ManoBook > Fantasía > El cura de Tours

   Clásico 16 No.16

El cura de Tours Por Honoré de Balzac Palabras: 3483

Actualizado: 2018-11-14 00:03


En el momento en que monseñor Jacinto, obispo de Troyes, cruzaba en silla de postas el muelle de San Sinforiano, camino de París, el abate Birotteau había sido puesto al sol, en una butaca, sobre una terraza. El pobre clérigo, castigado por su arzobispo, estaba pálido y enflaquecido. El dolor, impreso en todas sus facciones, descomponía enteramente aquel rostro, antes tan dulcemente alegre. La enfermedad ponía en aquellos ojos, antes candorosamente animados por los placeres de la buena pitanza y libres de ideas graves, un velo que simulaba un pensamiento. Aquello no era más que el esqueleto del Birotteau que un año antes rodaba tan vacío, pero tan contento, a través del Claustro. El obispo lanzó a su víctima una mirada de desprecio y compasión; luego, consintió en olvidarla y pasó.

Sin duda en otros tiempos Troubert habría sido un Hildebrando o un Alejandro VI. Hoy la Iglesia ha dejado de ser una potencia política y no absorbe ya las fuerzas de las gentes solitarias. El celibato tiene el defecto capital de que, poniendo todas las cualidades del hombre al servicio de una sola pasión, el egoísmo, hace a los solterones inútiles o nocivos. Vivimos en una época en que la falta de los gobernantes consiste en haber hecho al hombre para la sociedad y no la sociedad para el hombre. Hay un combate perpetuo entre el sistema que quiere explotar al individuo y el individuo que desea explotar el sistema; mientras que antaño el hombre, en realidad más libre, se mostraba más generoso con respecto a la cosa pública. El círculo en que se agitan los hombres se ha ensanchado sensiblemente; el alma que pueda abarcar su síntesis siempre será una excepción; porque habitualmente, en moral como en física, el movimiento pierde en inten

sidad lo que gana en extensión. La sociedad no debe fundarse en excepciones. En principio, el hombre fue pura y simplemente padre y su corazón latía calurosamente concentrado en el radio de la familia. Más tarde vivió para un clan o para una pequeña república; de ahí sus grandes abnegaciones históricas en Roma y Grecia. Luego perteneció a una casta o a una religión por cuyo esplendor luchó sublimemente; pero ya entonces el campo de sus intereses se acreció con todas las regiones intelectuales. Hoy su vida está ligada a la de una patria inmensa, y se dice que pronto su familia será el mundo entero. Este cosmopolitismo moral, esperanza de la Roma cristiana, ¿no será un sublime error? ¡Es tan natural creer en la realización de una noble quimera, en la fraternidad de los hombres! Mas, ¡ay!, que la máquina humana no tiene tan divinas proporciones. Las almas suficientemente vastas para concebir una grandeza de sentimientos reservada a los grandes hombres no serán nunca las de los simples ciudadanos ni las de los padres de familia. Algunos fisiólogos piensan que cuando el cerebro se ensancha de ese modo, el corazón se contrae. ¡Error! El egoísmo de los hombres que llevan en su seno una ciencia, unas leyes o una nación, ¿no es la más noble de las pasiones y, en cierto modo, la maternidad de las masas? Para alumbrar pueblos nuevos o para producir ideas nuevas, ¿no han de unir en sus poderosas cabezas los pechos de la mujer a las fuerzas de Dios? La historia de los Inocencio III, de los Pedro el Grande y de todos los directores de siglo o de nación probaría, si hiciese falta, en un orden muy elevado, el inmenso pensamiento que Troubert representaba en el fondo del claustro de Saint-Gatien.

Saint-Firmin, abril 1832.

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