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   Clásico 3 No.3

Lo mejor de todo Por Henry James Palabras: 7970

Actualizado: 2018-11-14 00:03


3.

Que esa relación propicia había existido de verdad, había continuado durante dos o tres semanas, quedó suficientemente probado por el desconsuelo con que el periodista, por alguna razón, y a partir de cierta noche, se dio cuenta de que había empezado a echarla de menos. La señal fue una sensación repentina y sorprendente -un día que había perdido una maravillosa página inédita que, por más que la buscara, no quería aparecer- de que su estado protegido estaba, al fin y al cabo, expuesto a ser algo confuso, y hasta expuesto a sufrir alguna depresión. Si, para que todo fuera bien, él y Doyne habían estado juntos desde el principio, la situación a los pocos días de haber tenido esa primera sospecha, había sufrido el extraño cambio de que dejaran de estarlo. Eso era lo que pasaba, se dijo Withermore, al contemplar sus materiales y no poder ver más que masa y cantidad donde antes había tenido la agradable impresión de ver un camino despejado. Durante cinco noches continuó luchando, luego, sin sentarse nunca en su mesa, yendo de un lado para otro, buscando referencias sólo para volver a dejarlas, asomándose a la ventana, atizando el fuego, pensando cosas raras, y tratando de oír señales y sonidos, no como los que imaginaba, sino como los que deseaba escuchar e invocaba en vano, llegó a la conclusión de que, al menos de momento, estaba abandonado.

Lo extraordinario era que el no poder sentir la presencia de Doyne no sólo le entristecía, sino que le producía un gran desasosiego. En cierto modo, era más raro que no estuviera allí de lo que nunca podía haberlo sido que sí estuviera, tan raro, que sus nervios acabaron por no poder soportarlo. Habían tomado con bastante calma lo que era algo que no se podía explicar, y habían tenido la perversidad de reservar su agudeza para la vuelta a un estado normal, para la desaparición de lo falso. No podía ya dominarlos, y una noche, después de resistir una o dos horas, decidió salir del estudio. Por primera vez le era imposible estar allí. Sin propósito definido, pero jadeando un poco, y como un hombre verdaderamente atemorizado, pasó por el corredor de siempre, y llegó a lo alto de la escalera. Desde allí vio a la señora Doyne, que estaba abajo, mirándole, como si supiera que iba a venir; y lo más singular de todo fue que, aunque no había pensado para nada en recurrir a ella, no había hecho más que buscar un alivio escapando de allí, la posición en que estaba le pareció natural, la vio como parte de una monstruosa opresión que se cernía sobre ellos. Y fue asombroso cómo, en el Londres moderno, entre las alfombras de Tottenham Court Road, y la luz eléctrica, subió hasta él desde la señora vestida de negro, y volvió a bajar luego hasta ella, la idea de que sabía lo que ella quería decir porque tenía aire de saberlo. Bajó de prisa; la viuda entró entonces en un cuarto pequeño que tenía en el piso de abajo, y allí, todavía en silencio y con la puerta cerrada, se vieron obligados a hacer unas confesiones que habían cobrado vida con esos dos o tres movimientos. Withermore se quedó sin aliento al comprender por qué le había abandonado su amigo:

-¿Ha estado con usted?

Con eso ya estaba todo dicho, hasta tal punto que ninguno de los dos tuvo que dar explicaciones, y que cuando se oyó la pregunta: «¿Qué es lo que usted supone que está pasando?», pareció que cualquiera de los dos era el que podía haberla hecho. Withermore miró la habitación pequeña y alegre en la que, noche tras noche ella había estado haciendo su vida lo mismo que él había estado haciendo la suya arriba. Era una habitación bonita, acogedora, prometedora; pero la viuda había sentido a veces en ella lo que había sentido él, y había oído en ella lo que él había oído. El efecto que producía allí negra, emplumada, extravagante, sobre un fondo rosa fuerte era el de un grabado en colores «decadente», un cartel de la escuela más moderna.

-¿Comprendió que me había abandonado? -preguntó él.

La viuda quería dejar

las cosas claras:

-Esta noche, sí. Lo he comprendido todo.

-¿Sabía usted, antes, que estaba conmigo?

Vaciló un poco:

-Notaba que no estaba conmigo. Pero en la escalera…

-¿Qué?

