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   Clásico 1 No.1

Lo mejor de todo Por Henry James Palabras: 9015

Actualizado: 2018-11-14 00:03


1.

Cuando después de la muerte de Ashton Doyne -sólo tres meses después- le hicieron a George Withermore eso que suele llamarse una proposición, con respecto a un «volumen», la comunicación le llegó directamente de sus editores, que habían sido también, y la verdad es que mucho más, los del propio Doyne; pero no le sorprendió saber, al celebrarse la entrevista que luego le propusieron, que habían recibido algunas presiones por parte de la viuda de su cliente en cuanto a la publicación de una Vida. Las relaciones de Doyne con su mujer, por lo que sabía Withermore, habían sido un capítulo muy especial, que de paso podría ser también un capítulo muy delicado para el biógrafo; pero, desde los primeros días de su desgracia, había podido apreciarse por parte de la viuda un sentimiento de lo que había perdido, y hasta de lo que había faltado, del que un observador un poco iniciado bien podía esperar que se derivara una actitud de reparación, un apoyo, incluso exagerado, en favor de un nombre distinguido. George Withermore tenía la impresión de estar iniciado; pero lo que no esperaba era oír que le había mencionado a él como la persona en cuyas manos depositaría con más confianza los materiales para el libro.

Esos materiales -diarios, cartas, apuntes, notas, documentos de muchas clases- eran propiedad de la viuda, estaban totalmente en sus manos, sin condiciones de ninguna clase referentes a alguna parte de su herencia; de forma que era libre para hacer con ellos lo que quisiera, y libre, especialmente, para no hacer nada. Lo que Doyne hubiera dispuesto, de haber tenido tiempo para hacerlo, no podía ser otra cosa que meras suposiciones y conjeturas. La muerte se lo había llevado demasiado pronto y demasiado de prisa, y la lástima era que los únicos deseos que se sabía había expresado eran deseos de que no se hiciera nada. Había desaparecido antes de tiempo, eso era lo que pasaba; y el final era irregular y necesitaba recortes. Withermore sabía muy bien lo cerca que había estado de él, pero también sabía que él era un hombre relativamente poco conocido. Era un periodista joven, un crítico, un hombre que vivía al día y que, como solía decirse, tenía todavía poco que mostrar. Sus obras eran pocas y pequeñas, sus relaciones escasas y vagas. Doyne, en cambio, había vivido bastante tiempo -sobre todo había tenido bastante talento- para llegar a ser grande y, entre sus muchos amigos, acompañados también de grandeza, había varios a los que para quienes conocían a su viuda habría sido más natural acudir.

Pero la preferencia que había expresado -y la había expresado de una forma indirecta y considerada que le dejaba cierta libertad- hacía pensar al periodista que por lo menos debía ir a verla, ya que en cualquier caso tendrían mucho de que hablar. Escribió inmediatamente a la viuda, ella le dio una hora, y lo hablaron. Pero salió de la entrevista con su idea personal mucho más reforzada. Era una mujer extraña, y él nunca la había encontrado agradable; sólo que ahora veía algo que le conmovía en su impaciencia jactanciosa y atolondrada. Quería que se hiciera el libro, y el individuo que entre los del grupo de su marido consideraba era el más fácil de manejar tenía que encargarse de que se hiciera. Mientras vivía Doyne, nunca le había tomado demasiado en serio, pero la biografía tenía que ser una respuesta contundente a cualquier imputación que se le hiciese. No sabía gran cosa de cómo se hacían esos libros, pero había estado mirando y había aprendido algo. Desde el principio, Withermore se alarmó un poco al ver que estaba decidida a fijar cantidad. Hablaba de «volúmenes», pero él también tenía sus ideas al respecto.

«Pensé inmediatamente en usted, lo mismo que habría hecho mi marido», le dijo casi nada más aparecer delante de él, con sus grandes ropas de luto, sus grandes ojos negros, su gran peluca negra, su gran abanico y guantes negros, flaca, fea, pero con un aire sorprendente y que, desde cierto punto de vista, podría parecer «elegante».

-Usted era el que más le gustaba. ¡Huy, con mucho! le dijo, y eso fue suficiente para que perdiera la cabeza.

Poco importaba que luego pudiera preguntarse si ella misma había conocido a Doyne lo bastante bien como para poder asegurarlo. Se habría dicho a sí mismo que su testimonio sobre ese punto tampoco contaba demasiado. Aparte eso, no podía haber humo sin fuego; ella, al menos, sabía lo que quería decir, y él no era una persona a la que pudiera tener interés en adular. Subieron en s

eguida al estudio vacío del gran hombre, que estaba en la parte de atrás de la casa, y daba sobre un jardín grande -una vista hermosa y capaz de inspirar al pobre Withermore- perteneciente a un grupo de casas caras.

