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   Clásico 1 No.1

El cura de Tours Por Honoré de Balzac Palabras: 8325

Actualizado: 2018-11-14 00:03


A David, estatuario

La duración de la obra en que inscribo vuestro nombre, dos veces ilustre en este siglo, es muy problemática; mientras que vos grabáis el mío en el bronce, que sobrevive a las naciones aunque no haya sido batido mas que por el vulgar martillo del monedero. ¿No se verán confusos los numismáticos al hallar en vuestro taller tantas cabezas coronadas, cuando descubran entre las cenizas de París esas existencias por vos perpetuadas hasta más allá de la vida de los pueblos, y en las cuales se les antojará adivinar dinastías? Vuestro es ese divino privilegio; a mí me corresponde la gratitud.

De Balzac.

En los comienzos del otoño del año 1826, el abate Birotteau, personaje principal de esta historia, fue sorprendido por un chaparrón al volver de la casa donde había pasado la velada. Atravesaba, pues, tan rápidamente como sus carnes podían permitírselo la plazuela desierta llamada del Claustro, que se halla a espaldas del ábside de Saint-Gatien, en Tours.

El abate Birotteau, hombrecillo de constitución apoplética y de unos sesenta años, había sufrido ya varios ataques de gota. De suerte que, entre todas las pequeñas miserias de la vida humana, la que más aversión le inspiraba era la súbita mojadura de sus zapatos, de ancha hebilla de plata, y la inmersión de sus suelas. En efecto; a pesar de los escarpines de franela con que se empaquetaba en todo tiempo los pies, con ese cuidado que los eclesiásticos ponen en su persona, siempre pillaba un poco de humedad; y al siguiente día la gota le daba infaliblemente pruebas de su constancia. Sin embargo, como el piso del Claustro siempre está seco y el abate Birotteau había ganado tres libras y diez sueldos al whist en casa de la señora de Listomère, soportó la lluvia con resignación desde el centro de la plaza del Arzobispado, donde había empezado a caer en abundancia. Además, en aquel momento acariciaba él su quimera, un deseo que tenía ya doce años de fecha, ¡un deseo de clérigo!, un deseo que se robustecía todas las noches y que ahora parecía próximo a cumplirse; en fin, el abate Birotteau se envolvía demasiado bien en la muceta de una canonjía para sentir la intemperie. Durante la velada, las personas habitualmente reunidas en casa de la señora de Listomère le habían casi garantizado su nombramiento para la plaza de canónigo a la sazón vacante en el capítulo metropolitano de Saint-Gatien, asegurándole que nadie la merecía como él, cuyos derechos, durante mucho tiempo olvidados, eran incontestables. Si hubiese perdido en el juego, si hubiese sabido que al abate Poirel, su contrincante, le hacían canónigo, entonces sí que la lluvia le habría parecido fría. Tal vez habría renegado de la existencia. Pero se encontraba en una de esas raras circunstancias de la vida en que las sensaciones dichosas nos hacen olvidarlo todo. Al apresurar el paso obedecía a un movimiento maquinal, y la verdad, tan esencial en una historia de costumbres, obliga a decir que no pensaba en el chaparrón ni en la gota.

Antes había en el Claustro, del lado de la calle Mayor, varias casas, reunidas por una cerca, que pertenecían a la catedral y servían de albergue a algunos dignatarios del capítulo. Desde la enajenación de los bienes del clero, la ciudad hizo del pasaje que separa estas casas una calle, llamada calle de la Psallette[1] y por la cual se va desde el Claustro a la calle Mayor. Su nombre indica suficientemente que allí habitaban antaño el primer chantre, sus escuelas y los que vivían bajo su dependencia. El lado izquierdo de esta calle está formado por una casa cuyos muros atraviesan los arbotantes de Saint-Gatien, que están implantados en su estrecho jardinillo, de tal manera que queda en duda si la catedral fue construida antes o después que esta antigua vivienda. Pero examinando los arabescos y la forma de las ventanas, la cimbra de la puerta y el exterior de la casa, patinada por el tiempo, un arqueólogo ve que siempre formó parte del monumento magnífico al cual está unida. Un anticuario, si los hubiese en Tours, que es una de las ciudades menos literarias de Francia, podría incluso reconocer a la entrada del pasaje de

