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   Clásico 2 No.2

Lo mejor de todo Por Henry James Palabras: 8110

Actualizado: 2018-11-14 00:03


2.

Durante la mayor parte del tiempo, la señora Doyne le había dejado solo, pero había ido en dos o tres ocasiones para ver si disponía de todo lo necesario, y él había tenido la oportunidad de darle las gracias por el buen juicio y el celo con que le había suavizado el camino. Ella misma había estado repasando las cosas, y había podido reunir varios grupos de cartas; aparte eso, había puesto en sus manos, desde el primer momento, las llaves de todos los cajones y armarios, además de informarle sobre el posible paradero de otras cosas. En resumen: se lo había entregado todo y, si su marido había o no confiado en ella, lo que sí estaba claro era que, al menos ella, confiaba en el amigo de su marido. Sin embargo, Withermore empezó a tener la impresión de que, a pesar de todas esas demostraciones, no se sentía tranquila, que cierta ansiedad que no podía aplacar continuaba siendo casi tan grande como su confianza. Aunque se mostrara tan considerada, no dejaba de estar claramente allí: a través de un sexto sentido, que se había desarrollado en él junto a todo lo demás, la veía, la sentía planear en los rellanos de las escaleras, y al otro lado de las puertas, comprendía, por el roce sigiloso de sus faldas, que estaba vigilándole, esperando. Una noche, sentado a la mesa de su amigo, perdido en las profundidades de la correspondencia, se llevó un susto al tener la impresión de que había alguien que estaba detrás de él. La señora Doyne había entrado sin que le sintiera abrir la puerta, y le obsequió con una sonrisa forzada al ver que se levantaba de un salto.

-Espero no haberle asustado -dijo.

-Un poco nada más; estaba tan absorto. Por un instante -explicó el periodista- fue como si él mismo estuviera aquí.

El asombro hizo que su cara pareciera todavía más rara:

-¿Ashton?

-Parece estar tan cerca -dijo Withermore.

-¿A usted también?

Esa pregunta le extrañó:

-¿Le pasa a usted lo mismo?

Tardó un poco en contestar, sin moverse del sitio en que había aparecido, pero mirando a su alrededor, como si quisiera penetrar en los rincones más oscuros del estudio. Tenía una forma especial de levantar hasta la altura de la nariz aquel abanico negro, que parecía no dejar nunca, y que, al taparle la mitad inferior de la cara, hacía que la mirada de sus ojos, que asomaban por encima de él, resultase todavía más ambigua:

-Algunas veces.

-Aquí -dijo Withermore- es como si pudiera ir a entrar en cualquier momento. Por eso es por lo que he pegado ese salto hace un momento. Hace tan poco tiempo que solía hacerlo… , como quien dice, ayer. Me siento en su silla, manejo sus libros, uso sus plumas, atizo su fuego, lo mismo que si, sabiendo que iba a volver de dar un paseo, hubiera venido aquí a esperarle. Es maravilloso, pero produce una sensación extraña.

La señora Doyne, sin bajar el abanico, le escuchaba con interés:

-¿Le molesta?

-No, me gusta.

-¿Tiene usted siempre esa impresión de que está… personalmente en el estudio?

-Bueno, como le decía hace un momento -contestó el periodista, riendo-, al notar que estaba detrás de mí, pareció que era eso lo que creía. ¿Qué es lo que queremos, después de todo, sino que esté con nosotros?

-Sí, como dijo usted que lo estaría esa primera vez. -Le miró fijamente. Está con nosotros.

La cosa era bastante poco normal, pero Withermore respondió con una sonrisa:

-Entonces tenemos que hacer que se quede. Debemos hacer únicamente lo que le gustaría a él.

-Sí, claro, únicamente eso. Pero ¿si está aquí… ?

Por encima del abanico, sus ojos sombríos parecían lanzar la pregunta con cierta tristeza.

-¿Eso demuestra que está contento y que sólo quiere ayudar? Sí, seguro que es eso.

Dio un pequeño suspiro y volvió a mirar a su alrededor:

-Bueno -dijo al despedirse: recuerde que yo también sólo quiero ayudar.

Cuando ya se había ido, pensó que, efectivamente, sólo había entrado allí para comprobar que todo iba bien.