-Pues que pasó, más de una vez. Estaba en la casa. Y en su puerta…

-¿Qué? -volvió a preguntar al ver que otra vez vacilaba.

-Si me paraba, algunas veces podía comprenderlo. En cualquier caso -añadió, esta noche, al ver su cara, supe cuál era su estado.

-¿Y por eso salió?

-Pensé que usted vendría a mí.

El le tendió la mano y, durante un minuto, estuvieron, así, cogidos en silencio. Ninguno de los dos notaba ahora una presencia especial, nada más especial que la del uno para el otro. Pero era como si aquel sitio hubiera quedado de repente consagrado, y Withermore volvió a preguntar con ansiedad:

-Entonces, ¿qué es lo que pasa?

-Yo sólo quiero hacer lo que sea lo mejor de todo contestó ella, pasado un momento.

-¿Y no lo estamos haciendo?

-Eso es lo que me pregunto. ¿No se lo pregunta usted?

El también se lo preguntaba:

-Lo que yo creo que es lo mejor. Pero tenemos que pensarlo.

-Tenemos que pensarlo -repitió ella.

Y lo pensaron, lo pensaron muchísimo, esa noche, juntos, y luego por separado. Withermore al menos podía responder de haberlo hecho durante muchos días después. El suspendió por algún tiempo sus visitas y su trabajo, tratando de descubrir algún error que hubiera podido ser causa de ese trastorno. ¿Habría seguido, en algún punto importante o habría dado la impresión de que iba a seguir, alguna línea o alguna idea equivocada? ¿Había desfigurado algo con buena intención o insistido más de lo que convenía? Y volvió por fin con la idea de haber adivinado dos o tres cosas que podía haber estado en camino de embrollar; después de lo cual pasó, arriba, otro período de nerviosismo, seguido de otra entrevista, abajo, con la señora Doyne, que continuaba preocupada y en ascuas.

-¿Está allí?

-Está allí.

-¡Lo sabía! -gritó con aire de triunfo. Luego, para explicarlo, añadió-: No ha vuelto a estar conmigo.

-Ni conmigo tampoco, para ayudar -dijo Withermore.

La viuda lo pensó:

-¿No para ayudar?

-No puedo comprenderlo… , estoy perdido. Haga lo que haga veo que estoy haciéndolo mal.

Le cubrió por un momento con su aparatoso dolor:

-¿Cómo lo nota?

-Pues por cosas que pasan. Las cosas más extrañas. No puedo describirlas… , y usted tampoco se las creería.

-¡Sí, sí que me las creería! -murmuró la señora Doyne.

-Es que interviene. -Withermore trató de explicarlo. Haga lo que haga, me lo encuentro.

Le escuchaba con ansiedad:

-¿Se lo «encuentra»?

-Me lo encuentro. Parece alzarse allí, delante de mí.

La señora Doyne, con los ojos muy abiertos, esperó un momento:

-¿Quiere decir que lo ve?

-Tengo la impresión de que en cualquier momento podría verlo. Estoy desconcertado. No puedo hacer nada. -Luego añadió-: Tengo miedo.

-¿De él? -preguntó la señora Doyne.

Withermore lo pensó un poco:

-Bueno… , de lo que estoy haciendo.

-¿Qué es lo que está haciendo, entonces, que sea tan horrible?

-Lo que usted me propuso que hiciera. Meterme en su vida.

En medio de su gravedad, mostró ahora una nueva alarma:

-¿Y no le gusta hacerlo?

-¿Le gusta a él? Esa es la cuestión. Lo ponemos al descubierto. Lo ofrecemos a los demás. ¿Cómo dicen? Se lo entregamos al mundo.

La pobre señora Doyne, como bajo una amenaza para su reparación, lo meditó un instante con profunda tristeza:

-¿Y por qué no habíamos de hacerlo?

-Porque no sabemos. Hay naturalezas, hay vidas que se echan para atrás. Es posible que no quiera que lo hagamos. Nunca se lo hemos preguntado.

-¿Cómo podíamos hacerlo?

Tardó un poco en contestar:

-Bueno: se lo preguntamos ahora. Después de todo, eso es lo que hemos hecho. Se lo hemos dicho.

-Entonces, si ha estado con nosotros, ya nos ha dado su respuesta.

Withermore habló entonces como si supiera lo que tenía que pensar:

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