-Aquí puede trabajar perfectamente -dijo la señora Doyne; este sitio va a tenerlo exclusivamente para usted; voy a ponerlo todo en sus manos; de forma que, sobre todo por las noches, ¿comprende?, en cuanto a tranquilidad y aislamiento, va a ser un sitio perfecto.

La perfección misma le pareció al joven al mirar a su alrededor, después de haber explicado que, como trabajaba en un periódico de la tarde, tenía las mañanas ocupadas y todavía, durante bastante tiempo, tendría que ir siempre por la noche. La habitación estaba llena de la presencia de su amigo; todo lo que había allí había pertenecido a él; todo lo que tocaban había formado parte de su vida. De momento fue demasiado para Withermore, un honor demasiado grande, y hasta un cuidado demasiado grande también; recuerdos aún recientes volvían a su memoria y, mientras el corazón le latía más de prisa, sus ojos se llenaron de lágrimas; la presión que ejercía su lealtad le parecía más de lo que podía soportar. Al ver sus lágrimas, la señora Doyne empezó a llorar también y, durante un minuto, los dos estuvieron mirándose. El casi esperaba oírle decir: «¡Ayúdeme a poder sentirme como usted sabe que quiero sentirme!» Y poco después uno de ellos dijo, con pleno asentimiento del otro, y sin que importara quién lo hubiera dicho: «Aquí es donde estamos con él.» Pero fue Withermore el que, antes de que salieran de la habitación, dijo que era allí donde él estaba con ellos.

El joven empezó a ir allí tan pronto como pudo arreglar las cosas, y fue luego, cuando en aquel silencio especial, entre la luz de la lámpara y del fuego, empezó a notar que una sensación cada vez más fuerte iba apoderándose de él. Llegaba allí después de atravesar el Londres negro de noviembre; pasaba por la casa grande y silenciosa, subía por la escalera alfombrada de rojo, y no encontraba en su camino más que a alguna doncella muda y bien entrenada, o a la señora Doyne, vestida como una ruina con sus ropas de luto, y su cara trágica que expresaba aprobación; y luego, sólo con tocar aquella puerta tan bien hecha, que hacía un clic seco y agradable, se encerraba durante dos o tres horas con el espíritu del que siempre había confesado era su maestro. Se sintió no poco asustado cuando, ya la primera noche, se le ocurrió pensar que lo que verdaderamente le había atraído más de todo el asunto era el privilegio y el lujo de tener esa sensación. Ahora se daba cuenta de que no había pensado mucho en el libro, sobre el que comprendía que todavía tenía mucho que pensar; lo que había hecho era dejar que su afecto y su admiración -por no hablar de la satisfacción de su orgullo- se prestaran a caer en la tentación que les ofrecía la señora Doyne.

¿Cómo podía él saber, sin pensarlo más, que el libro, en conjunto, era una cosa deseable? ¿Qué autorización había recibido nunca del propio Ashton Doyne para un acercamiento tan directo y, podría decirse, tan familiar? El arte de la biografía era una cosa importante, pero había vidas y vidas, y había temas y temas. Recordaba confusamente palabras que se le habían escapado a Doyne sobre lo que pensaba de las compilaciones contemporáneas, comentarios que indicaban las distinciones que él mismo hacía en cuanto a otros héroes y otros panoramas. Recordaba incluso que su amigo, en algunos momentos, habría dado la impresión de creer que la carrera «literaria» podía muy bien -salvo en el caso de un Johnson o un Scott, con un Boswell y un Lockhart para acompañarlos- darse por satisfecha con estar representada. Un artista era lo que hacía, no era nada más que eso. Pero, por otro lado, ¿cómo no iba él, George Withermore, un pobre diablo, a lanzarse sobre la ocasión de pasar el invierno en una intimidad tan prometedora? Había sido una cosa deslumbrante, nada más que eso. No habían sido los «términos» de los editores -aunque en el despacho decían que estaban muy bien-, había sido el propio Doyne, su compañía, su contacto y su presencia, había sido lo que estaba resultando, la posibilidad de mantener una relación más estrecha que la de la vida. ¡Qué raro que, de esas dos cosas, fuera la muerte la que tenía menos secretos y misterios! La primera noche que se quedó solo en el estudio tuvo la sensación de que, también por primera vez, él y su maestro estaban realmente juntos.

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