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   Clásico 4 No.4

Lo mejor de todo Por Henry James Palabras: 4691

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-No ha estado «con» nosotros, ha estado en contra de nosotros.

-Entonces por qué creyó…

-¿Por qué creí al principio que lo que quiere es demostrarnos su simpatía? Pues porque me engañó mi buena fe. Estaba, no sé ni cómo decirlo, tan entusiasmado y tan contento que no lo comprendí. Pero ahora por fin lo comprendo. Lo único que quería era comunicarse. Hace esfuerzos por salir de su oscuridad; llega hasta nosotros desde su misterio; nos hace débiles señas desde su horror.

-¿Horror? -exclamó la señora Doyne, con el abanico delante de la boca.

-De lo que estamos haciendo. -En esos momentos ya podía entenderlo todo.- Ahora comprendo que al principio…

-¿Qué?

-Que uno no tenía más que notar que estaba allí y que, por tanto, no era indiferente. Y me dejé engañar por la belleza que había en eso. Pero está allí como una protesta.

-¿Contra mi Vida? gimió la señora Doyne.

-Contra cualquier Vida. Está allí para salvar su Vida. Está allí para que le dejen en paz.

-Entonces, ¿renuncia? -dijo ella, casi con un grito.

-Está allí como una advertencia.

Por un momento estuvieron mirándose el uno al otro. Ella dijo por fin:

-¡Tiene usted miedo!

Le molestó, pero volvió a decir:

-¡Está allí como una maldición!

Después de eso se separaron, pero sólo por dos o tres días; sus últimas palabras las tenía incrustadas en los oídos y, entre la necesidad de darle satisfacción a ella, y la otra necesidad que también había que tener ahora en cuenta, le pareció que todavía no podía abandonar. Volvió por fin a la hora de siempre, y la encontró en el sitio de siempre.

-Sí, tengo miedo dijo, como si lo hubiera pensado bien, y supiera ya todo lo que significaba. -Pero veo que usted no lo tiene.

Ella no contestó directamente:

-¿De qué tiene miedo?

-Pues de que, si continúo, le veré.

-¿Y entonces?

-Entonces -dijo Withermore- tendría que renunciar.

Lo pensó con su aire altanero, pero serio:

-Yo creo que necesitamos tener una señal clara.

-¿Quiere que vuelva a intentarlo?

Vaciló un poco:

-Ya sabe lo que significa para mí renunciar.

-Sí, pero usted no necesita hacerlo.

Pareció extrañarse, pero en seguida adujo:

-Significaría que no quiere aceptar de mí… -no pudo terminar la frase.

-¿No quiere aceptar qué?

-Nada -dijo la pobre señora Doyne.

La miró otra ve

z un momento:

-Yo también he pensado lo de la señal clara. Volveré a intentarlo.

Cuando se disponía a dejarla, ella comentó:

-Lo que me temo es que esta noche no habrá nada preparado… , ni lámpara, ni fuego.

-No se preocupe -contestó, ya al pie de la escalera: Encontraré las cosas.

Ella dijo que suponía que la puerta estaría abierta, y luego se retiró otra vez, como para esperarle. No tuvo que esperar mucho; aunque, con la puerta abierta sin dejar de prestar atención, es posible que no le pareciera lo mismo que a su visitante. Pasado un rato, le oyó en la escalera, y luego estaba ya delante de la puerta, donde, si no había aparecido precipitadamente, sino más bien despacio y sin ruido, sí se le veía pálido como un muerto.

-Renuncio.

-Entonces, ¿le ha visto?

-En la puerta… , guardándola.

-¿Guardándola? Asomó por encima de su abanico-. ¿Con claridad?

-Inmenso. Pero borroso. Oscuro. Horrible -dijo el pobre George Withermore.

-¿No entró en la habitación?

El periodista miró hacia otro lado:

-No lo permite.

-Dice que yo no necesito… Bueno, entonces, ¿tengo que… ?

-¿Verle? -preguntó George Withermore.

La señora esperó un momento:

-Renunciar.

-Eso tiene que decidirlo usted misma.

El, por su parte, lo único que pudo hacer fue sentarse en el sofá, y taparse la cara con las manos. No pudo saber después cuánto tiempo había estado así; le bastó con saber que lo primero que vio fue que estaba solo en el cuarto, entre los objetos favoritos de la viuda. En el momento en que se ponía de pie, con esa sensación y con la de que la puerta que daba al vestíbulo estaba abierta, se encontró, una vez más, en aquel sitio claro, cálido y rosado, con la presencia grande, negra y perfumada de ella. Nada más verla, al dirigirle una mirada todavía más triste por encima de la máscara de su abanico, comprendió que había estado arriba; y así fue como, por última vez, se enfrentaron juntos a su extraña situación.

-¿Le ha visto? -preguntó Withermore.

Sería más tarde cuando, por la forma en que la vio cerrar los ojos, como para tomar fuerzas, y tenerlos cerrados un buen rato, comprendería que al lado de la visión indescriptible de la mujer de Ashton Doyne, la que había tenido él podía considerarse una broma. Antes de que hablara comprendió que todo había terminado.

-Renuncio.

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