¿qué suerte como perderle

perdiéndome yo por él?

Pero si en mis ojos, niño,

tus ojos quieres ceder,

yo sé bien que con ser ciegos

los suyos rendir podré.

Que sin los tuyos, chiquillo,

bien sé que imposible es,

pues por los de Mitilene

ciego vive el infiel.

Luego que su nombre supe

mi suerte infeliz juzgué,

y entre mí dije: don Lope,

nombre de crueles es.

Pero el mío, que es de Nise,

peor mucho debe ser,

pues ni sé si por él muero

ni sé si vivo por él.

¡Oh si feneciese el tiempo

del rigor y del desdén,

y en sus ojos ver pudiese

desempeños de mi fe!

¿En qué le ofendí, bien mío,

o de qué tu enojo es,

si con él siempre fui firme

y él conmigo no lo fue?

Cese tu rigor, mi niño,

cese tu rigor, pues ves,

que si mi pecho encendiste

podré consumirte en él.

Retiróse Nise, y don Pedro hizo luego con el Corregidor que diese orden como de Yepes viniesen presos Mitilene y don Lope, como muy en breve se hizo, porque los cogieron de repente y con poco ruido. Y queriendo el Corregidor que los pusiesen en el Puesto, sitio común de los presos de Toledo, no lo consintió don Pedro, y pidió les diese por prisión su propio domicilio, como se hizo, porque él se entregó de ellos como fiel custodio y confidente; y por si lo impidiesen Nise o don Gregorio se obligó con sus juros y vínculos de responder por ellos y cumplir lo que en juicio se decidiese.

Usó de estos honrosos términos don Pedro por entender que con ellos convenciese los unidos designios de los reos y los pudiese dividir, teniéndolo por mejor que no que en consorcio se uniesen respecto del intrínseco odio que siempre tuvo con los progenitores de don Lope. Procurólo por mil modos, rogóselo ofreciéndole riquísimos dones y subidos intereses, probó períodos de rigor, mezcló tiernos sentimientos, hiciéronlos excesivos Nise y don Gregorio viendo perecer sin remedio sus fervorosos intentos y pretensiones. Pero los dos ilustres presos, unidos y conformes en su firme y eminente querer, siempre resistieron firmes, siempre finos y nobles. Y viéndolos don Pedro resueltos y ser imposible convencerlos, mudó su intento y se deliberó en consentirles su consorcio, si conformes Nise y don Gregorio, y uniéndose primero en el dichoso vínculo del himeneo, se lo permitiesen. Pidióselo con excesivos ruegos. Y don Gregorio, vuelto en su libre discurso, viendo ser imposible desdecirse Mitilene y el peligro y riesgo terrible de su honesto crédito dudoso, y en opinión del vulgo su virgíneo honor (puesto que le tuviese y se desdijese), vino en ello, si bien con indicios de poco gusto. Pero Nise, rompiendo en dos copiosísimos ríos que divirtió entre el hermoso rosicler y nieve de su rostro, respondió que pues por ser infelice y poco venturoso destino no mereció unirse en felice consorcio con don Lope que fue el primer hombre que en su noble pecho y honestos ojos tuvo dominio, no le permitiese el cielo escoger otro hombre por esposo que el mejor de los hombres, Cristo Señor Nuestro. En esto se deliberó, y con resolución ilustre y excelente en muy breve tiempo entró en religión en el mismo convento donde estuvo. Y despidiéndose primero de Mitilene y de don Lope, con tiernos coloquios (si bien con gozo interior de su mejor elección) les dio su cupido de oro y les pidió mil perdones de lo mucho que por su respecto sufrieron de disgustos, tormentos y descomodos. Y porque viviesen ricos y con gusto por público instrumento les dotó todo lo que de sus progenitores heredó en censos, que fueron poco menos de doce mil escudos, y sólo exceptuó un vínculo de quinientos escudos perpetuos de buen cobro, de que se cumplió su dote y se desempeñó el convento. Y enterneciéndose don Gregorio con este heroico ejemplo prometió seguirle, y lo cumplió, porque muy en breve entró religioso en cierto convento de Recoletos. Y todos sus bienes, que en multitud fueron pocos menos que los de Nise quiso que brevemente los hubiesen y poseyesen Mitilene y don Lope, pidiéndoles primero perdón de sus yerros y de lo mucho que por él sufrieron de prolijos descomodos e infortunios.

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