l Claustro algunos vestigios de la arcada que formaba antiguamente el frontispicio de estas habitaciones eclesiásticas y que debía de armonizarse con el carácter general de edificio. Situada al norte de Saint-Gatien, encuéntrase continuamente esta casa en las sombras proyectadas por la gran catedral, sobre la cual ha tendido el tiempo su negro manto, ha impreso sus arrugas y ha sembrado su frío húmedo, sus musgos y sus altas hierbas. Así, la casa está siempre envuelta en un silencio profundo, solamente interrumpido por el clamor de las campanas, el canto de los oficios, que trasciende de los muros de la iglesia, y el grito de las cornejas que anidan en la cúspide de los campanarios. Aquel paraje es un desierto de piedras, una soledad llena de fisonomía y en la que sólo pueden habitar seres llegados a una anulación completa o dotados de una fuerza de alma prodigiosa. La casa de que tratamos estuvo siempre ocupada por abates y pertenecía a una señorita entrada en años que se llamaba la señorita Gamard. Aunque la finca había sido comprada a la nación durante el Terror por el padre de la señorita Gamard, como ésta venía alojando en ella a presbíteros desde hacía veinte años, a nadie se le ocurría encontrar mal durante la Restauración que una devota conservase un bien nacional: tal vez las gentes religiosas le atribuían la intención de legársela al capítulo, y las gentes de mundo no veían que con ello fuese a cambiar su destino.

El abate Birotteau se dirigía a esta casa, donde llevaba dos años viviendo. Las habitaciones que ocupaba habían sido, como ahora la canonjía, el objeto de sus anhelos y su Hoc erat in votis durante un docena de años. Ser pupilo de la señorita Gamard y llegar al canonicato fueron las dos grandes cuestiones de su vida; y quizá resumen exactamente la ambición de un presbítero que, considerándose como de viaje para la eternidad, no puede desear en este mundo más que un buen albergue, una buena mesa, vestidos decentes, zapatos con hebillas de plata -cosas suficientes para las necesidades animales- y una canonjía para satisfacer el amor propio, ese sentimiento indecible que ha de seguirnos, según dicen, hasta el lado de Dios, puesto que entre los santos hay categorías. Pero el deseo de las habitaciones que ahora ocupaba, cosa mínima a los ojos del mundo, había sido para el abate Birotteau toda una pasión, pasión llena de obstáculos, y, como las más criminales pasiones, llena de esperanzas, de placeres y de remordimientos.

La distribución interior y la capacidad de su casa no habían permitido a la señorita Gamard tener más de dos huéspedes. Así, pues, unos doce años antes del día en que Birotteau logró ser su pupilo, la señorita Gamard estaba encargada de mantener contentos y sanos al señor abate Troubert y al señor abate Chapeloud. El abate Troubert vivía. El abate Chapeloud murió, y Birotteau le sucedió inmediatamente.

El abate Chapeloud, canónigo de Saint-Gatien, había sido amigo íntimo del abate Birotteau. Siempre que el vicario entraba en casa del canónigo, admiraba la habitación, los muebles y la biblioteca. De esta admiración nació un día el deseo de poseer cosas tan bellas. No pudo el abate Birotteau sofocar este ansia, que a menudo le hacía sufrir horriblemente, cuando se ponía a pensar que la muerte de su mejor amigo era lo único que podía satisfacer su oculta concupiscencia y que ésta aumentaba cada día. El abate Chapeloud y su amigo Birotteau no eran ricos. Hijos de aldeanos los dos, no tenían otra cosa que los flacos emolumentos concedidos a los presbíteros, y sus exiguas economías se consumieron en pasar los tiempos desgraciados de la Revolución. Cuando Napoleón restableció el culto católico, el abate Chapeloud fue nombrado canónigo de Saint-Gatien y Birotteau vicario de la catedral. Chapeloud se hospedó entonces en casa de la señorita Gamard. Cuando Birotteau fue a visitar a su amigo en su nueva vivienda, le pareció perfectamente distribuida; pero no vio más. El nacimiento de su concupiscencia mobiliaria fue semejante al de una pasión verdadera, que en un joven comienza a veces por una fría admiración por la mujer a quien más tarde amará por siempre.

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