-Todo iba perfectamente, y cada vez mejor porque, a medida que avanzaba en su trabajo, le parecía

sentir con más claridad la presencia personal de Doyne. Una vez admitida esa idea, ya la acogía con gusto, la alentaba, la mimaba, esperando todo el día con ilusión que se renovara por la noche, y esperando que llegara la noche como una pareja de enamorados podría esperar que llegara la hora de su cita. Los menores detalles se adaptaban a ella y la confirmaban y, al cabo de tres o cuatro semanas, había llegado a considerarla como la consagración de su empresa. ¿No resolvía la cuestión de lo que hubiera podido pensar Doyne de lo que estaban haciendo? Lo que estaban haciendo era lo que él quería que hiciesen, y podían continuar, paso a paso, sin ningún tipo de escrúpulos o dudas. En algunos momentos, Withermore se alegraba mucho de tener esa seguridad: a veces, cuando se sumergía en las profundidades de algunos de los secretos de Doyne, era muy agradable para él poder pensar que Doyne quería que los conociese. Se estaba enterando de muchas cosas que no había sospechado, descorriendo muchas cortinas, abriendo muchas puertas, aclarando muchos enigmas, pasando, como decían, por la parte de atrás de casi todo. Y era al encontrarse con algún recodo brusco en una de esas andanzas «por la parte de atrás» cuando sentía de repente, de forma íntima y perceptible, que estaba cara a cara con su amigo; de manera que, en ese instante, apenas podría haber dicho si su encuentro se producía en la estrechez y apretura del pasado o en el momento y el sitio en que se encontraba entonces. ¿Era el 67 o era simplemente el otro lado de la mesa?

Pero, por suerte, e incluso bajo la luz más vulgar que pudiera arrojar la publicidad, siempre podría contarse con la forma en que Doyne estaba «quedando». Estaba quedando demasiado bien, todavía mejor de lo que un partidario tan incondicional como Withermore podría haberse imaginado. Pero, al mismo tiempo, ¿cómo iba a poder ese partidario explicar a otra persona la impresión tan especial que tenía? No era una cosa para ir por ahí hablando de ella, era una cosa sólo para sentirla. Había momentos, por ejemplo cuando estaba inclinado sobre sus papeles, en que estaba tan seguro de notar en el pelo el aliento de su amigo muerto como de tener los codos apoyados en la mesa. Había momentos en los que, de haber podido levantar la cabeza, habría visto a su compañero al otro lado de la mesa, tan bien como veía la página a la luz de la pantalla. Que en ese preciso momento no pudiera mirar era asunto suyo, porque la situación estaba dominada -y eso era muy natural- por delicadezas profundas y timideces exquisitas, por el miedo a un avance demasiado repentino o demasiado brusco. Lo que se palpaba en el aire era que si Doyne estaba allí no era tanto por sí mismo como por el joven sacerdote de su altar. Iba y venía, planeaba y se detenía a veces, casi podría haber sido, metido entre los libros y papeles, un bibliotecario silencioso y discreto, que estaba haciendo esas cosas especiales, prestando esa ayuda callada, tan del agrado de los hombres de letras.

Entretanto, el propio Withermore iba y venía también, cambiaba de sitio, vagaba en busca de cosas definidas o vagas y, más de una vez cuando, al coger un libro de un estante y ver en él señales hechas por el lápiz de Doyne se había puesto a mirarlo, había oído mover suavemente documentos que estaban encima de la mesa, se había encontrado, al volverse, con alguna carta traspapelada que estaba otra vez a la vista, con algún misterio, aclarado gracias a algún antiguo diario, abierto por la fecha misma que él necesitaba. ¿Cómo habría podido acertar con la caja o el cajón, entre los cincuenta que había, que era el que necesitaba si ese ayudante milagroso no hubiera tomado la precaución de torcer la tapa o dejarlo medio abierto para que pudiera fijarse en él? Eso, sin contar con el hecho de esos intervalos en los que, si uno hubiera podido realmente mirar, habría visto a alguien de pie delante de la chimenea, un poco distante y más erguido de lo normal, alguien que le miraba a uno con una pizca más de dureza que si estuviera vivo.

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